El origen de los dichos: Pelillos a la mar

24 de diciembre de 2013
24 de diciembre de 2013
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Como esta noche, señores y señoras, toca reunirse con la familia y en qué familia que se precie no hay rencillas, el dicho de hoy es una invitación a la reconciliación y al amor que debemos tenernos –por decreto social y eclesiástico- en fechas tan señaladas. ¡Ea, pelillos a la mar! Pasado mañana, cuando estén repartidos los tupper con las sobras de la cena y la comida navideñas, y cada uno vuelva a la paz de su hogar sabiendo que ya no hace falta fingir, ya podemos seguir acordándonos del árbol genealógico completo de nuestro cuñado, suegro o hermano. ¡Fuera caretas!

Porque cuando decimos ‘pelillos a la mar’ estamos hablando de reconciliación, de olvidar rencillas. Así lo hacen los niños en Andalucía –o lo hacían- según cuentan Rodrigo Caro en sus Días geniales o lúdricos, allá por el siglo XVII y Francisco Rodríguez Marín en Cantos populares españoles (1882). Ambos autores, andaluces para más señas, explican que los chavales hacían las paces cortándose un par de pelillos y echándolos al viento para que se los llevara al mar, simbolizando de esta manera que al igual que el aire se lleva los pelos, hará también lo propio con los agravios y las peleas. ¡Bendita inocencia! Con lo fácil que parece firmar la paz desde los ojos de un niño y lo complicado que lo hacemos cuando crecemos. En fin, sigamos…

Es el propio Caro quien nos explica que el origen de esa infantil reconciliación se encuentra en el pasaje de La Ilíada en el que se juntan troyanos y griegos para hacer las paces tras el mal rollito creado entre Helena, Paris y Menelao por un problemilla de cuernos. ‘Na’, naderías, como todo. Decidieron que el problema era del trío y que fueran ellos tres quienes se partieran la cara entre sí, si así lo querían. Que es lo que deberíamos hacer todos los pueblos del mundo cuando alguno de nuestros dirigentes decide que la jeta del gobernante vecino no le gusta. El caso es que para firmar el fin de la guerra, unos y otros decidieron sacrificar unos cuantos corderos a los que antes de nada habían cortado algunos pelos (o lanas, lo que prefiráis) para arrojarlos al mar como muestra de reconciliación.

¿Y por qué al mar? ¿No basta con que el viento se lleve los problemas? Es Antonio Machado Álvarez, más conocido por Demófilo y padre de los poetas Antonio y Manuel, quien nos lo explica. El mar, cuenta, representa la gran generalización, aquello donde se sepulta para siempre todo lo determinado, lo individual. Como los ríos. Como nuestras vidas, según Manrique.

Hay una última versión, menos literaria pero más costumbrista, que sitúa la escena también en Andalucía, concretamente en Málaga, en el siglo XVI. Y habla de la pelea que tuvo un vecino con su peluquero, bronca que debió ser tal que acabó en duelo. Como el vecino había sido bastante puñetero con su Llongueras particular, herido gravemente vio la luz y pidió perdón a su contrincante reconociendo haberle hecho mucha pupita con su comportamiento. Y para sellar la paz, ambos se embarcan hacia América y arrojan durante la travesía todo el pelo almacenado por el barbero como símbolo de nueva vida.

No sabemos qué pensarían los de Greenpeace hoy de estos ritos pelín contaminantes. Mejor no meneallo.

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