El sábado 7 de mayo de 2005, Pino Pelosi cambió la historia de Italia. Quizá suene algo pretencioso, pero ocurrió exactamente así. Todo empezó años antes, en noviembre de 1975. Pelosi era entonces un buscavidas de 17 años e Italia, un polvorín rodeado de cerillas fascistas y de extrema izquierda. Los atentados se sucedían en las calles de Roma y entretanto un grupo de artistas trataba de imponer su voz. Hablamos de Federico Fellini, Alberto Moravia, un joven Bernardo Bertolucci y el multifacético Pier Paolo Pasolini, quizá el más inquieto de todos.
La noche del 1 al 2 de noviembre de 1975, el joven Pelosi y Pasolini, que entonces andaba por los 53, se juntaron en la playa de Ostia, cerca de Roma. Pelosi era uno de tantos chaperos que rondaban por allá en la época y Pasolini un hombre sediento de erotismo. Siempre fue así. En 1963, recorrió Italia de norte a sur, micrófono en mano, preguntando al pueblo por sus costumbres eróticas y sexuales, sus opiniones en un tema importante para él (“la historia de la pasión es la más grande”, diría años más tarde). Quizá influido por el trabajo de Pasolini, Gay Talese se embarcaría a finales de los 70 en la enorme tarea de radiografiar la sexualidad en Estados Unidos para escribir finalmente La mujer de tu prójimo.
Pelosi y Pasolini pasaron algunas horas juntos en la playa pero algo horrible ocurrió. Esa misma noche, el cineasta, poeta, escritor y tantas otras cosas apareció muerto en la arena. Le encontraron apaleado, desfigurado. Quien le hubiese matado se había empleado con saña.
Pasolini era un personaje polémico en Italia. No caía bien a la derecha por su pasado comunista –el partido le había echado por un caso de pederastia que luego la justicia desestimó– ni tampoco a la izquierda. Era un tipo incómodo. En los albores revolucionarios de 1968, renegó de las quejas de los estudiantes al considerarlas poco menos que un berrinche pequeñoburgués. De hecho, entendió mejor a los jóvenes policías de provincia que a la bandada enfurecida de universitarios.
La noche en que lo mataron, Pelosi fue inmediatamente señalado. La justicia le condenó más tarde a nueve años de prisión aunque la sentencia apuntó el “concurso de desconocidos” en el crimen. Pasaron los años hasta que Pelosi cambió la historia en 2005. No lo había matado él, dijo en una entrevista en televisión. Fueron otros tipos, alguno siciliano, quienes le apalearon al grito de “maricón, sucio, comunista”. Al testimonio de Pelosi se juntó el de Sergio Citti, amigo de Pasolini, quien explicó en otra entrevista que el cineasta había acudido a Ostia a recuperar material robado de una película que estaba rodando. La fiscalía reabrió el caso y… nada.
El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona propone hasta septiembre una exposición sobre la vida del genio italiano. Quizá no resuelva el misterio de su muerte, pero sí nos acerca a la prosa y los versos de su existencia. Todas las notas que comentan la muestra y recogen las palabras de los comisarios apuntan la relación de Pasolini con Roma –al fin y al cabo es el título de la exposición–. Alain Bergala señalaba en las páginas de El País que la relación de la ciudad con el cineasta “fue un encuentro pasional con todas las fases de la relación amorosa, el rechazo, la pasión, el desamor, el reencuentro”.
Es la oportunidad de rescatar al primer Pasolini, el de los arrabales de Roma y la bohemia de los cafés, pero también al intelectual decepcionado con la modernidad –“nunca habría podido prever que las grandes ciudades italianas se convertirían en lugares tan horribles”-; al poeta militante de sí mismo. –“¿Me pedirás tú, muerto descarnado, abandonar esta desesperada pasión de estar en el mundo?”-; al inquieto, como aquellos dos mozalbetes que miran el río Tiber en Chavales del Arroyo:
–La corriente traía trastos viejos, una caja podrida y un orinal. El Riccetto y Marcello se hicieron para el borde del río, negro de pringue.
–¡Cuánto me gustaría darme un paseo en barca!, dijo el Riccetto con aire melancólico.
El poeta militante de sí mismo
