«Groenlandia no es tan grande». Solté algo parecido cuando, a las dos de la mañana, una amiga trataba de llevar a cabo su conquista geoestratégica en un bar de Malasaña. Y el caso es que, aunque el chico no se llamaba Groenlandia, y quizás dije «para tanto» en lugar de «tan grande», yo solo trataba de hacerle ver que únicamente le gustaba porque estaba ligando con otra.
Él llevaba ahí toda la noche, o eso creo. Me había parecido verlo por el rabillo del ojo pidiendo una cerveza, y estoy casi seguro de que había salido a fumar un par de veces. Pero no fue hasta que alguien se giró hacia él, hasta que suscitó el interés de las aguas internacionales de aquel antro, que despertó el interés de mi amiga.
Imagino que algo así le sucedió a Trump con la isla danesa. Para ese viernes noche, igual que para todo lo que no sabemos justificar, hay una explicación científica. Una teoría de la psicología evolutiva — el mate choice copying—, que aclara por qué en las fiestas adolescentes del semáforo nos fijábamos primero en quienes llevaban el vaso naranja.
Tanto mujeres como hombres muestran una mayor probabilidad de elegir a una pareja cuando esa pareja ya ha sido previamente elegida; y los líderes mundiales no son una excepción
Las aves del paraíso hembras lo hacen. También los peces. De hecho, uno de los estudios más recientes sobre el tema concluyó que, tanto mujeres como hombres, muestran una mayor probabilidad de elegir a una pareja cuando esa pareja ya ha sido previamente elegida; y los líderes mundiales no son una excepción.
Groenlandia es enorme. Equivale a cuatro penínsulas ibéricas en fila, a casi la superficie de Argentina, o a la de Alaska y Texas combinadas. Pero, a lo mejor, el flechazo surgió al verla sobre un mapa; al distinguir esas curvas imposibles trazadas con la voluptuosidad de la Proyección de Mercator — que es la elección ilustrativa más común, y exagera los polos de manera casi cómica —.
Es decir, puede que lo que más le sedujera de la isla fuera saber que ya había seducido a los cartógrafos. Y esa revelación me recordó la — también — teoría de la permanencia del objeto, o por qué jugamos al cucú-tras-tras con los recién nacidos. Cómo comprendemos poco a poco que las cosas siguen existiendo aunque no las veamos, toquemos u oigamos.
Una destreza sin la que creeríamos irreal todo lo que no percibamos a nuestro alrededor, y cuyo defecto nos podría llevar a desarrollar un interés renovado sobre un punto en el mapa solo porque otras potencias nos recuerden que existe. Porque no estaba en nuestro radio de visión. Porque se nos había olvidado.
Cuando Trump se puso pesado con algún asesor sobre lo guapa que estaba Groenlandia a las dos de la mañana, no fue porque nunca hubiera oído hablar de ella o de sus recursos naturales, sino porque Xi Jinping y Putin le habían invitado a una copa antes que él
Eso mismo le pasa a Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo. Casarse con Rupert Everett a los 28 no le resulta tan apetecible hasta que Cameron Diaz aparece en pantalla. Una guapísima estudiante de 20 años que ha elegido a su Michael de entre otros muchos, quintuplicando de pronto su valor de mercado; que le recuerda que él puede hallarse fuera del plano amistoso. No le duele la derrota, ni siquiera convertirse en una segunda opción. Lo que le molesta es no ser mejor que un bebé que descubre por primera vez que su sonajero sigue existiendo en la habitación contigua.
Afirmar que nos gusta lo que les gusta a otros pecaría de ser reduccionistas con nuestra capacidad de decisión, pero no faltaría a la verdad. En esencia, no somos mejores que un bebé, ni mucho menos que un ave del paraíso. Cuando Trump se puso pesado con algún asesor sobre lo guapa que estaba Groenlandia a las dos de la mañana, no fue porque nunca hubiera oído hablar de ella — o de sus recursos naturales —, sino porque Xi Jinping y Putin le habían invitado a una copa antes que él.






