A pesar de los nubarrones, los británicos suben enteros en el índice planetario de la felicidad. Aún les queda un largo camino, pero hacen ya el número 41 (España ha bajado al número 62) en esa triple combinación de bienestar humano, social y ambiental que mide el Happy Planet Index, con Costa Rica como indiscutible campeona mundial. Pero el gallo de la felicidad empieza a cantar ahora en las ciudades, y entre todas ellas hay una que va ya cuatro años por delante del resto: Bristol, Gran Bretaña, medio millón de habitantes y un hervidero incesante de iniciativas.
La capital «verde» europea del 2015 se ha convertido en un laboratorio de lo posible, gracias al impulso de su alcalde visionario, el arquitecto George Ferguson, y al impulso de decenas de asociaciones que están ensanchando el horizonte de la ciudad sostenible. Aquí echó raíces la Soil Association, referente mundial de la agricultura ecológica. Aquí funciona también el mayor experimento de moneda social de Europa (la libra de Bristol) y aquí ha despegado el proyecto Happy City, reivindicando el derecho a la felicidad de todos los ciudadanos.
«La búsqueda de la felicidad es en el fondo lo que mueve el mundo», apunta Liz Zeidler, cofundadora junto a su marido Mike de Happy City Bristol. «Pero mucha gente tuerce el gesto cuando le hablas la felicidad planetaria o del índice de felicidad nacional… Piensan obviamente que hay otras prioridades, como la lucha contra la pobreza o el derecho a una vida digna».
«Las barreras se derriban sin embargo desde lo local y es ahí donde se hace también la conexión necesaria», advierte Liz. «Los cimientos de la felicidad están en lo que tienes más a mano: tu familia, tu casa, tu barrio… La ciudad es por tanto la escala ideal para trabajar desde la base: en las comunidades, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en los hospitales y hasta en las prisiones».
Le preguntamos a Liz si la felicidad no es acaso un concepto demasiado subjetivo y personal… «Por supuesto que lo es, pero en esa búsqueda hay muchos elementos comunes. Y está claro que la felicidad es algo interdependiente. Uno no puede ser feliz en una ciudad desolada y sin puntos de encuentro. Y uno es sin embargo más feliz si sus vecinos son también felices, y si juntos viven en un entorno que no solo sirve para procurar las necesidades básicas, sino que propicia y enriquece las relaciones».
Reconoce Liz Zeidler que al principio se enfrentaron a resistencias ante el concepto de felicidad, pero ella lo reivindica con entusiasmo frente más aséptico del «bienestar»… «La felicidad es algo más. De hecho yo creo que es el puente entre el cambio personal y el cambio social. La sociedad consumista en la que vivimos nos ha hecho creer que la felicidad está en la acumulación material. Y la gente está abriendo por fin los ojos. El dinero es un medio, pero no un fin en sí mismo. Va siendo hora de reivindicar todo lo que hemos dejado de lado y que hasta ahora no podíamos medir».
Desde su lanzamiento hace más de cuatro años, y con la ayuda de la New Economic Foundation, el proyecto Happy City publica informes anuales en los que intenta medir la felicidad de los vecinos de Bristol, usando indicadores tan dispares como la satisfacción con la vida, la huella ecológica, la desigualdad económica, los equipamientos sociales y culturales, el acceso a parques e instalaciones deportivas, la movilidad urbana o la existencia de mercados locales y huertos comunitarios.
«El objetivo es llegar a una fórmula válida para cualquier ciudad del mundo y que sirva para medir algo más que el crecimiento económico», sostiene Liz , que destaca la creación del Banco de la Felicidad en Bristol (esencialmente, un fondo de recursos locales) y la labor incesante de «promoción de la felicidad» a través de seminarios, charlas, actividades como Make Sunday Special (que convierten las calles de Bristol en una fiesta sin fin) y campañas como «Walk Yourself Happy» (conecta, aprende, sé activo, aprecia, contribuye).
Liz Zeidler forma también parte del comité de Bristol Capital Verde Europea, y uno de sus objetivos en el 2015 será propagar la voz y compartir la experiencia para crear una red de europea de «ciudades felices», una idea que por cierto se está propagando también al otro lado del Atlántico.
Happy City da título al libro del urbanista canadiense Charles Montgomery, que ha recorrido medio mundo buscando la íntima relación entre el diseño de las ciudades y la felicidad colectiva de sus ciudadanos. De las tumbonas en Times Square a la playa fluvial del Sena, de las ciclovías de Bogotá al paraíso de las dos ruedas de Copenhague, de la Piazza romana al agora de la vieja Atenas, Montgomery hace un repaso a las experiencias transformadoras que han intentado convertir las ciudades en espacios más habitables.
«Al fin y al cabo, las ciudades han sido siempre un proyecto de felicidad colectiva que se sigue reinventando al cabo de más de 2.400 años», sostiene Montgomery, que clama por un mayor alineamiento de los urbanistas a nuestras necesidades vitales, después de la quiebra ocurrida en este último siglo, al dictado de la velocidad y de la especulación y al servicio casi exclusivo del automóvil.
Montgomery recuerda el concepto griego de «eudaimonia», a medio camino entre la felicidad y la plenitud… «Según Aristóteles, la “polis” era el único camino de la humanidad hacia a la “eudaimonia”. En una ciudad es donde el hombre encuentra su máxima expresión como parte del todo, de ahí la importancia de la arquitectura para potenciar la participación en la vida pública».
Abriéndose paso en el ágora ateniense, Montgomery es capaz de imaginarse a un tipo barbudo, parecido a Sócrates, entablando uno de tantos diálogos abiertos con los ciudadanos: «¿Acaso no se merece todo el mundo la felicidad?». Ante la respuesta obvia, el filósofo ataca con la segunda pregunta, que sigue dando vueltas y más vueltas en nuestros tímpanos al cabo de 25 siglos: «Si todos deseamos la felicidad, ¿cómo podemos ser felices?».
En busca de la ciudad feliz
