Corre la creencia generalizada de que el dinero puede comprarlo todo. Y tal vez sea cierta en muchos casos. Sin embargo, ello no debe hacerlos creer por extensiรณn que el dinero es el incentivo mรกs poderoso a la hora de que la gente lleve a cabo una acciรณn. De hecho, comparado con otros incentivos, el dinero, el vil metal, apenas surte efecto. Algo asรญ como si estuviรฉramos comparando una frase persuasiva (el dinero) con un hechizo de Harry Potter.
Wikipedia o Linux, asรญ como toda la filosofรญa del software libre, constituyen paradigmas masivos del potencial de las normas sociales no incentivadas por el dinero. Cuando alguien en Linux expone un problema relativo a un bug en uno de los tablones de anuncios, a menudo mucha gente usa su tiempo y esfuerzo en resolverlo. Wikipedia no es el รบnico ejemplo de incentivos que pueden superar al dinero: en Internet cada vez proliferan mรกs iniciativas con arquitectura Wikipedia, y muchos blogs personales que no proporcionan ingresos a sus creadores enmiendan la plana a los medios profesionales.
Otras muchas iniciativas existen gracias a lo que Yochai Benkler llama ยซproducciรณn entre igualesยป, entendiendo ยซigualesยป como personas a las que respetas, semejantes, aquellas personas cuya opiniรณn te interesa. Como SeeClickFix (Mira, haz clic, arregla), que informa en tiempo real acerca de las cosas que andan mal en el barrio o incluso determinadas calles; asรญ sus habitantes pueden colaborar para solucionar problemas como una boca de riego abierta. Micromecenazgo para plasmar cosas que necesitan los consumidores a expensas de la opiniรณn de las empresas. Hospitalidad online que permite pernoctar y conocer gente nueva a cambio de nada gracias a Couchsurfing.
El experimento del dinero
Sin embargo, para demostrar experimentalmente hasta quรฉ punto la psicologรญa humana no reacciona al dinero de una forma tan poderosa como creemos, James Heyman, profesor de la Universidad Saint Thomas, de Houston, y el profesor de psicologรญa del MIT Dan Ariely, llevaron a cabo un experimento en el que un grupo de personas debรญan realizar una tarea aburrida y mundana.
[pullquote class=ยปrightยป]Cuando pensamos en los parรกmetros de normas sociales podemos llegar a ser mรกs generosos que al pensar en parรกmetros de normas mercantiles[/pullquote]
Imaginad un cรญrculo en la parte izquierda de una pantalla de ordenador y un cuadrado que representa una caja en la parte derecha. La tarea aburrida y mundana que se encomendรณ a los voluntarios consistรญa en arrastrar el cรญrculo usando el ratรณn del ordenador hasta introducirlo en la caja. Una vez dentro, el cรญrculo se esfumaba de la pantalla, y justo despuรฉs aparecรญa otro cรญrculo en el punto de partida. La tarea, entonces, debรญa repetirse todas las veces que el usuario pudiera en un lapso de cinco minutos de tiempo.
Lo interesante del experimento era que algunas personas recibรญan 5 dรณlares por llevar a cabo la tarea. Otro grupo de personas, sin embargo, recibรญa unos emolumentos inferiores: 50 centavos en algunos casos, y 10 centavos en otros. Finalmente habรญa un tercer grupo de personas que no recibรญan nada en concreto por aquella tarea. Los resultados fueron los esperados, tal y como explica el propio Ariely en su libro Las trampas del deseo:
En sintonรญa con el espรญritu de las normas mercantiles, los que recibieron cinco dรณlares arrastraron una media de 159 cรญrculos, mientras que los que recibieron 50 centavos arrastraron una media de 101. Como era de esperar, una mayor cantidad de dinero hacรญa que nuestros participantes se sintieran mรกs motivados y se esforzaran mรกs (aproximadamente un 50% mรกs).
Pero habรญa algo raro, algo impredecible, que parecรญa desafiar la intuiciรณn: aquellas personas que no habรญan sido incentivados econรณmicamente arrastraron una media de 168 cรญrculos, mรกs que cualquier otro grupo al que se le pagara (aunque ciertamente no se les pagaba mucho). Es decir, el estรญmulo de las normas sociales, el que nos empuja a ceder el asiento en un autobรบs, ayudar a alguien que se ha tropezado en la calle o explicar dรณnde estรก la calle que aquel extranjero anda buscando, en suma, nuestra empatรญa y sentido de la cooperaciรณn, habรญa sido mรกs poderosa que unos cuantos dรณlares.
En el mundo real la gente tambiรฉn parece mรกs incentivada a hacer algo a cambio de nada antes que a cambio de una pequeรฑa cantidad de dinero, como hemos visto en los ejemplos del principio, o como explica el mismo Ariely:
Hace unos aรฑos, por ejemplo, la Asociaciรณn de Jubilados de Estados Unidos (AARP) preguntรณ a algunos abogados si estarรญan dispuestos a ofrecer a los jubilados necesitados unos servicios mรกs baratos, mรกs o menos a unos 30 dรณlares la hora. Los abogados dijeron que no. Entonces el director del programa en la AARP tuvo una brillante idea: preguntรณ a los abogados si estarรญan dispuestos a ofrecer servicios gratis a los jubilados necesitados. Los abogados respondieron entonces que sรญ por abrumadora mayorรญa.
Cuando pensamos en los parรกmetros de normas sociales podemos llegar a ser mรกs generosos que al pensar en parรกmetros de normas mercantiles. El dinero parece activar circuitos cerebrales de coste y beneficio mรกs matemรกticos, mรกs cuadriculados, mรกs egoรญstas. Las normas sociales, sin embargo, se basan en conceptos abstractos de confianza y reputaciรณn. Como la tendencia a invitar a ese cafรฉ al amigo con el que acabamos de compartir una hora de charla. O ayudar a otro amigo a realizar una mudanza a cambio de nada o de que nos invite a cenar (cuando claramente el precio de la mudanza excederรญa esa invitaciรณn).
Tan poderosa es la confianza, la reputaciรณn y otras dinรกmicas sociales para llevar a cabo acciones con eficacia que la gente no trabaja mรกs en funciรณn de su salario, sino en funciรณn del quรฉ dirรกn. Al menos es lo que ocurre con los trabajadores de las cajas de un supermercado, tal y como demostraron Alexandre Mas y Enrico Moretti. Tal y como explica el economista Tim Harford en su libro La lรณgica oculta de la vida:
Mas y Moretti querรญan averiguar si la gente trabajaba mejor cuando estaba rodeada de compaรฑeros productivos. La respuesta es sรญ: cuando un trabajador veloz se sienta junto a ti, inmediatamente comienzas a escanear tus artรญculos mรกs rรกpidamente. Y lo haces mรกs porque no quieres que te acusen de vago que porque te haya inspirado su velocidad. Mas y Moretti lo saben porque observaron la forma en que estรกn dispuestos los pasillos de las cajas de los supermercados: cada trabajador estรก mirando hacia la espalda de su compaรฑero, mientras que su propia espalda es la que contempla otro compaรฑero. Mas y Moretti descubrieron que los empleados de las cajas no se dan mรกs prisa cuando miran a compaรฑeros rรกpidos: eso no serรญa racional; solo lo hacen cuando son sus compaรฑeros rรกpidos quienes los estรกn mirando a ellos.
Clay Shirky, investigador en topologรญa de redes tecnolรณgicas y sociales, profesor adjunto del Programa de Telecomunicaciones Interactivas de la Escuela de Posgrado de la Universidad de Nueva York, y autor de Excedente cognitivo: creatividad y generosidad en la era conectada, lo tiene claro en la siguiente TED Talk: una de las caracterรญsticas del siglo XXI es la abundancia de tiempo libre en los paรญses desarrollados, y las herramientas 2.0 permiten usar este excedente de tiempo y talento de manera pรบblica e interconectada para generar cosas mejores de las que creaba el dinero. Todo ello aliรฑado con un poco de empatรญa, dinรกmicas sociales que se fraguaron en la Prehistoria y esas palmaditas en la espalda que resultan tan reconfortantes:
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