Herbert Francis Brett-Smith era un profesor de historia en Oxford que durante la Primera Guerra Mundial encontró o se inventó su trabajo ideal: exento del servicio militar activo, sirvió igual a su país uniéndose a las Army Medical Corps. ¿Su tarea allí? Crear listas de lectura para los soldados heridos. A los que sufrían de una neurosis de guerra (como se llamaba entonces al estrés postraumático) especialmente severa, les recetaba a Jane Austen.
La historia suscita mucha curiosidad y preguntas que quedan frustradas, porque de Brett-Smith y su tratamiento no se sabe más. De hecho, la única referencia que existe de todo esto es una carta escrita por el religioso Martin Jarrett-Kerr a The Times Literary Supplement en 1984. En ella afirma que el académico había sido profesor suyo en Oxford y explica su curioso trabajo en la guerra. Es su palabra contra el vacío de otros testimonios.

No obstante, existen pistas que ayudan a creer la historia. Aunque no hay forma de saber si los soldados que se recuperaban del impacto de la guerra en sus cerebros de verdad pasaban los días leyendo Sentido y sensibilidad, sí se sabe que los libros de la autora eran lectura habitual en las trincheras.
«Lo que el hombre en las trincheras no quiere es ficción sobre la guerra», decía el número de diciembre de 1915 de The War Illustrated. «Le gustan las historias de fuerte interés doméstico», aseguraba el texto, indicando que Jane Austen se había abierto camino en un número «sorprendente» de búnkers.
Rudyard Kipling, autor de El libro de la selva y fan declarado de Austen, publicó en 1926 un relato posiblemente inspirado en todas estas historias. En The Janeites, un excombatiente de la guerra cuenta cómo durante el conflicto entró en contacto con una especie de hermandad secreta de soldados unidos por su amor a la autora de Emma.
Él mismo –de clase baja y ajeno al universo literario de Austen– se convierte en un janeite completo; de hecho, moverse de pronto en un mundo de referencias a las obras de la escritora acaba por salvarle la vida.
Lecturas en el frente
Es cierto también que Jane Austen no era lo único que leían los soldados durante la guerra; en general, cualquier libro o texto que les proporcionara cierto entretenimiento y evasión era devorado. En 1917 la American Library Association quiso dar respuesta a esta demanda de material de lectura y fundó el Library War Service, un servicio que creó 36 bibliotecas en campamentos militares y distribuyó entre siete y diez millones de libros y revistas por más de 500 localizaciones.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la sed de lecturas en el frente continuó. Además de las continuas donaciones de libros al ejército, la editorial Penguin dio un paso adelante y creó el Forces Book Club, que lanzó ediciones especiales pensadas para ser leídas en el frente (ligeras, del tamaño del bolsillo de los uniformes) de 120 novelas.
Se trataba de un servicio de suscripción, gratuito para los soldados, que funcionó entre octubre de 1942 y septiembre de 1943. En realidad fue un fracaso comercial para Penguin (aunque volvió a intentarlo en 1945), pero su idea fue aprovechada y mejorada por otras editoriales como Collins y Guild Books, que empezaron con sus ediciones especiales a mediados de 1943.
Entre las novelas distribuidas por Penguin a los soldados, estaban Persuasión y La abadía de Northanger.
¿Por qué leer a Jane Austen en tiempos de guerra?
A Austen no solo la leían los soldados: en tiempos de guerra, sus novelas parecían ejercer también entre los civiles una atracción especial superior a la habitual. Según cuenta Mary A. Favret en su artículo Reading Jane Austen in Wartime, las ventas de Orgullo y prejuicio se multiplicaron casi por tres durante la Segunda Guerra Mundial.
Autores como el propio Kipling o Virginia Woolf dejaron por escrito que habían vuelto a leer a Austen durante esos años, y Winston Churchill, que leyó Orgullo y prejuicio en diciembre de 1943 mientras pasaba una neumonía, reflexionó sobre las «vidas calmadas» de los personajes, a los que no parecían afectar ni la Revolución francesa ni las guerras napoleónicas.
Esa calma ajena a los conflictos es precisamente una de las críticas principales que se le hacían a Jane Austen. Su país estaba en guerra (las napoleónicas) y, sin embargo, los personajes de la autora siguen en ese mundo aparentemente inmutable, preocupados solo, como se maravillaba Churchill, por los «modales» que controlaban las pasiones naturales.
Pero quizá esa sea también la razón por la que tanta gente recurría a Jane Austen cuando su país estaba en guerra: una forma de escapismo, volver a ese mundo tranquilo en el que todo estaba en orden. La guerra, a la que sí hacía alguna referencia velada de vez en cuando, no era más que un escenario muy lejano que no afectaba el día a día de los personajes.
Y quizá por eso, si alguna vez ocurrió, se recetaba a Austen a los soldados con neurosis de guerra. Como defiende David Owen en un capítulo de Writings of Persuasion and Dissonance in the Great War, este tratamiento podía tener también fines propagandísticos: hacer que los soldados anhelasen ese mundo en orden, esos valores y preocupaciones tan británicos. Que superaran el trauma y quiseran volver a luchar por su país.
Me ha encantado. Ya me gustaba Jane Austen pero ahora me gusta más
A Jane Austen hay que leerla siempre, en tiempos de guerra y de paz.