En 1835, un inglés acampó en una playa de las Islas Galápagos. Allí observó miles de especies animales y vegetales que le ayudaron a elaborar la teoría que le encumbró. Hoy no cuesta vislumbrar una escena bucólica al imaginar a Darwin caminando por la playa, observando animales y plantas. Al fondo, el sonido de las olas. En aquella época, sin embargo, era una imagen todavía impensable, aunque a punto de irrumpir en el imaginario colectivo.
Colonos, piratas, monstruos marinos, naufragios, epidemias y catástrofes naturales. A la playa no llegaba nada bueno. Era, por tanto, un lugar horrible que había que evitar y que hasta el siglo XVIII provocaba auténtico pavor. Si todavía quedaba alguien a quien las playas no infundieran temor, los artistas japoneses se encargaron de difundir imágenes en las que el oleaje traía barcos cargados de colonos con sus epidemias y la familia Gibson se dedicó a buscar naufragios para fotografiarlos. La historia de Robinson Crusoe también hizo su parte para que la playa fuera un lugar temible que atraía todos los males del mundo.
Todo cambió cuando la aristocracia inglesa, alentada por la recién surgida necesidad de cuidar la salud y la higiene en una suerte de cultura wellness primigenia comenzó a frecuentar resorts a orillas del mar. El primer complejo turístico de este tipo apareció en Scarborough (Inglaterra) en 1720. A él acudieron personalidades como el rey Jorge IV desde que los médicos comenzaran a recomendar a las clases más altas acudir a estos lugares al lado del mar en busca de tranquilidad y bienestar.
Donde el mar besa la tierra
Para que la paya pasara de ser un infierno a un paraíso, los artistas tuvieron una gran influencia. Los poetas y pintores románticos extendieron la idea bucólica del mar como un lugar en el que relajarse escuchando las olas del mar, sintiendo la brisa y contemplando el horizonte. Byron, Shelley y Keats fueron algunos de los abanderados de esta idea que comenzaba a abrirse paso en la poesía y en la sociedad inglesa.
La playa de Dover, un poema que Matthew Arnold escribió a mediados del siglo XIX, incluye adjetivos y metáforas sobre el paisaje marítimo inconcebibles de haber sido escrito un siglo antes. «La plácida bahía», «el dulce aire nocturno», «donde el mar besa la tierra» son algunas de las figuras más novedosas en este sentido.
Poetas, pintores, médicos y aristócratas se encargaron de convertir aquel horrible destino en el lugar «donde el mar besa la tierra» y que para Walter Benjamin, ya a principios del siglo XX, se había convertido en el lugar «más épico».
Hasta mediados del siglo XIX, ni siquiera las vacaciones significaban descanso ni gozaban del anhelo de la gente de la época, que más que disfrutarlas las sufría. En plena Revolución Industrial, vacación significaba parón a la fuerza y cese de ingresos durante al menos una semana al año, mientras se limpiaban y reparaban las máquinas.
Pero fue precisamente la Revolución Industrial, con la introducción del ferrocarril, la que vino a cambiar el significado de la playa al igual que el de las vacaciones. El tren redujo el coste de los viajes y acercó los lugares más remotos. Fue entonces cuando los resorts junto a la playa dejaron de ser exclusivos para aristócratas y empezaron a ser frecuentados por la clase trabajadora inglesa.
[bctt tweet=»El hacer bien a villanos es echar agua en la mar (Miguel de Cervantes)» username=»YorokobuMag»]
El historiador Alain Corbin explicó en su libro The Lure of the Sea: The Discovery of the Seaside in the Western World, 1750-1840 que ir a la playa no ha sido una necesidad placentera hasta hace relativamente poco, por impensable que resulte hoy. «El periodo clásico no tenía ni idea de la atracción de las playas, de la emocion de un bañista bajo las olas, o los placeres de permanecer en la costa», escribió.
Corbin hizo en su libro un recorrido por la historia del arte y la filosofía para explicar cómo el turismo playero habría surgido en Inglaterra a mediados del siglo XVIII para convertirse en un hábito mainstream a finales del XIX. 1840 es la fecha clave en la que sitúa el inicio de una nueva visión de la costa como un lugar deseable para todos; una percepción cuya eclosión coincide con la aparición del ferrocarril.
Casi cinco siglos antes de Cristo, Eurípides había afirmado que el agua del mar era capaz de curar cualquier enfermedad. Pero Corbin habló de descubrimiento y no de redescubrimiento. Por eso, al historiador se le ha achacado que para demostrar su tesis haya olvidado u omitido que incluso a los romanos les encantaban las costas. Lo que sí es cierto es que la idea que prevalece hoy sobre el turismo de sol y playa que sostiene la economía de las zonas costeras españolas surgió hace relativamente poco en Inglaterra.
[bctt tweet=»No hay nada más épico que el mar (Walter Benjamin)» username=»YorokobuMag»]
Otros autores como John Gillis, autor de The human shore: Seacoasts in History, entienden el cambio de forma más gradual. Según Gillis, justo antes de la aparición de los complejos turísticos ingleses, la playa era meramente «una fuente de comida y el lugar en el que los viajes comenzaban y terminaban». Aunque el cambio fue gradual, sus efectos fueron devastadores ya que, según insistió, la playa se había convertido en una especie de «no-lugar» que el ser humano «fue destruyendo con el desarrollo de las costas».
John K. Walton, autor de The British Seaside: Holidays and Resorts in the Twentieth Century y profesor de historia en la Universidad del País Vasco, coincide en que al menos los resorts costeros fueron «una exportación británica».
Sólo a partir del siglo XVIII, la brisa marina y la necesidad eventual de cambiar de clima se convirtieron en recomendaciones médicas recurrentes. Cuando el ferrocarril hizo que la llegada hasta la playa fuera accesible para todos, los desplazamientos a las zonas costeras se intensificaron en Inglaterra y esos mismos turistas comenzaron a frecuentar las playas francesas para, después, llegar a España.
Así se convirtió Benidorm en Benidorm
En las playas españolas, a menudo asediadas por piratas y corsarios, la idea sobre la costa no distaba de la percepción inglesa previa a la irrupción del turismo. «El hacer bien a villanos es echar agua en la mar», escribió Cervantes.
En la costa alicantina se desparramaba un pequeño pueblo pesquero a mediados de los años 50 del siglo pasado. Contaba con tres hoteles porque hasta entonces apenas iban veraneantes madrileños y alcoyanos gracias a la buena conexión ferroviaria. Ya no era ese lugar temible al que llegaban piratas y corsarios, pero tampoco era una panacea en lo que a hedonismo se refiere, sino un lugar del que extraer alimento.
Pero todo cambió casi de la noche a la mañana: los alojamientos se multiplicaron y quienes vivían de la pesca tuvieron que adaptarse a la nueva demanda. No les quedó más remedio que regentar hoteles y restaurantes o marcharse.
En menos de dos décadas Benidorm contaba ya con más de 30 hoteles para acoger turistas. La mayoría, en aquella época, eran alemanes que se desplazaban en coche, atraídos por las postales de su compatriota afincado en Benidorm Freddo Marvelli.
De Marvelli se ha dicho que fue mano derecha del mariscal Erwin Rommel y espía. Incluso circuló el rumor de que escondía tesoros nazis en la Bahía de Benidorm. Era una época en la que la costa alicantina se convirtió en refugio de los miembros de las SS que huyeron de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Los rumores relacionados con espionaje y tesoros se convirtieron en una constante.
Marvelli era un prestidigitador que descubrió la pequeña localidad pesquera cuando viajaba a Alemania después de actuar en Marruecos, donde había adquirido gran fama con sus espectáculos de magia. Sólo pasaba por allí, pero quedó tan prendado del pueblo que regresó para quedarse.
Una vez instalado en Benidorm dejó la magia y comenzó a dedicarse a la fotografía de paisaje. Fue el primero en imprimir sus imágenes de la ciudad a modo de postales que iban llegando a Alemania y que cada vez atraían más turistas. Aunque algunos alemanes llegaron más o menos cuando él, a las postales de Marvelli se les ha llegado a atribuir la irrupción del turismo alemán, que fue predominante en Benidorm hasta los años 70.
Resulta difícil no relacionar la historia de la playa de Corbin con la llegada del mago y fotógrafo Marvelli a Benidorm. La mejora de las comunicaciones y el arte parecen haberse aliado en ambos lugares para devolver al mar la imagen paradisíaca que merecía.
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Lástima plena de la caída del Imperio Romano. Hubiésemos evolucionado de manera más positiva.
me gusto mucho la nota, felicitaciones! 🙂