La piratería, como tantas otras cosas en la vida y en la historia, ha sido cosa de hombres. Pero a veces, sin pedir permiso, en la lista de nombres de terribles corsarios se han colado unas pocas mujeres que no tuvieron reparos en hacerse a la mar y abordar barcos como si no hubiera un mañana (y realmente era así para ellas, no lo había).
Magnet nos recuerda la figura de una de ellas, la inglesa Mary Read. Nacida en Londres en 1684 (otras fuentes dicen que fue hacia 1690), es, junto con Anne Bonny, la única mujer que figura en los registros judiciales como condenada por piratería en el siglo XVIII.
Read nació como fruto de la relación ilegítima de su madre con otro hombre. Su esposo, marino, murió en alta mar dejando un hijo y una esposa embarazada de un bebé que no era suyo. No pintaban las cosas fáciles para una viuda con dos niños, mucho menos si, además, había cometido adulterio. Por esta razón, cuando el mayor de los dos críos murió, el único hijo legítimo del matrimonio, la mujer se vio obligada a buscar una treta que le permitiera seguir cobrando una pensión de manutención por parte de su suegra.
Así que decidió vestir a la pequeña Mary de chico, cambiar su nombre por el de Mark y hacerla pasar ante los ojos de la abuela por el nieto fallecido. No se sabe a ciencia cierta si la anciana cayó en el engaño o se hizo la tonta, pero lo cierto es que mientras ella vivió, Mary y su madre vivieron con cierta comodidad gracias a esa renta.

Al morir la abuela, hubo que empezar a buscarse las castañas de otra manera. Para entonces, Read ya se había acostumbrado a vestir y vivir como un niño, cosa fácil de entender si tenemos en cuenta cómo vivían las mujeres en aquella época. Cómoda en su papel de jovenzuelo, entró al servicio de una adinerada mujer francesa en calidad de paje, pero no debió de gustarle mucho el oficio porque pronto dejó aquel empleo y se alistó en la Armada inglesa.
La vida militar curtió el carácter de la joven Mary, quien destacó por su entrega y valor en la Guerra de los Nueve Años y en la Guerra de la Sucesión Española. Pero por mucho que de hombre se vista la mona, mujer se queda (valga la paráfrasis del refrán), y no era extraño que acabara enamorándose de algún compañero. El afortunado fue un tal Flemming, al que no quedó más remedio que confesarle su verdadera identidad para convencerle de que la suya no sería una relación homosexual.
Antes de que el resto de la milicia comenzara a hablar sobre la estrecha relación que mantenían una y otro —o quizá obligados por comentarios maliciosos que pudieran empezar a surgir—, los amantes se ven obligados a confesar la verdadera condición femenina de aquel cadete que tanto había destacado por su valor en el combate. La pareja se casa y abandona el ejército para iniciar una nueva vida en otro lugar. Y ya que estaban en Holanda, allí se quedaron.
Con el dinero recaudado como regalo de bodas, la pareja compra una vieja taberna en Breda e inicia una nueva vida. Era la primera vez que Mary vestía y vivía como una mujer, algo que parecía hacerla feliz. Pero la fortuna es caprichosa y no quiso que la dicha de la exsoldado durara demasiado. Su esposo enferma y muere dejándola sola en un lugar al que nada la une y con un negocio que ya no resultaba rentable, además, desde que las tropas se retiraron de aquellas tierras una vez acabada la guerra.
Así que la viuda decide volver a vestirse de hombre y regresar al ejército. Al fin y al cabo, en la vida militar había encontrado durante unos años su lugar y su felicidad. De esta manera, se enrola en un barco con destino al Nuevo Mundo, tratando así de iniciar una nueva vida.
Pero ya cerca de alcanzar puerto, metidos de lleno en la peligrosa franja caribeña donde la piratería campaba a sus anchas y dominaba el mar, el barco en el que viaja Mary es atacado y secuestrado por un grupo de aquellos corsarios.
A pesar de la mala fortuna de caer apresados por semejantes delincuentes marinos, podría decirse que Read tuvo suerte ya que, por ser de los pocos ,si no único, miembros de la tripulación que hablaba inglés, fue trasladada al barco pirata y obligada a servir en él. No era el trabajo que ella había escogido ni era aquello lo que buscaba cuando decidió enrolarse para buscar una nueva vida, pero al menos conservaba su vida.
Estamos en el año 1718. Al poco tiempo de empezar a ejercer como pirata forzosa, llega desde Inglaterra una real orden de perdón para todos los delincuentes con motivo de la coronación de un nuevo rey. Así que la tripulación de Mary decide acogerse al indulto y abandona la piratería. Read hace lo mismo y trata de vivir en paz en las nuevas tierras a las que había conseguido llegar.
Pero la paz no siempre es sinónimo de diversión y Mary se aburría profundamente en las islas caribeñas donde había recalado. Una vez disfrutadas todas las juergas y habiéndose bebido todo el ron del Caribe, la cosa empezaba a decaer. No es que le hubiera entusiasmado la vida pirata —tampoco es que la hubiera probado durante mucho tiempo—, pero sí parecía más divertida que aquella inactividad en la que se veía asfixiada.
Algo así debieron de sentir también otros arrepentidos que, como ella, se habían acogido al perdón del rey. Así que pronto empezaron a flotarse nuevos barcos y a reclutarse nuevas tripulaciones que quisieran vivir del robo y el saqueo. Uno de aquellos piratas que decidieron volver al ruedo fue John Rackman, más conocido como Calico Jack, a quien acompañaba su amante, la también pirata Anne Bonny.

Calico Jack no era este el más temido de los piratas caribeños ni el más violento ni el más famoso. Nada que ver con otras figuras como Bartholomew Roberts o Edward Low. Pero si ha pasado a la historia es por haber hecho famosa la icónica bandera de la calavera y las tibias que tanto identificamos hoy con la piratería, la mítica Jolly Rogers.
Read se enrola en la tripulación del Revenge, el barco de Rackman y Bonny, y comienza su andadura como pirata, vestida de hombre —su gesto aniñado facilitaba que todos dieran por hecho que era un mozalbete— y dispuesta a saquear todo lo que se meneara por aquellos mares.
Cuentan que la dulce Mary de dulce tenía bien poco. La batalla no la amedrentaba —ya había pasado por la experiencia de la guerra durante su etapa de soldado— y era de los más feroces y crueles en la lucha cuerpo a cuerpo. Así lo cuenta al menos un tal Capitán Charles Johnson (de quien se sospecha que es un alter ego del escritor inglés Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe) en la obra A General History of Robberies and Murders of the Most Notorious Pirates.
Aunque lo más probable, si aceptamos la posibilidad de que sea Defoe el verdadero autor del libro, es que tanta bravura, fiereza y crueldad no sea más que una licencia retórica para adornar el relato. Alguna gracia había que ponerle al libro en cuestión.
Tampoco, cuentan, se quedaba atrás en mala baba su jefa, Anne Bonny, quien pronto descubrió que Mark era en realidad Mary y con quien entabló una gran amistad. Tanto es así que el propio Calico Jack empezó a sospechar de la sana camaradería entre el muchacho y su amante, algo que no le hizo ninguna gracia. Así que, cuando Rackman agarró al piratilla por el cuello con la intención de rebanárselo, en un ataque de celos, a las dos mujeres no les quedó más remedio que descubrir la verdadera identidad de Read.
Aquí las versiones empiezan a diferir de nuevo. Unas dicen que la identidad de la londinense se mantuvo en secreto para el resto de la tripulación durante el tiempo que duraron sus actividades delictivas. Otras, por el contrario, aseguran que las dos mujeres vestían como tales delante de la tripulación, excepto cuando entraban en combate, que cambiaban las faldas por los pantalones, tanto por libertad de movimientos como por hacerse pasar por dos piratas más.
Sea como sea, lo cierto es que Mary se enamoró de nuevo. No aciertan las mentes calenturientas si piensan que lo hizo de su capitán y acabaron formando un trío que ríete tú del de las Azores. La corsaria puso sus ojos en otro de los marineros que trabajaban en el Revenge, con quien acabó casándose por el rito pirata.
Tal fue el amor de Read por su compañero que llegó a retarse en duelo con otro sanguinario pirata que osó burlarse de él. La mujer estaba segura de que entre las virtudes de su amante no estaba la del dominio de las armas, así que tuvo los arrestos como para retarse con el sanguinario unas horas antes del duelo de su novio y vencerle. De esta manera, al matar al contrincante, libraba a su amante de una muerte segura.
Pero todo tiene un final. La historia de Mary Read y su leyenda estaban a punto de concluir. Corría el año 1720 y la tripulación del Revenge había estado celebrando uno de sus últimos asaltos. Los piratas, totalmente borrachos, fueron incapaces de hacer frente a los soldados de la Royal Navy que se habían acercado a su barco para apresarlos.
Tan sólo las dos mujeres del barco pirata y algunos pocos hombres que se mantenían serenos fueron capaces de hacer frente a sus captores. De poco sirvió la resistencia. La tripulación del Revenge, capitán y mujeres incluidos, fue apresada y llevada a la isla de Jamaica para juzgarles por sus delitos.
Todos fueron condenados a morir en la horca. En el caso de los hombres, la sentencia se ejecutó inmediatamente. Pero las dos mujeres alegaron estar embarazadas y las autoridades decidieron aplazar su ejecución hasta después del parto.
Cuando el juez preguntó a Read por qué se había convertido en una pirata, algo que le conduciría a la horca, Mary respondió:
«En cuanto a morir en la horca no lo considero demasiado rudo, porque si no fuera por eso todos los cobardes se harían piratas e infestarían los mares a tal extremo que los hombres de valor se morirían de hambre: que si se dejase a los piratas elegir castigo, no tendrían otro que la muerte, porque su miedo a ella mantendría honrados a algunos ladrones cobardes; que muchos de los que ahora estafan a viudas y huérfanos y oprimen a sus vecinos pobres que no tienen dinero para obtener justicia saldrían a la mar a robar, con lo que el océano estaría lleno de ladrones como lo está la tierra (…)».
Es decir, Mary veía la piratería como un bien social, un mal que contrarrestaba a otro peor.
Así acabó la suerte de Mary Read. La mujer que había desafiado con su comportamiento y forma de vida a un mundo de hombres, murió en la cárcel en 1721, enferma de unas fiebres. No llegó a dar a luz. Tenía 37 años.
Sin embargo, aún hay leyendas que dicen que Read, junto con Bonny, escaparon de prisión y lograron eludir la horca. En el caso de Anne es posible que así ocurriera porque no se conservan documentos ni sobre su muerte ni sobre su vida después de su paso por la cárcel. El rastro de la mujer de Calico Jack desapareció desde entonces y nunca más se supo qué había sido de ella.
No fue así en el caso de Mary Read, cuya vida y muerte están más documentadas.
Los méritos de Read no parecen muy grandes si la comparamos con otras importantes figuras femeninas de la historia. Pero no deja de impresionar el hecho de cómo vivió su vida, por encima de cánones y normas sociales, demostrando de una manera callada que una mujer podía hacer las mismas cosas que un hombre, tanto para lo bueno como para lo malo.