En 2025, Yorokobu cumplió 15 años. Buen momento para viajar hacia atrás, a la década de 2010, y comprobar cuánto y cómo hemos cambiado, empezando por la manera en la que nos vestimos.
Si pensamos en la moda de hace quince años, hay algo seguro: la verdadera revolución no vino de las pasarelas de Milán o Nueva York, sino del lugar más inesperado de todos, Silicon Valley. Sí, hablamos de Instagram, la aplicación que en 2010 cambió para siempre la forma en que nos vestimos, compartimos y consumimos moda.
Hasta entonces, las grandes revoluciones en este terreno se centraban en los materiales (con el nailon llegaron las medias sintéticas en los años 40, y con el elastano, los jeans elásticos de los años 70) o en las siluetas: sujetadores cónicos en los años 50, minifaldas en los años 60, hombreras en los años 80. Pero ninguna innovación había generado un impacto tan potente como la aparición de un simple recuadro blanco en la pantalla del móvil.
El nacimiento del ‘look de cámara’
Con Instagram en nuestras manos, de repente todos teníamos un público. Y eso lo cambió todo. Vestirse ya no significaba solo salir de casa: significaba hacer una foto que se viera increíble en el feed.
Aquí es donde explota el fenómeno del OOTD (outfit of the day), looks siempre diferentes, cada vez más llamativos y completamente instagrameables. La moda rápida lo agradece. ¿La calidad? No era lo más importante. Si en la foto el conjunto funcionaba, nadie podía cuestionarlo realmente.
Las fashion bloggers, ya en ascenso desde los años 2000, migraron inmediatamente a la nueva plataforma. The Blonde Salad, Man Repeller y Style Bubble se convirtieron en Chiara Ferragni, Leandra Medine Cohen y Susie Lau, superestrellas digitales listas para marcar tendencias. ¿Y el estilo? Maximalista, excéntrico, colorido y, a menudo, deliberadamente discordante. Para ser recordado, había que destacar.
Zapatos de plataforma: altura a toda costa
La década comienza con un momento icónico: el desfile primavera-verano 2010 de Alexander McQueen, Plato’s Atlantis. La última colección del diseñador (fallecido en febrero de ese año) hipnotizó al público y regaló al mundo un par de zapatos legendarios: los Armadillo, usados inmediatamente por Lady Gaga y Daphne Guinness, heredera de la aristocrática familia cervecera irlandesa.
No fue casualidad. Era el auge de las plataformas. A principios de los años 2010, los tacones estaban en todas partes, especialmente los Louboutin con suela roja. Pero para estar realmente a la moda, un tacón debía tener plataforma. ¿Los más deseados? Las Tribute Sandals de Saint Laurent y los Very Privé Peep-Toe de Louboutin.
A mitad de la década, sin embargo, algo cambia: la generación Z comienza a decir adiós a los tacones y recibe con entusiasmo las zapatillas. Es el fin de una era.
‘Athleisure’: cuando los pantalones de yoga se convierten en moda
En 2015, el Merriam-Webster, el diccionario estadounidense más famoso, incluyó oficialmente el término athleisure, una palabra que ya circulaba desde los años 90. Su primera aparición se remonta a Vogue en 1995, cuando se hablaba de la «revolución del fitness», que llevaba la ropa deportiva más allá del gimnasio.
En los años 2010, de hecho, el spandex dejó de ser sinónimo de sudor; los pantalones de yoga se convirtieron en prendas de uso diario, las zapatillas se combinaban con vestidos de noche y las rayas deportivas se volvieron un clásico.
Colaboraciones: la moda descubre el caos creativo
La década de 2010 fue la de las colaboraciones locas. Tras los famosos experimentos que mezclaban alta moda y moda rápida (la primera colección cápsula fue Lagerfeld x H&M en 2004), el público necesitaba algo más sorprendente, y los diseñadores no se echaron atrás.
La atención de los consumidores se reducía a velocidad vertiginosa debido a la enorme cantidad de información que se movía a través de Instagram, y los diseñadores aprendieron que podían presentar una nueva colaboración o una colección cápsula llamativa (aunque algo extraña) para mantener la atención, aunque solo fuera por una semana o menos.
En 2011, Givenchy lanzó la famosa camiseta con un rottweiler rugiendo, diseñada por Riccardo Tisci. No tenía mucho sentido. ¿Qué tiene que ver un rottweiler con la casa Givenchy? Nada. Naturalmente, tuvo un éxito abrumador. Celebridades como Kanye West, Liv Tyler, Kendall Jenner y Rihanna la usaron hasta el aburrimiento. Fue un punto de inflexión. Pronto, la moda comenzó a proponer otros productos fuera de lo común, y diseñadores y marcas empezaron a colaborar con personalidades o con otros sellos para lanzarlos.
El regreso del maximalismo: el reino de Gucci
¿El móvil no capta bien los detalles de un vestido negro? ¿La foto no resulta instagrameable? No pasa nada: más color, más estampados, más todo. La estética more is more funcionaba perfectamente en cámara, y en la década de 2010 todo giraba en torno a la fotogenia.
En las calles, fuera de las semanas de la moda, la gente desfilaba como si estuviera en la alfombra roja, mientras Instagram explotaba con el hashtag #OOTD.
Quien mejor encarnó el espíritu de la década fue Alessandro Michele, que en 2015 tomó las riendas de Gucci y lo transformó en un universo granny-chic, glam-rock y cinematográfico. Estampados sobre estampados, colores saturados, prendas excéntricas, Gucci se convirtió en el símbolo visual de la década.
Mom jeans y dad sneakers: lo feo se vuelve cool
Tras la era de los skinny jeans, el denim se relajó: llegaron los vaqueros de madre (mom jeans), de talle alto y corte holgado.
¿Y en los pies? Las zapatillas de padre (dad sneakers) de los años 90. El modelo que encendió la chispa fue el más comentado: las Triple S de Balenciaga (2017), diseñadas por Demna Gvasalia. Pesadas, sobredimensionadas y angulosas, pero aun así se convirtieron en un fenómeno mundial. Había nacido la estética de los ugly shoes.

Una década de contradicciones visuales
Mom jeans, dad sneakers, athleisure y maximalismo aparentemente no tienen nada en común. Sin embargo, todas estas tendencias compartían la misma lógica: funcionaban perfectamente en fotografía. Ya fueran gruesas, coloridas, nostálgicas o deliberadamente feas, todas las prendas de la década estaban diseñadas para llamar la atención en un scroll infinito.
La moda de la década de 2010 no solo se llevaba puesta, se fotografiaba, se compartía, se comentaba. Y en este proceso, la estética tradicional dio paso a algo nuevo: el estilo como contenido, el armario como feed, el outfit como publicación.
El poder de la imagen: la década que transformó la moda
Así, desde los armarios de las celebridades hasta las calles de las ciudades, desde los feeds de Instagram hasta las pantallas de nuestros móviles, aquella década de 2010 ha transformado cada conjunto en un evento visual, cada accesorio en un símbolo y cada gesto de estilo en un contenido para compartir.
La revolución iniciada por ese pequeño recuadro blanco redefinió no solo la forma de vestir, sino toda la cultura de la moda, haciendo que la década fuera inolvidable.






