En la antigua Babilonia, allá donde las puertas del imperio eran azules, empezaron a observar la rueda. La miraron con curiosidad. Con la lupa que busca más allá de lo evidente porque sabían que esa pieza llevaría más lejos que los caminos de tierra. La rueda, efectivamente, fue más lejos. Mostró la circunferencia y la circunferencia mostró el número Pi. La geometría avanzaba igual que lo hacían los carros de caballos.
Las líneas, los puntos, los planos, empezaron a tomar forma y nació la geometría. El mundo comenzaba a ser medible y calculable. La construcción se iba haciendo más compleja, día a día, en esta región de Mesopotamia y en las civilizaciones de alrededor.
La geometría estaba en los escritos de los ingenieros y los matemáticos pero un día se encontró con el arte. Fue un amor inevitable y, jamás, por muchos siglos que pasaron, se pudieron despegar.
Esa especie de conjuro donde uno ya no es nada sin el otro llevó hasta hoy. Hasta las mesas de dibujo de millones de ilustradores. Hasta el estudio de Alejandro López (Muokkaa). El diseñador y grafista representa el mundo desde las tipografías. Dice que en una pieza gráfica, el lugar de las letras es, probablemente, el más relevante. «Me gusta mucho trabajar con tipografías. Puede que incluso sea lo más importante, porque si no funcionan bien, se cae todo».
Lo habitual es que sus tipografías tengan el volumen que otorgan las tres dimensiones. Eso es lo que más gusta a Muokkaa: «trabajar en 3D». De ahí partió para construir la portada de Yorokobu de este mes de enero, y a eso añadió el recuerdo de uno de los artistas que más admira, Takenobu Igarashi, un japonés que lleva décadas diseñando piezas con bloques superpuestos unos sobre otros.
Muokkaa empezó con un boceto en un papel. De ahí pasó al ordenador y lo plano adquirió volumen. Para el color optó por los primarios. Azul, amarillo y rojo. Al ver el conjunto, metió un verde «para romper», pero ahí acabó la cosa. «Un violeta», cuenta, «sería demasiado».
Y al final de todo acudieron unos hombrecillos destinados a dar dimensión al asunto. Igual que ocurría en Babilonia y el Alto Egipto. Las líneas de los templos empequeñecían al hombre y ensalzaban la construcción. Líneas que han mostrado saber estirar el tiempo mejor que los individuos y los Imperios. De ahí su grandeza. De ahí esta aplastante conclusión: la geometría es un puñado de puntos y rayas más allá de lo divino y lo humano.
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