«Las mujeres de la tribu alejaron de la aldea al niño maldito, lo estrangularon con una cuerda, le llenaron la boca de arena para impedir el llanto y lo dejaron allí, entre los arbustos, a merced de las hienas» Esta masacre se lleva repitiendo de generación en generación desde tiempos remotos en las tribus Hamer y Karo. A estos niños malditos se les conoce como niños Mingi, niños que, de no ser asesinados, traerían penurias a la comunidad en forma de enfermedades, hambre o sequía para los cultivos.

Los casos de infanticidio se han sucedido a lo largo de la historia. En Roma se obligaba a sacrificar a los niños por malformaciones; en lugares como Siberia o Mongolia se quitaba la vida a uno de los bebes si resultaban gemelos o mellizos; en Japón se practicaba el Mabiki, acabando con el segundo o tercer hijo varón, puesto que las mujeres servían como sirvientas o prostitutas.

Entre los siglos XVII y XIX se producían casi 100.000 casos de Mabiki al año. En China, sin embargo, era más común el infanticidio femenino. Por no mencionar a los niños albinos de muchos países africanos. Podríamos llegar a creer que en el siglo XXI ya no se realiza esta clase de atrocidades, pero lo cierto es que en lugares como el valle bajo del Omo, en Etiopía, siguen manteniéndose creencias y supersticiones sacras heredadas durante siglos.

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Existen cuatro tipos de Mingi: Niña-Mingi, si el embarazo se ha producido fuera del matrimonio –a pesar de que tener sexo fuera del mismo sí que es aceptado por la etnia Karo–; Mujer-Mingi, en los casos de nacimientos producidos antes de recibir la bendición de los mayores de la tribu; Gemelos-Mingi, en el que ambos hermanos son considerados Mingi; y la más llamativa e inexplicable, Dientes-Mingi, cuando a la criatura le crecen los dientes superiores antes que los incisivos inferiores. Esta incomprensible y dogmática superstición acaba con cientos de vidas al año.

Los pequeños son arrebatados de los brazos de sus padres por las mujeres de la tribu, asfixiándolos, dejándolos abandonados sin comida ni bebida o incluso arrojándolos al río. Los familiares no pueden hacer nada para evitarlo; tan solo lamentarse por una injustificable doctrina que la mayoría acata y respeta. Muchas de las mujeres embarazadas que saben que su futuro niño es Mingi eligen abortar antes de que otros se lo arrebaten tras el parto.

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Uno de los casos más sonados y crueles sucedió tras la muerte por enfermedad de un niño gemelo de la tribu. Los mayores quisieron saber el porqué de aquella perdida. Tras muchas deliberaciones y una revisión a conciencia de los intestinos de una cabra –aquí algunas decisiones son determinadas tras la lectura de los intestinos de una cabra o vaca–, decidieron que el bebé muerto era Mingi.

Desenterraron el cadáver, lo ataron al hermano que sí había logrado sobrevivir, se adentraron en el río y los arrojaron al agua. Tras esta aciaga noticia, la práctica Mingi fue conocida más allá de los límites del río Omo.

Antes de visitar Etiopía desconocía la maldición Mingi. No fue hasta mi visita a la población de Jinka, al sur del país, cuando nuestro conductor nos propuso visitar un orfanato. A nuestra llegada todos los chiquillos se afanaron en asomarse a la cristalera, aplastando sus pequeñas narices contra ella. En cuanto atravesamos la puerta, el silencio se apoderó de aquella pequeña sala repleta de literas, cunas, garabatos en las paredes y juguetes.

Nos miraban sin apenas pestañear, con esos enormes ojos que difícilmente encontraban hueco en sus diminutas caras. El silencio mudó a llanto y temor. Hicieron falta varias canciones infantiles, alguna que otra cosquilla y un baile ridículo para conseguir que el pavor y los sollozos se convirtieran en confianza, sonrisas, besos y abrazos.

Aquellos angelitos que apenas levantaban un palmo del suelo eran niños Mingi. Criaturas rescatadas de una muerte segura. Fue imposible evitar la emoción en aquel lugar. Una sensación de impotencia y rabia por no alcanzar a entender que alguien pueda mirar a los ojos a esos mocosos y acabar con su vida.

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Si estos niños Mingi no han sido devorados por las hienas entre los matorrales de la sabana es gracias a Lale Labuko y a su mujer Gido. Lale es miembro de la tribu Karo. Con 9 años fue enviado por sus padres a la escuela, enfrentándose así a la oposición de los mayores de la tribu. El desenlace más común en la vida de un adolescente de la tribu es acabar cuidando el ganado y la familia, sin posibilidad de acudir al colegio. Pero Lale y su familia tenían claro que la educación es la principal arma contra la pobreza.

A los 15 años, Lale presenció en su aldea el salvaje asesinato de un bebé de 2 años. Fue la primera vez que escuchó la palabra Mingi. Tras insistentes preguntas, descubrió que dos de sus hermanas mayores también habían sido Mingi… y por tanto asesinadas. Desde aquel momento se prometió a sí mismo acabar con esta estéril praxis.

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Lale, junto al Gobierno, ha luchado durante años para erradicar esta costumbre. Mientras tanto se ha encargado de rescatar a decenas de niños sentenciados a muerte. Construyó la casa de acogida Omo Child para dar cabida a todos esos renacuajos con los que disfruté tanto aquel día en Jinka.

Está siendo un camino lleno de obstáculos para Lale. Las contantes amenazas de muerte a él y a su familia por los ancianos de su propia aldea no le han impedido seguir luchando. Han sido varias las reuniones entre los mayores de la tribu Karo, Lale Labuko y el Gobierno, llegando, estos últimos, a amenazar con arrestar a todos los implicados en la muerte de cualquier niño. No obstante, en un país con unos niveles de desnutrición tan elevados, no es sencillo determinar la causa real de un fallecimiento.

En una primera instancia, Lale consiguió el permiso, por parte de los Karo, de quedarse con los niños afectados, alejando de esta forma la maldición del pueblo. Pero esto no era suficiente; la falta de espacio y la escasez de recursos de la casa de acogida Omo Child requerían la abolición de la ley Mingi sin condiciones.

El 14 de julio de 2012 finalmente se obró el milagro y tras una asamblea en el pueblo de Dus, a orillas del río Omo, los Karo decidieron acabar con la tradición Mingi. Una lucha que aún prosigue para intentar extinguir este exterminio por completo. Tribus como los Hamer, con más de 50 mil miembros, continúan realizando la matanza Mingi.

Durante mi paso por el orfanato Omo Child no tuve la fortuna de conocer a Lale Labuko, pero sí a su mujer, Gido. Si este mundo no se ha ido a la mierda aún, es por gente como ellos.

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2 Comments ¿Qué opinas?

  1. Gracias por este testimonio, un gran relato bien contado para un drama hasta ahora desconocido.
    Hay personas que cambian el mundo y hay periodistas que lo cuentan.

  2. Os adrezco el compartir con todos nosotros toda esta interesante información. Con estos granitos de arena hacemos màs grande la montaña Internet. Enhorabuena por este blog.

    Saludos

    centros infantiles torrejon de ardoz http://www.pequenaspromesas.com

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