Hay proyectos que no necesitan un manifiesto sesudo ni un concepto oscuro para ser válidos. A veces, la chispa creativa surge en el sofá de casa, viendo una serie con tus hijos y redescubriendo esa nostalgia de los 80 que tanto nos gusta idealizar a quienes los vivimos. El ilustrador Óscar Llorens ha pasado por su filtro los iconos de Hawkins y el resultado es un entrenamiento visual donde los demogorgons son achuchables y la amistad se mide en lúmenes de linterna.
Porque, según Llorens, la industria creativa se empeña, a veces, en sobreintelectualizarlo todo. «Parece que, si no hay un manifiesto detrás, el trabajo no es válido», reflexiona el ilustrador. Sin embargo, su último proyecto personal nació de un lugar mucho más honesto y doméstico: el placer de ver Stranger Things con sus hijos y dibujar para ellos, sin pretensiones, sin timings y, sobre todo, sin cambios de última hora.

Gimnasio
Para Llorens, estos paréntesis íntimos no son solo una vía de escape, sino el combustible real de su carrera. «Son el gimnasio donde entreno mi estilo sin las restricciones de un cliente. Si no hago este tipo de trabajo, mi estilo se estanca», confiesa. En este universo libre, los personajes de Netflix han perdido el fotorrealismo pulido de la pantalla para ganar la textura cruda de su imaginario: cabezones desproporcionados, ojos enormes y una apariencia que oscila entre lo inocente y lo inquietante, casi como si estuvieran modelados en plastilina.

Reinterpretar a Eleven o a Dustin fue, en palabras del ilustrador, un proceso que salió «casi solo». La serie tiene un diseño de personajes tan icónico que basta con capturar el pelazo de Steve, la gorra de Dustin o la sangre en la nariz de Eleven para que la magia funcione. «Los 80 siguen de moda —explica Llorens—. Los que peinamos canas tenemos mucha nostalgia de esa época y su estética está muy presente en mi trabajo».

Ver la serie de nuevo, esta vez a través de los ojos de sus hijos, le permitió reconectar con la esencia del relato. «La libertad de ir en bici, el refugio del sótano de Mike y esa estética que a los niños de hoy les engancha tanto como a los que crecimos con Akira, Blade Runner o Los Gremlins».


Monstruos achuchables
A pesar de que sus ilustraciones suelen tener ese punto turbio marca de la casa, Llorens asegura que en su universo personal los monstruos son distintos. «En mi mundo, los demogorgon son achuchables, así que supongo que los personajes de la serie se aburrirían aquí». Su enfoque prefiere centrarse en las emociones a través del color y de personajes que, pese a su desproporción, destilan una vulnerabilidad muy humana.

Al final, más allá de los monstruos del Mundo del Revés y del marketing de la nostalgia, lo que queda en los trazos de Llorens es la emoción central que sostiene la serie. Una lección que sirve tanto para Hawkins como para el sector creativo. «Es la sensación de que, a pesar de que el mundo se está cayendo a pedazos, tienes a tus amigos con una linterna, un walkie-talkie y una bicicleta a tu lado».

Para Óscar Llorens, reinterpretar iconos pop no fue un paréntesis navideño, sino una constante inevitable. Es su forma de mantener el estilo en forma, de alimentar el fuego de los encargos comerciales con la leña de lo que realmente le divierte. Porque, al final, dibujar debería ser siempre eso: puro placer compartido en una tarde de sofá.






