Todo empezó en un reino mágico lleno de princesas, castillos y animalitos sonrientes. Efectivamente, la International Positive Psychology Association no encontró mejor sitio para celebrar su cuarto congreso anual que Disney World, Orlando.
Hasta allí acudió como oyente el profesor Tim Lomas. Hasta allí acudió como ponente la profesora Emilia Lahti. Ambos coincidieron en la charla de la segunda, que versaba sobre el sisu, una palabra finesa que define la fuerza mental para superar las adversidades con valentía. El sisu sería un concepto similar a lo que en español llamaríamos resiliencia o perseverancia, pero según los finlandeses no tiene una traducción exacta. La doctora Lahti afirmaba que es una capacidad universal, pero resaltaba que sólo su idioma la había detectado, etiquetado y bautizado.
Sus palabras tuvieron un hondo efecto en Lomas, que empezó a divagar sobre otros nombres ignotos, otras conceptos universales que sólo hubieran sido bautizadas en unos pocos idiomas. Así que este psicólogo inglés se armó de algo parecido al sisu y se dispuso a superar dificultades para conseguir armar un diccionario universal de términos positivos. Y lo consiguió.
El Positive Lexicographic Project recoge 700 palabras de cerca de un centenar de idiomas. Todas ellas hacen referencia a conceptos positivos o sentimentales y ninguno tiene una traducción exacta en otro idioma. Son sentimientos lingüísticamente inéditos y, aunque sus nombres no te suenen, es más que probable que comprendas, incluso que hayas probado en tu propia piel, el sentimiento al que dan nombre.
¿Has entrado en algo parecido al éxtasis inducido por el ritmo de la música? Eso se llama tarab (en árabe). Si en lugar de al éxtasis a lo que te empuja la música es a quitarte la ropa y a bailar como un loco, lo que sientes se llama mbuki-mvuki (en bantu).
Pero dejémonos de canciones y pongámonos románticos. Piensa en esas miradas lascivas que te lanzas en el metro con un perfecto desconocido. Eso en mi pueblo tiene un nombre, diría un yaganés, y no es ser una descocada, sino lanzarse mamihlapinatapeis, o silenciosas y mutuas miradas de deseo. Si después de tanto tonteo acabáis hablando, esos nervios que sientes, esas mariposas en el estómago se llaman kiling (en tagalo); y si al final la charla se os va de las manos y acabáis en la cama… bueno, eso tiene un nombre en cualquier idioma, así que hagamos una elegante elipsis y pasemos al siguiente punto.
Después del sexo, la charla distraída que se mantiene en la cama con un amante se llama queesting (en holandés). Si mientras habláis le acaricias el pelo de modo tierno estás haciendo cafuné (en portugués). Y bueno, pon las cosas en perspectiva, si tienes todos estos detalles con un tío que acabas de conocer en el metro igual lo vuestro es un amor predestinado, es decir un yuán fèn (chino) y acabéis casados, o mejor y más moderno, viviendo como una pareja de casados pero sin pasar por vicaría, es decir siendo unos sambo (sueco).
Enumerar todas estas palabras puede ser algo ciertamente divertido, pero Lomas reconoce que no es esto lo que buscaba con su particular diccionario. «En realidad tiene muchas finalidades», explica el psicólogo, «una de ellas sería fomentar la apreciación intercultural, aumentando el conocimiento y sensibilidad de la gente hacia otras culturas». Pero Lomas no se conforma con esto, también pretende «ayudar a la gente a enriquecer su conocimiento emocional y a conceptualizar y entender sus experiencias».
Puede parecer un objetivo ambicioso pero tiene sentido. Los lingüistas llevan años debatiendo la relación entre el lenguaje, la cultura y el conocimiento y parece que se está llegando a un consenso en torno a la idea de que un idioma moldea los pensamientos y percepciones de sus hablantes, al menos hasta cierto punto.
Tim Lomas lleva años recopilando palabras, buscándolas en los lugares más recónditos, preguntando por ellas a amigos y desconocidos. Su Positive Lexicographic Project quiere que incorporemos estas palabras a nuestra vida, ampliando nuestro vocabulario y, de paso, nuestro rango de emociones.
Puede parecer utópico, pero tampoco sería algo inédito. Ya lo hemos hecho con conceptos extranjerismos como saudade, aloha o más recientemente hygge; quizá podríamos hacerlo con 700 palabras más. Si piensas hacerlo, lo mejor sería empezar a estudiarlas ya, pues Lomas defiende que su proyecto estará siempre a medio hacer. «Mi esperanza, y mi plan, es seguir actualizándolo», asegura. «No puedo imaginar que en algún momento piense que esté completo, ¡hay tantas palabras ahí fuera!»
amabilidad, ternura, compasión…
Mamihlapinatapai está en yagán, pero no es como lo que explican en el artículo. Se trata de las miradas cuando hay que hacer algo y nadie quiere ser el que se ocupe, como contestar el teléfono, o, en la sociedad que le dio origen al término, avivar la fogata cuando ya estaban acostados.
El yagán tiene una sola hablante, Cristina Calderón, que no puede conversar con nadie en ese idioma desde la muerte de su hermana, Úrsula, la otra hablante que quedaba. Es un idioma con un vocabulario bien documentado, gracias al monumental diccionario de Thomas Bridges, pero muy poco conocido en su gramática, porque aparte de Cristina, todos los que la entendían bien, como Bridges, ya están muertos. Debido a Bridges y otros, es una rareza entre las lenguas sudamericanas, por sus préstamos del inglés para hablar de cosas o conceptos importados: harhš (caballo), pöut (bote de madera), nítral (aguja de metal), fláwers (flor), præt (pan), náif (cuchillo de metal). matč (fósforos), etc.
Saludos.