La información personal se ha convertido en el nuevo oro de la economía digital, impulsando la creación de modelos de negocio basados en la recopilación y comercialización de datos. Al mismo tiempo, la adopción masiva de tecnología sin un propósito claro está generando un efecto inesperado: la fatiga digital tanto en compañías como en personas consumidoras. La combinación de estos factores nos lleva a cuestionarnos los límites del uso tecnológico y su impacto en la sociedad. ¿Cómo equilibrar innovación, privacidad y bienestar digital?
Esta es una de las principales reflexiones, extraídas de las tendencias tecnológicas del informe Consumer Trends 2025 *. Es urgente definir estrategias que permitan aprovechar el potencial de la tecnología sin comprometer la privacidad ni el bienestar de las personas. Desde su uso consciente y equilibrado podremos garantizar que la innovación siga siendo un motor de progreso y no una fuente de agotamiento o control social.
El negocio del dato: información o vigilancia
El desarrollo de tecnologías cada vez más sofisticadas ha permitido a compañías y Administraciones registrar millones de detalles sobre las personas usuarias. Esto ha dado lugar a un ecosistema en el que los datos, más allá de personalizar experiencias comerciales, son capaces ya de influir en decisiones políticas y sociales trascendentes. La posibilidad de diseñar mensajes altamente personalizados ha abierto la puerta a
estrategias de manipulación y segmentación extremadamente precisas, capaces de influir en el comportamiento de las personas sin que estas sean plenamente conscientes de ello.
Así, casi sin darnos cuenta, compartimos información constantemente con apenas un clic, permitiendo que terceros la utilicen con fines poco transparentes. Un fenómeno que ha desatado un debate sobre la delgada línea entre la precaución y la vigilancia: ¿se están utilizando estos datos para mejorar la seguridad o, simplemente, es una herramienta de monitoreo de la población? La recopilación masiva de datos biométricos, como el reconocimiento facial o el análisis de patrones de comportamiento, plantea interrogantes sobre los límites éticos de la vigilancia digital.
Casos recientes, como el escrutinio a plataformas como TikTok e Instagram, han puesto en evidencia los riesgos asociados con la acumulación masiva de datos. A pesar de las promesas de mayor seguridad, la realidad es que seguimos ofreciendo información personal, de manera voluntaria e involuntaria, exponiéndonos a riesgos como el robo de identidad o el control social.
Asimismo, la digitalización de documentos oficiales y la exigencia de proporcionar información personal para acceder a servicios cotidianos han convertido la cesión de datos en un requisito casi ineludible. Aunque estas prácticas pueden ofrecer comodidad y eficiencia, también generan preocupaciones sobre la posible utilización indebida de la información y la creciente dependencia de plataformas que, a menudo, operan con poca regulación.
La fatiga digital y la saturación tecnológica
En paralelo al crecimiento del negocio de los datos, observamos otro fenómeno preocupante: el uso desmesurado de tecnología sin un propósito claro. Muchas empresas y personas consumidoras adoptan nuevas herramientas digitales solo porque son tendencia y están de moda, sin cuestionar su utilidad real ni el valor que les puede aportar. En este contexto, la tecnología por tecnología ha llevado a la saturación tanto del ámbito corporativo, de las propias compañías tecnológicas, como de la vida cotidiana de las personas usuarias.
En lugar de facilitar procesos y mejorar el bienestar, la sobrecarga de soluciones digitales ha comenzado a generar rechazo. La constante exposición a pantallas, notificaciones y flujos de información interrumpe la capacidad de concentración y creatividad, afectando, especialmente, a las generaciones más jóvenes, que se enfrentan a serios problemas de salud, como el déficit de atención, la reducción de la memoria a largo plazo y el agotamiento mental.
Una situación muy favorecida por las tecnológicas que, hasta ahora, han incentivado modelos de negocio basados en la captación permanente de la atención de las personas usuarias, diseñando interfaces y experiencias digitales altamente adictivas. Desde aplicaciones móviles hasta plataformas de entretenimiento y redes sociales, muchas herramientas han sido creadas para maximizar el tiempo de uso en lugar de proporcionar un beneficio real.
Como resultado: una fatiga digital generalizada, llevando a muchas personas a replantearse su relación con la tecnología y a las compañías líderes en tecnología a replantearse su propuesta de valor y su propósito social.
El dilema ético y la búsqueda de equilibrio
Ante estos desafíos, el concepto de tecnohumanidad cobra relevancia en la búsqueda de un equilibrio y punto medio entre el avance tecnológico y el respeto por la privacidad y el bienestar de las personas. Para ello, es fundamental que compañías y gobiernos asuman un compromiso con el desarrollo responsable, promoviendo una legislación clara y efectiva sobre la gestión de datos y garantizando que la tecnología se utilice con un propósito real.
Por un lado, es imperativo que las personas usuarias tengan un mayor control sobre su información personal. La transparencia en el manejo de datos y la posibilidad de decidir qué información se comparte y con quién deben ser principios fundamentales en la regulación del sector tecnológico.
Además, la sociedad debe replantearse su relación con lo digital. El auge de movimientos que fomentan la desconexión y el regreso a prácticas más analógicas refleja una necesidad de recuperar el control sobre el uso de la tecnología. No se trata de rechazar la innovación, sino de garantizar que esta aporte valor y no se convierta en un fin en sí misma.
En este sentido y, por otro lado, las empresas tecnológicas tienen una responsabilidad determinante en la promoción de un uso más saludable de sus productos y servicios. Implementar mecanismos que permitan a las personas usuarias gestionar su tiempo en pantalla, reducir la cantidad de notificaciones y facilitar experiencias menos invasivas puede contribuir a mitigar este agotamiento digital.
Como vemos, estamos en un punto de inflexión. La sobrecarga de información, la pérdida de privacidad y la dependencia de herramientas digitales están generando una crisis de confianza en la tecnología y en quienes la desarrollan. La solución, aunque nada sencilla, estará, en cualquier caso, en recuperar el sentido original de la tecnología y volver a su razón de ser: consolidarse como una herramienta al servicio de las necesidades humanas para su contribución al desarrollo de la innovación social y empresarial.
Miguel Zorraquino es presidente de Zorraquino