Esta portada de Yorokobu es un juego. Una propuesta lúdica que Alejandro Parrilla plantea también como un viaje nostálgico a la infancia, la de los Tamagotchis, las películas noventeras, las pegatinas y mucho, muchísimo color. Y lo más fantástico de esta ilustración: que todo, absolutamente todo, cabe en la palabra Yorokobu.
«Siempre me gusta romper esa barrera entre tipografía e ilustración, donde se vuelven uno —comenta Parrilla—. En este caso, y con mi obra en general, siempre me suelo inspirar en la nostalgia, especialmente de los 80 y 90. Y, en concreto, siempre me inspiran los juguetes de plástico de colores brillantes, pegatinas, películas noventeras… Toda esa subcultura que hemos perdido con las pantallas y tanto echo de menos».
A primera vista, puede parecer un totum revolutum en el que cuesta fijar la mirada y distinguir lo que hay y lo que se esconde. «Utilizo ese contexto para crear ilustraciones recargadas, donde casi se puede apreciar el movimiento de los elementos», explica el ilustrador. Es como una divertida y brillante caja de juguetes en la que encontramos de todo y donde detrás de cada objeto se esconde un mensaje. Un tirachinas, símbolo de «esa infancia un poco gamberra», que se contrapone con un despertador que estalla para recordarnos que el tiempo pasa muy rápido. El Tamagotchi transformado en un robot que sujeta un lápiz es, en realidad, un guiño a la amenaza de la IA generativa. Frente a él, una ventana de Windows que reivindica el «Human Made».

Pero no todo es nostalgia en la elección de los juguetes y objetos, también hay actualidad disfrazada de ella. Por eso la K y la O, que conforman una barra de KO de videojuego retro, son un guiño sutil a la polarización de la sociedad de hoy. Tampoco falta la crisis de la vivienda, representada en ese llavero de colores con forma de casa del Monopoly. Y junto a todo esto, yoyós, ovnis, crayolas, juegos… que acompañan ese caos ordenado que tanto gusta a Alejandro Parrilla mostrar en sus composiciones y que animan al espectador a jugar buscando lo que hay detrás. Imágenes donde «puedes perderte un rato, buscando la historia o anécdota que cuenta cada uno; descubrir esos toques de humor e ironía sobre la actualidad, con pequeñas referencias e historias», con la única intención, aclara Parrilla, de que «quien lo vea quiera bucear un rato; y sacarle una sonrisa».
Ese gusto, o casi necesidad, podría decirse, de componer ilustraciones recargadas con mensajes escondidos es algo que le viene de serie.
«Por virtud o por desgracia, tengo una tendencia a rellenar cualquier hueco visual. Me gusta explorar los límites de mi capacidad compositiva, y conseguir hacer funcionar ese caos en conjunto dándole un ritmo visual. Cuando estudiaba Historia del Arte, ya desde el colegio, siempre me gustaba conocer el significado oculto de los cuadros, del contexto, las pequeñas historias que contaban, la época o anécdotas menos evidentes a simple vista, que apoyándose en una imagen visualmente potente, consiguen aportar una profundidad e interés aún mayor. Me gusta, como espectador, buscar esas pequeñas historias por descubrir y trato de aplicarlo cuando hago una ilustración».
El color es otra de sus señas de identidad, aunque, como asegura, no tiene una gama cerrada. «Me gusta tener un margen de libertad según lo que me pida cada ilustración, pero me suele gustar utilizar colores vibrantes, con contraste, que capten la atención y que siempre, de alguna forma, conectan de nuevo con ese mundo de juguetes, series, anuncios, pegatinas de los ochenta, noventa, esa época donde se vivía una explosión de colores y el mundo no se había vuelto aburrido, agrisado y estandarizado todavía».






