El economista y biógrafo de Keynes, Robert Sikidelsky, escribe en el ensayo “¿Cuánto es suficiente?” (Editorial Crítica): ‘El capitalismo incrementa los deseos, pero reduce la posibilidad de satisfacerlos’. “Cosmópolis” es una pasada, Robert Pattinson un actorazo que ha escapado de los colmillos de “Crepúsculo”, David Cronenberg un gran director… Y usted y yo seremos siempre pobres.
Es esta una película en la que, sin contarles el final, puedo explicar su argumento sin chafar ninguna sorpresa, pues su disfrute reside en el recorrido. Eric Packer, un veinteañero billonario cruza lentamente Nueva York en su inmensa limusina mientras la ciudad está sumida en un caos originado por la desigualdad.
El chaval es un tiburón, un visionario capaz de predecir las fluctuaciones en el mercado de divisas con solo observar los complejos gráficos tridimensionales que escupen las múltiples pantallas de la hiper tecnificada limusina.
A bordo del vehículo conoceremos la constelación de personajes que influyen en su vida: su mujer, su amante, su socio, su médico, su amigo rapero… Lo mejor es la razón de cruzar la ciudad contra la recomendación de su jefe de seguridad: Packer quiere cortarse el pelo en la peluquería de siempre.
La película explora el sentido último de la posesión, los límites del egoísmo (si los hubiera) y el absoluto vacío ideológico que mueve las mentes del sector financiero.
David Cronenberg subraya siempre que puede el hecho de que es canadiense, como dejando claro “¡Oigan! ¡Que yo no vivo en Hollywood!” Es cierto que desde “La mosca” en 1986 no ha vuelto a involucrarse en producciones mastodónticas. Y no le ha ido mal. Es uno de los directores con la filmografía más compacta y coherente de las últimas décadas. Juzguen ustedes: “Videodrome”, “Scanners”, “eXistenZ”, “Inseparables”, “Crash”, “Spider”, “Una historia de violencia”, “Un método peligroso”…
La crítica ha juzgado a Robert Pattinson tras su paso por Cannes con una dureza inusitada, como si no le perdonaran ser el ídolo de todas las chicas de Occidente desde que encarnara al lánguido vampiro Cullen en la saga “Crepúsculo”.
La limusina blanca, aislada del exterior es una metáfora hipnótica y poderosa, así como el desfile de personajes por su interior y sus diálogos, que están tomados del libro homónimo de DeLillo textualmente, lo que es garantía de estímulo para el espectador, que no debería perderse ni una frase.
Completan el mosaico de “Cosmópolis” Samantha Morton (una de las precog de “Minority Report”), Paul Giamatti, una arrebatadora Juliette Binoche… y la partitura de Howard Shore, el compositor de cabecera de Cronenberg, aunque también nos haya regalado las bandas sonoras de “Seven” (David Fincher, 1995) o de ¡El señor de los anillos! (por la que ganó un Oscar, por cierto).
En la parte de atrás del cine se sentaban diversos grupitos de chicas adolescentes (algunas con sus madres), que esperaban ver a su ídolo de “Crepúsculo” desnudo. Los títulos de ambas películas comienzan por la letra “C”, tienen cuatro sílabas y las interpreta R Pat.
Fin de las similitudes. Sus risitas se iban extinguiendo a medida que avanzaba la proyección y los mordaces diálogos de DeLillo, les sonaban imposibles en boca de quien fuera Eduard Cullen. Cierto es que pueden disfrutar de su piel en pantalla (mientras un doctor le practica un tacto rectal y deduce que su próstata es asimétrica), pero desprovista de toda sensualidad, y atrapada en un personaje que destila una fascinante repugnancia.
Considerando que el libro fue escrito en 2002, la sensación premonitoria que se tiene al ver “Cosmópolis” es pasmosa, pero no me hagan mucho caso respecto a lo de que usted y yo seremos siempre pobres. A diferencia de Don DeLillo, yo me suelo equivocar.