Los victorianos también hacían el payaso frente a la cámara

Un hombre, una mujer o un niño minuciosamente repeinados, vestidos de gala y mirando fijamente el objetivo como con el gesto de un retrato en comisaría. Eso es lo que nos imaginamos todos cuando pensamos en fotos de personas en blanco y negro de principios del siglo pasado.
Cabría pensar que la consciencia de que aquel disparo podría ser la única o casi única oportunidad de quedar impresos en el tiempo impulsaba a todo el mundo a adoptar ese semblante obscuro. Uno digno de perdurar solemne por los siglos de los siglos.
«Todo el mundo no», contrapone la portavoz de Los archivos de Northumberland en del Museo Woodhorn, Ashington (Ingaleterra). Para respaldar su negativa, puede dar fe con el rescate de imágenes que el museo realizó entre las fotos que poseían en sus arcas con más de un siglo de solera. A la colección la han llamado Retronaut: The Photographic Time Machine. Se trata de una demostración empírica de que a nuestros antepasados, delante de un objetivo, también les divertía hacer el payaso.
«Ni firmes, ni estirados, ni formales, ni correctos». Para el desentierro de la documentación fotográfica, Chris Wild, creador de Retronaut, pasó un año seleccionando y montando cada uno de los retratos e instantáneas que nada tuvieran que ver con el lúgubre patrón común del resto. La afición a buscar estas instantáneas ya la tenía desde cuatro años atrás, cuando creó la página con ese nombre para mostrar su hallazgos.
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El pasado 27 de septiembre dio a conocer el resultado de la búsqueda en el museo: Señores de grandes bigotes estirando los labios o frunciendo el ceño; una mujer con un trapo en la cabeza simulando ser una vieja; niños torciendo los morros y hasta atrevidas poses de caballeros travistiéndose a nivel ‘lucir sombrero de señora’. «Es una colección típica de archivo de condado británico», dice el investigador; «en otras palabras, unas fotos en las que la mayoría de la gente no repara para nada».
El trabajo incluso le reportó vivencias. «Las imágenes me hicieron vivir la experiencia más cercana a un viaje en el tiempo que jamás había tenido», cuenta Wild en declaraciones gestionadas a través del museo. «Las fotografías de caras de personas fueron tal vez el aspecto más fascinante».
Él sabe uno de los motivos por los que la gente retratada en fotografías centenarias tienen semejantes jetas. Para su proyecto, la época en la que se centró fue la Inglaterra Victoriana. «El tiempo de exposición de una fotografía a finales del XIX era de varios segundos, muy largo para los estándares modernos, pero minúsculo en comparación con la primera fotografía, tomada en 1827, que tenía una exposición de varios días. Aun así, varios segundos de exposición significaba que había que quedarse muy quieto y no moverse por un tiempo, sosteniendo una sonrisa demasiado difícil, que acababa siendo muy falsa y fija, o se veía borrosa. Por eso la gente posaba con rostros inexpresivos».
Opina que solo por eso los victorianos fueron retratados como tipos rígidos, «pero lo único que pasó, simplemente, es que era más difícil fotografiarles». Wild, con esta colaboración junto al museo, ha querido romper una lanza por el sentido del humor de esos tipos que siempre vimos tan serios en instantáneas. «Si alguien dentro de cien años juzgara nuestro temperamento a partir de nuestras fotos de pasaporte, como mínimo, opinaría que éramos serios y rebuscados».
El autor quería, según afirma, «mostrar que los archivos y los museos son los custodios de todos nuestros fragmentos de tiempo». Y de esos fragmentos, demostrar que hay «imágenes que no encajan con la forma de pensar del pasado, según pensábamos que era».
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Patrick Thomas

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