Cuando un artista adquiere renombre y su obra, como él mismo, viaja por todo el mundo aclamado por unos y otros, corre el riesgo de olvidarse de quién es y de dónde proviene. No es el caso de Anders Zorn, el pintor sueco del siglo XIX más internacional y también el más desconocido por buena parte del público en España. A su figura y a su obra está dedicada la exposición Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra, que puede verse en la Fundación Mapfre de Madrid hasta el 17 de mayo.
A Zorn se le definió como un artista mitad caballero, mitad campesino. Su reconocimiento internacional no le hizo olvidarse de sus raíces ni de su tierra: cuanto más viajaba, más ligado se sentía a su patria. Su mirada se dividía entre lo internacional y lo local, algo que se refleja en una obra en la que la representación de la vida moderna y los retratos de personalidades de numerosos países conviven con escenas de la vida tradicional de su región natal.

Inicio en el arte
Zorn nació en el pueblo de Mora, en la región de Dalecarlia (Suecia), en un entorno rural y humilde. Hijo de madre soltera, tuvo que criarse en la pequeña granja de sus abuelos debido a las muchas horas que la mujer pasaba en su trabajo. Allí aprendió de su abuelo a tallar madera con la navaja, y esas pequeñas figuritas de animales fueron la primera prueba del talento artístico del pequeño. La escuela le aburría, y su mente creativa le hacía soñar con viajes y aventuras. «¿Crees que podré salir y aprender?», preguntó una vez a su abuelo. No sabía aún lo cerca que estaba de cumplir ese sueño.

Su padre accedió a hacerse cargo de la educación del muchacho, a pesar de negarse a conocerlo, y con 12 años el joven Anders fue enviado a una escuela fuera de su Mora natal, en la que pasó tres años. Allí empezó a dar muestras de su gran habilidad con el dibujo y la talla de madera, que seguía practicando, aunque ya no estaba en la granja. Parecía claro que el muchacho sería artista, y con ese fin, gracias a una cantidad de dinero que su padre le legó al fallecer, pudo ingresar primero en la Escuela de Artes y Oficios y más tarde en la Real Academia de Bellas artes.

Todo parecía indicar que se dedicaría a la escultura, pero un compañero le descubrió la acuarela y ahí nació su pasión por esta técnica en la que llegó a ser un maestro. Enseguida empezó a pintar retratos por encargo para ganarse algún dinero y ocuparse de sus propios gastos, y todo empezó a cambiar cuando obtuvo su primer éxito artístico en la exposición anual que la Academia de Bellas Artes organizó en 1880.

Zorn participó con una acuarela a la que tituló De luto. Aquel retrato de una mujer con la cara girada y la cabeza cubierta con un sutil tul negro, llamó la atención del público. Los encargos para hacer retratos empezaron a lloverle, y gracias a uno de ellos conoció a la que sería su esposa, Emma Lamm, no sin antes vencer la negativa de su familia debido a la diferencia social entre ambos jóvenes (ella pertenecía a una destacada familia burguesa judía).

Pero volvamos a su faceta retratista por encargo. Eso, junto con su preferencia por representar la realidad en sus cuadros y por la pintura del natural, frente a la mitológica e histórica hecha en estudio que defendía la Academia, le llevó a enfrentarse al director de la institución y a abandonar sus estudios finalmente en 1881. Para entonces, ya podía ganarse la vida como el pintor gracias a esos retratos por encargo y empezó a viajar por todo el mundo, reclamado por empresarios, banqueros, nobles e incluso monarcas.


De aquí para allá
Los viajes fueron una constante en la vida de Zorn, viajes que, entre otros lugares, le hicieron recalar en España hasta en nueve ocasiones. A nuestro país llegó por primera vez atraído por la visión romántica que fascinaba a tantos viajeros y artistas europeos como él durante todo el siglo XIX.

Durante los tres primeros viajes pintó motivos costumbristas y con escenas muy estereotipadas en las que se deja ver la herencia de ese gusto romántico por lo español, en particular a la hora de representar a las mujeres. Sin embargo, el artista sueco, que forjó una gran amistad con Sorolla y Ramón Casas durante sus viajes a la península, mostró una mayor libertad creativa y modernidad en sus paisajes y escenas urbanas, teniendo a Velázquez como su gran referente.

En 1888 se estableció en París, consolidándose allí como uno de los grandes referentes del naturalismo. Para Anders, la capital francesa se ofrecía como un gran laboratorio de la vida moderna. La luz eléctrica le impresionaba y con ella jugará en muchas de sus obras de esa época, en las que retrata la palpitante vida parisina.

Su fama le llevó hasta Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los retratistas predilectos de las grandes fortunas del país, incluidos tres presidentes de la república americana.

Pero los vínculos de Anders Zorn con sus raíces eran demasiado fuertes como para olvidarse de dónde venía. En 1896, tras más de dos décadas viajando por Europa y América, decidió regresar a su Morla natal, donde falleció en 1920.
La pintura de Zorn
Sus obras se caracterizan por una gran naturalidad y espontaneidad. A diferencia de los retratos que hacían otros artistas, los suyos muestran una voluntad de representar la personalidad del retratado situándole en su propio hábitat.


Paralelamente a esos retratos y obras donde mostraba la modernidad más cosmopolita, Zorn pintaba también escenas de la vida tradicional de su país: bañistas que disfrutan del agua (elemento que pintó siempre con gran maestría), campesinos trabajando, escenas de la intimidad cotidiana, bailes… parecía que la intención del artista sueco fuera la de recoger gráficamente todo aquel catálogo de costumbres y oficios tradicionales para conservarlos, para que no desaparecieran ante la amenaza de la modernidad que ya se instalaba en la sociedad del XIX y principios del XX.


Durante sus estancias veraniegas en Dalarö (Suecia), los cuadros que Zorn pintó presentan siempre dos motivos principales: el agua y la luz. «Lo que más me atraía —eso creo— era el juego y los reflejos del agua, lograr que se moviera realmente, es decir, poner las olas y todo en la perspectiva correcta y explicar todo científicamente con escrupulosa nitidez», dijo una vez.

El cuerpo de la mujer fue el tercer motivo que Zorn reprodujo una y otra vez en aquellos cuadros de Dalarö. El artista sueco huye de esos cuerpos idealizados, protagonizando escenas alegóricas o mitológicas. Zorn saca del estudio a sus mujeres —robustas, de gran estatura, muy lejos del modelo académico—y las traslada a la naturaleza, en armonía con el paisaje, invitándonos a mirar la escena como voyeurs que se esconden tras un árbol o una puerta para no interrumpir la naturalidad de lo que allí transcurre.

Además de la pintura, el artista sueco también practicó la escultura y el grabado. En este último, apostó por la renovación del aguafuerte ya que pensaba que debía tener una identidad propia como obra de arte. Algunos de los más destacados pueden verse en esta exposición de la Fundación Mapfre.






