En las esculturas de Eduardo Chillida, el hierro o la piedra compiten con el espacio que los atraviesa y los rodea. El vacío es un material más en su obra. Por eso, para Alicia Vallina, comisaria de la exposición Eduardo Chillida. Soñar el espacio, el título de la muestra no es una licencia poética, sino una explicación de su método.

«Soñar el espacio no es una mera metáfora, sino el núcleo mismo de su investigación artística. Chillida imaginaba el espacio como si fuera una materia más, tan real como el hierro o la madera».

Para el escultor donostiarra, ese espacio no es lo que queda cuando desaparece la materia. Es algo que aparece gracias a ella. «Chillida no esculpe únicamente masa; esculpe el vacío. Para él, el espacio no es lo que queda entre las formas, sino algo que se activa, se tensa y adquiere presencia gracias a ellas».

Chillida

Ese gesto —hacer visible algo que normalmente no vemos— atraviesa toda su obra. Sus esculturas hablan del límite: entre interior y exterior, entre lleno y vacío, entre peso y equilibrio.

Pero también hay en ellas una dimensión más silenciosa. «La escultura de Chillida tiene una carga profundamente filosófica —explica la comisaria—. Reflexiona sobre la gravedad, el tiempo o la permanencia, pero lo hace a través de formas que no imponen un significado cerrado».

Más bien invitan a una experiencia contemplativa. «Transmiten silencio, recogimiento. Invitan a sentir algo que no se puede ver».

Cómo mirar una escultura de Chillida

Esa misma filosofía que recorre la obra del escultor también ha guiado el diseño de la exposición que acoge el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque de Madrid.

Para Vallina, la sala no podía funcionar como un simple contenedor. «Chillida no ocupa el espacio: lo activa».

Por esa razón, el montaje busca que el visitante dialogue físicamente con las piezas. Las esculturas no están alineadas ni siguen un recorrido rígido. El espectador puede rodearlas completamente, observarlas desde distintos puntos, atravesarlas con la mirada.

Chillida

«Era importante permitir una circulación de 360 grados alrededor de cada obra —aclara la comisaria—. Las piezas, además, también se miran entre sí». Y las distancias entre esculturas se han ampliado deliberadamente. «Necesitan respirar», añade Alicia Vallina.

También se ha cuidado la escala: muchas están colocadas a la altura del espectador. El objetivo: «que el visitante se enfrentara a la obra directamente, a su misma altura».

Pensar con materiales

Hierro forjado, alabastro, hormigón, tierra chamota… Chillida no utilizaba los materiales como recurso técnico. En su elección revelaba su concepción filosófica del espacio, como explica Vallina.

El hierro, por ejemplo, le permitía generar tensiones internas al delimitar el espacio sin cerrarlo del todo.

Con el alabastro, en cambio, introduce otro elemento: la luz. «El alabastro le permite que la luz atraviese la materia».

Cada material explora una misma cuestión. «Chillida decía que el espacio es el verdadero material de la escultura —recuerda Vallina—. Los demás materiales son simplemente medios para pensar el límite».

Chillida

Cuando el papel desafía a la gravedad

Los dibujos de la exposición ayudan a entender esa investigación desde otro lugar. Porque Chillida no entiende el papel solo como un paso previo a la escultura, sino como otro territorio de pensamiento.

«Los dibujos tienen autonomía formal y conceptual —explica Alicia Vallina—. No traducen la escultura al papel; investigan problemas espaciales con otros medios».

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En sus series de Gravitaciones, el papel se corta, se superpone, se cose: «El hierro obliga a negociar con la física: peso, tensión, estructura. En el papel, en cambio, no hay gravedad real».

Eso abre nuevas posibilidades. «En el dibujo pueden aparecer espacios imposibles, masas suspendidas o estructuras que flotan».

El espacio entre los dedos

De toda la exposición, los dibujos de las manos son probablemente las imágenes más inesperadas, especialmente para quienes solo conocen la faceta de Chillida como escultor del hierro.

«Las manos son el lugar donde pensamiento y materia se encuentran —comenta Vallina—. En los dibujos de manos el espacio se vuelve táctil. Es el hueco que queda entre los dedos, el volumen que la mano delimita al cerrarse. Es casi una metáfora de su escultura: la mano como primera escultura que da forma al aire».

Chillida

Cuando el paisaje entra en la sala

La relación entre la obra de Chillida y la naturaleza es evidente en muchas de sus piezas públicas.

Ocurre, por ejemplo, en el Elogio del horizonte, en Gijón, donde la escultura enmarca el cielo y amplifica el sonido del viento. O en su célebre Peine del viento, en San Sebastián.

Pero ¿qué ocurre cuando esas obras se trasladan al interior de una sala? Según Alicia Vallina, el diálogo con el paisaje no desaparece, se transforma. «En el exterior el viento, el sonido o la luz son materiales activos. En una sala expositiva esos elementos desaparecen físicamente, pero se activan de otro modo. El espectador ya no mira hacia el infinito. Empieza a medir distancias, tensiones y respiraciones dentro del espacio».

La arquitectura del propio espacio expositivo se convierte entonces en el nuevo horizonte.

Chillida

Volver a mirar a Chillida en Madrid

Reunir esculturas de Chillida no es sencillo. Muchas forman parte de colecciones internacionales o de grandes instalaciones públicas. Por eso la exposición tiene algo de reencuentro.

Desde Fundación Ibercaja, organizadora de la muestra, su directora general, Mayte Ciriza, explica que el objetivo es acercar al público a «uno de los grandes referentes del arte contemporáneo» y abrir un espacio de reflexión en torno a su pensamiento.

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Pero, más allá de la conmemoración institucional, la exposición funciona, sobre todo, como una invitación a volver a mirar su obra con calma. A recorrerla. A rodearla. A sentir el espacio alrededor de una escultura. Y sentirse, por un rato, un poco Chillida.

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