Que la vida, la de verdad, la que mancha y huele, está en las calles es algo que aprendió pronto Helen Levitt. Esta fotógrafa neoyorquina nacida en Brooklyn en 1913 fue una de las primeras mujeres en abrirse camino en un un sector protagonizado por nombres masculinos.
Su mundo estaba lleno de imágenes, un archivo visual que alimentaba en el cine al que era asidua y en los vodeviles que su madre le llevaba a ver. Quizá le hubiera gustado dibujar, pero su talento no estaba en el papel y el lápiz, así que una cámara fotográfica pasó a ser su instrumento para capturar la vida y reflejar su mirada. Su premisa para su trabajo fotográfico, tanto en blanco y negro como en color, fue siempre la misma: la invisibilidad del artista dentro de la fotografía. No hay estilo identificativo, ni encuadres llamativos, ni escenas preparadas. El suyo es un arte sin artificio. Pero no por ello menos cautivador.






