Uno sabe cuándo llega a la Antártida, pero nunca cuándo se va. Federico Bianchini lo descubrió pronto. Había viajado hasta una base científica para escribir un reportaje —glaciares, líquenes, pingüinos— y para cumplir un sueño antiguo, difuso, heredado casi como una leyenda familiar. «No sé si de chico tenía una imagen de la Antártida. Mi abuelo me había contado una historia, y un amigo de él que había ido decía que no podía describir los paisajes porque le faltaban las palabras para tanta belleza. Tenía, en todo caso, una imagen borrosa, fuera de foco. Fui para verla porque no me la podía imaginar», confiesa Bianchini.

El plan era sencillo: diez días, tomar notas y volver. La Antártida tenía otros planes. «Sin duda, no podría haber hecho lo que hice. Compartir espacio con esos y esas científicos y científicas y militares durante tantos días posibilitó generar una confianza que hubiera sido imposible en el corto plazo», explica. El mal clima cerró la salida y 10 días se convirtieron en 25. El reportero quedó atrapado en un paisaje tan grandioso como intimidante, donde el tiempo se dilata y el mundo exterior se vuelve una idea abstracta.

«No era felicidad a secas, sino un tipo particular de felicidad que había estado buscando durante mucho tiempo», recuerda. Allí, rodeado de científicos y militares, entendió que el verdadero viaje no era geográfico sino narrativo. «Los «imponderables de la vida cotidiana» no se pueden registrar en entrevistas ni en cuestionarios y solo se conocen compartiendo el día a día», apunta, evocando a Malinowski —el científico que revolucionó el método antropológico después de quedarse varado años en las islas Trobriand—, y subraya cómo la incertidumbre se convirtió en materia prima de su relato, a pesar de no tener la rigurosidad antropológica ni la brillantez del polaco.
Ciencia
La ciencia, vista desde ahí, dejó de ser abstracta. «La pasión con la que los científicos tratan a sus objetos de investigación, la dedicación que le ponen, el tiempo que le destinan… alguien que te habla de un molusco tubular como si fuera una estrella del Real Madrid, nombrándote sus características, sus habilidades, etc.». Cada organismo, por insignificante que pareciera, tenía nombre, historia y carácter. Y cada estudio, por aislado que sonara, formaba parte de una red mayor, donde distintas disciplinas y países conviven en un mismo ecosistema donde el cambio climático deja huellas brutales, imposibles de ignorar.

No todo era contemplación. También hubo miedo. «Éramos cuatro personas en un bote semirrígido… el viento era mucho más fuerte que el del otro día. El peligro era que el bote se diera vuelta: una persona no resiste más que unos pocos minutos en el agua tan helada», recuerda. Y, aun así, el militar a cargo contaba chistes para calmar la tensión. «Ya sabés: si me ves serio, no te preocupes. Ahora, si hago chistes y trato de distraerte, la situación realmente es grave». La risa como última ancla antes del desastre.
Aventura
Antártida (Libros del K.O., 2026), el libro que nació de esa experiencia, se lee como un relato de aventuras porque, en el fondo, eso es la ciencia: una forma de exploración. «Estoy convencido de que, de algún modo, la ciencia es un tipo de aventura», dice Bianchini. Los datos no están reñidos con la emoción. La rigurosidad no exige frialdad. «Se trata de envolver los datos y las investigaciones con sensaciones, personajes, historias de vida que hagan que uno no solo aprenda sobre un tema, sino que también pueda llegar a emocionarse o interesarse por algo que le sucedió a algo o alguien».

La edición del libro de Bianchini que acaba de publicar en España Libros del K.O. ha sido revisada, reescrita y ampliada respecto a la que se había publicado previamente en Argentina y Colombia. «Modifiqué la estructura, actualicé los fragmentos que se referían al cambio climático e incluí la historia del descubrimiento del continente y la lucha por la llegada al Polo Sur, que protagonizaron el noruego Amundsen y el británico Scott», dice el escritor. Sin embargo, todas las versiones conservan lo esencial: la certeza de que hay lugares que te obligan a escribir de otra manera.
¿Volvería? «Sin duda alguna. Incluso sabiendo que el clima puede obligarte a quedarte más tiempo del planeado». Porque hay lugares que no se visitan, se atraviesan. Y porque, para ciertas historias, quedarse atrapado es la única manera de contarlas bien.






