Las guerras, todas y sin excepción, son un horror. Si encima le sumamos el apellido de civiles, la atrocidad aumenta potencialmente. En España, aunque a algunos se les olvide, por desgracia lo sabemos bien. También en Sri Lanka, donde se estima que unas 100.000 personas murieron durante los casi 30 años que duró el cruento conflicto que tuvo lugar dentro de sus fronteras y que finalizó en 2009.
Esa guerra, desconocida en nuestro país, es el trasfondo sobre el que Anuk Arudpragasam levanta su novela Pasaje al norte, que ha sido recientemente traducida del inglés y publicada por el sello Nota al Margen. Pero más allá de la propia contienda en sí, donde se centra el escritor es en el trauma, en lo que sufrieron después muchos de lo que sobrevivieron a ella.
Una emoción que, en vez de paralizante, para el escritor es productiva. Tanto que sostiene en esta entrevista que está «muy vinculada al deseo de resolver y reparar». Aprovechando la publicación del libro, hablamos con él para entender —si es posible— este conflicto, cómo el trauma puede solucionarlo, en qué situación está el país a día de hoy y cómo ha sentado la llegada de un libro así en un país donde el gobierno no permite la memoria ni el luto. Muchas de las respuestas tienen su eco en lo que sucedió en nuestro país hace menos de 100 años.
La guerra que ocurrió en Sri Lanka no es muy conocida en España. ¿Podrías contarnos qué sucedió?
Yo no lo llamaría exactamente guerra civil, porque este término hace referencia a una guerra interna de un solo país dentro de él. En cambio, en esta había una parte del país que se quería separar; por eso prefiero llamarlo un conflicto separatista.
Empezó poco después de la independencia de Sri Lanka, cuando surgieron enfrentamientos entre las distintas comunidades del país. Unos conflictos que tenían mucho que ver con la herencia colonial que habían dejado los británicos.
Durante muchos siglos, Sri Lanka había estado dividida en reinos, que luego se unificaron en un estado único. En cierto modo, es un conflicto miliar como los que ocurren en todos los países después de un periodo colonial.
Un conflicto que supuso la masacre de parte de la población tamil…
Esto viene de antes, ya que durante muchos años hubo matanzas. Es una historia larga de discriminación contra la comunidad tamil y cuyo punto álgido ocurrió en 1983, cuando el poder promovió una serie de masacres contra los tamiles. Eso básicamente generó un movimiento separatista en el noroeste del país, que es históricamente la patria de esta comunidad.
El movimiento separatista ganó protagonismo en los 80 y se acabó convirtiendo en una guerra a gran escala que duró unos 30 años. Todavía no sabemos cuántas personas murieron a manos del gobierno de Sri Lanka, pero la ONU sugiere que fueron unas 70.000. Según un informe publicado por el Proyecto Internacional Verdad y Justicia, ITJP por sus siglas en inglés, los asesinatos fueron aproximadamente 170.000.
¿Cómo es la situación hoy en día?
A día de hoy no tenemos conflicto militar, pero tampoco paz. En la zona noreste, que es donde antiguamente hubo guerra, el ejército de Sri Lanka sigue controlando un montón de tierra que pertenece a los locales de esa región. Hay asentamientos patrocinados por el gobierno y, el problema más volátil a nivel político es que desde el poder no se permiten homenajes a los caídos. No hay espacio para el luto público: ni para los civiles asesinados durante el genocidio ni para los soldados de los tamiles.

¿Qué repercusiones tuvo un libro como el tuyo en una situación así?
En Sri Lanka hay tres lenguas diferentes y cada una tiene un silo propio, por lo que no suelen interactuar unas con otras. Por ejemplo, los que pueden leer literatura en inglés son una comunidad pequeña y están en los centros de las ciudades. En tamil se escribe mucho sobre todo esto, pero básicamente es una escritura que no existe fuera de esta comunidad. En cierto modo, los que se acercan este libro son los que quieren leerlo, y el resto lo ignoran.
La guerra y todo lo que supuso lo cuentas desde el trauma y la culpa. ¿Por qué desde ahí?
Crecí en una familia relativamente privilegiada en el sur, en Colombo, muy alejada de la zona de guerra. Como miembro de la comunidad tamil del sur, me he enfrentado a mucha discriminación, pero nada comparado con la experiencia de las personas del nordeste.
La gente considera la culpa una emoción que te paraliza, pero para mí es productiva: es algo muy vinculado al deseo de resolver y reparar. Una persona culpable es una que ve que el mundo está roto y que quiere cambiarlo. En este sentido, lo que escribo está motivado por la culpa, pero lo que busca es crear un espacio imaginario en el que la ruptura de mi sociedad, al menos entre las páginas del libro, se pueda sanar y reparar.
¿Por ello el protagonista está obsesionado con informarse todo lo posible sobre el conflicto?
Al igual que les pasó a muchos tamiles que vivieron la guerra desde otro lugar, el protagonista del libro se ve forzado a presenciar el genocidio desde fuera. Algo que también me sucedió a mí. Cuando te encuentras en esta situación, te ves obligado a reconciliar el sentimiento de destrucción que tienes en mente con un mundo exterior en el que todo parece normal y en paz. Esa es la contradicción que motiva al personaje a desplazarse al norte.
Ese desplazamiento hacia el norte del protagonista es una especie de huida de sí mismo. Algo que experimentan otros personajes del libro, quienes parece que no están a gusto con su vida. Lidian continuamente con este sentimiento, igual que con el duelo y el amor.
El libro, en general, analiza diferentes tipos de experiencias que tienen el poder de romper una cadena de hábitos, que nos obligan a dar un paso atrás en la vida y distanciarnos de nosotros mismos. Cuando hay mucha violencia esto puede pasar, pero también cuando hay amor o pérdida. Por ello, todos los personajes de este libro están buscando una liberación de la vida, y pensar en una futura utopía que les permita escapar de la muerte.
El libro está plagado de reflexiones y en él hay mucho poso filosófico. Unas ideas que están escritas a través de frases largas y sin casi diálogo. ¿Por qué decidiste hacerlo así?
La ausencia de diálogos tiene que ver con la postura contradictoria con la que vivo. Yo escribo en inglés sobre personajes que hablan tamil. Todos los idiomas tienen dialectos y la manera de hablar de cada persona es única, por lo que no encajarían en su traducción al inglés. Por ejemplo, una persona que vive en un pueblo pequeño del norte de Sri Lanka, al traducirlo, hablaría como un granjero irlandés o como un afroamericano de la zona rural pobre de EEUU. Eso me lleva a la contradicción en la que me encuentro y evito los diálogos directos.

¿Por qué escribir en inglés y no en tamil entonces?
Me crie durante la guerra en una familia de clase media que habla tamil. Mis padres me pusieron el nombre de Anuk, que en realidad no es tamil, pero que es más sencillo de pronunciar por los extranjeros, porque desde el principio tenían claro que no teníamos futuro allí y que si pudiésemos, tendríamos que irnos. Después de uno o dos años de educación en tamil, me cambié al inglés, y desde entonces, aunque es mi lengua materna, mi inglés es mucho mejor. Lo domino más.
¿Esta contradicción es la que te lleva también a incluir textos antiguos ligados a tu cultura en el libro?
Como el de Poosal, un hombre pobre que construye en su mente un templo para el dios Shiva o un poema en sánscrito que cuenta la historia de otro hombre que pide a una nube que le mande un mensaje a su mujer.
En general, estos textos no suelen ser muy conocidos fuera del contexto de Asia del sur. Se consideran muy clásicos, muy históricos, y se enfocan más a los académicos. Yo los incluyo porque para mí siguen siendo muy vivos y conectan con las preocupaciones actuales. Y, en cierto modo, creo que el hecho de que estos textos tengan su importancia es porque reflejan mi postura concreta como orador tamil, que es alguien que proviene de una herencia cultural de más de 1500 años de antigüedad y, aun así, escribe en un idioma que apenas tiene 300 años. Creo que esto refleja muy bien el patrimonio colonial de nuestro país.






