¿Estamos ahogándonos en un mar –estético– de lo mismo?

Sobre cafeterías de especialidad aesthetic y por qué ya nada se siente original.

Es una mañana inusualmente calurosa en Madrid para ser primavera, y estoy sentada en una cafetería nueva intentando leer una novela de Laurie Colwin, cuando pienso: «No he estado en este café, pero al mismo tiempo, sí»

He estado aquí en seis ciudades.
He estado aquí en tres continentes.

Baldosas burdeos, paredes nude, madera de roble claro, detalles en acero. La sensación de que todas las cafeterías se parecen ya no es solo algo visual.

Va más allá. Antes de mirar el menú, ya sé lo que hay: matcha en cinco versiones, algo deconstruido sobre una tostada… Nos atraen hasta los mismos sabores, las mismas referencias. Es como si todos estuviéramos viviendo dentro del mismo moodboard.

Todo esto me lleva a Roma el verano pasado. Entré por casualidad a un bar que no se parecía en nada a lo que tenía guardado en Google Maps. Tazas que claramente llevaban décadas ahí. Una barra de madera golpeada por el tiempo. La clásica vitrina de pasteles que nadie había estilizado para una foto. Interiores antiguos sin remodelar.

Ese lugar no intentaba ser nada. Solo vendían café barato y bueno, sin narrativa. Y se sentía como algo balsámico. Como: «Ah, vale. La vida no tiene que estar tan curada todo el tiempo».

Sentí que había encontrado un lugar que todavía no había sido persuadido. Un sitio que simplemente era, y llevaba siéndolo treinta años. Me recordó al principio de los 2000s. A una versión más lenta de la vida, donde las cosas se vivían más de lo que se “curaban».

Entonces… ¿En qué momento decidimos que el café necesitaba personalidad?¿Y por qué esa personalidad ahora se ve exactamente igual en todas partes?

¿Cómo hemos llegado a ciudades donde diez cafeterías estéticamente idénticas conviven a pocos metros y todas están llenas? ¿O es que simplemente estamos rotando entre ellas, como si fueran sets en El show de Truman?

Es difícil no conectarlo con cómo vivimos (o performamos) online. Todos vemos las mismas referencias, las mismas señales de lo que “buen gusto” significa. Entonces, en lugar de experimentar, refinamos. Iteramos. Aterrizamos en algo seguro, reconocible, compartible. Desviarse empieza a sentirse más arriesgado que alinearse.

Y ya sé lo que estás pensando: «Gaby, esto son tendencias». Sí, siempre han existido. Pero esto se siente distinto. Más intenso. Más… performativo.

Algunos lo llaman Pinterestificación. Occidentalización. Globalización. Homogeneización cultural. Y sí, todo eso influye. Pero creo que, en el fondo, hay algo mucho más humano detrás: una necesidad de pertenecer, sobre todo en generaciones más nuevas.

Para algunos, el bar de barrio de toda la vida ya no los representa. No refleja cómo se ven a sí mismos (o cómo quieren ser vistos). Así que buscan espacios que sí lo hagan. Lugares que reflejen su gusto, sus referencias, su identidad. Aunque esa identidad empiece a parecerse a la de todos los demás.

El bar de Roma no se preocupaba por nada de eso. Y había algo silenciosamente radical en esa indiferencia. Una identidad sostenida durante décadas, completamente despreocupado por las tendencias. Ahí seguía la misma máquina de espresso que probablemente llevan usando desde antes de que yo naciera.

Parece que estamos expresando individualidad a través de entornos que cada vez se parecen más entre sí. Y esto me lleva a algo en lo que no dejo de pensar: no son solo las cafeterías. Nuestras casas también. Pero de otra forma.

La arquitectura moderna se ha vuelto plana casi por necesidad (paredes blancas, vallas grises, todo prefabricado), porque es lo que podemos permitirnos construir. Otro tipo de uniformidad, pero uniformidad al fin y al cabo.

Lo ornamental, lo particular, lo singular, ahora son lujos. Así que, en cierto modo, las cafeterías de especialidad aesthetic son una respuesta a eso. Un pequeño espacio de belleza deliberada en un mundo bastante plano. Un lugar donde meter toda la fantasía que ya no podemos construir en nuestras casas.

No puedo culpar a las cafeterías de especialidad por esta epidemia de la uniformidad. Pero sí admito que hay una parte de mí que echa de menos cómo se sentía Madrid en 2016. Esos lugares sin pretensiones que eran especiales, precisamente, por no intentar impresionar.

Lugares así cuestan cada vez más encontrarlos. Y no puedo evitar preguntarme qué estamos perdiendo. Qué se pierde cuando todo empieza a parecerse a todo lo que ya hemos visto antes.

¿Qué opinas?

Último número ya disponible

#145 Especial aniversario

Sobre nosotros

Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

Suscríbete a nuestra Newsletter >>