No todos los pueblos son iguales. Carcaboso, en Extremadura, no quiere ser un municipio convencional y desde comienzos de siglo no ha dejado de intentarlo. La transformación comenzó cuando decidió convertirse en zona libre de transgénicos. Sus habitantes simplemente se negaron a ser cobayas de las multinacionales agrotecnológicas.
Posteriormente se sumó al movimiento kilómetro 0 y pasó a fomentar el consumo local abasteciendo a los restaurantes y comercios (a menos de 30 kilómetros) de verduras y hortalizas ecológicas cultivadas en huertos cedidos por el Ayuntamiento.
Luego llegó el registro sanitario municipal, mediante el cual todos los habitantes tuvieron acceso a una cocina pública para la elaboración de mermeladas, yogures y quesos artesanos. Se instalaron gallineros comunitarios autogestionados por varias familias, que se encargan de la alimentación, compostaje y recogida de huevos; y los jardines ornamentales municipales se sustituyeron por jardines comestibles que, por estar situados en lugares públicos, pertenecen a todos los vecinos y visitantes, que contribuyen a su conservación, mejora y recolecta de productos. El pueblo incluso ha plasmado este cambio medioambiental en alguna de sus paredes, de la mano del artista muralista Chefo Bravo.
Pero el cambio de Carcaboso no solo se limita al ámbito ecológico y medioambiental. Es en el plano social en el que ha roto esquemas. Muchos hablan del poder soberano de la ciudadanía, pero en pocos sitios como en este la participación de los habitantes en la toma de decisiones resulta tan crucial. Lorena Rodríguez, alcaldesa de Carcaboso, asegura que toda su gestión se sustenta bajo el principio de la economía del bien común, la buena vecindad y el apoyo mutuo, «lo que convierte a Carcaboso en un pueblo unido, solidario y cooperativo».