Las fotografías de Chema Madoz siguen funcionando como pequeñas grietas en la realidad: alteran la lógica habitual de los objetos y nos recuerdan que las cosas nunca son tan evidentes como parecen.
Quizá por eso resulte tan coherente que, cuando se le pregunta por el origen de sus ideas, el fotógrafo y Premio Nacional de Fotografía en 2000 —entre los muchos galardones que atesora— admita que para él también sigue siendo un misterio. No hay fórmulas ni un método infalible para encontrar nuevas asociaciones entre los objetos, sino una mezcla de intuición y curiosidad que lleva décadas cultivando.






