El triunfo de la baba: por qué la cara más fea de tu perro es la más honesta

Christian Vieler

Si un fotógrafo de moda le pide a una modelo que «busque la luz», lo que en realidad le está pidiendo es que mienta. Que mienta con la mandíbula, con la mirada y con la musculatura. En el universo del shooting convencional, la belleza es una construcción arquitectónica: quieta, peinada y bajo control.

Sin embargo, en el estudio de Christian Vieler, la belleza no se construye, se desencaja. Aquí, el éxito de una sesión se mide por el grado de colapso estético del modelo. Si el modelo no parece estar sufriendo una crisis existencial o un ataque de euforia que desafía las leyes de la física, la foto va a la papelera. Obviamente no hablamos de personas, sino de perros.

Vieler ha sustituido el «mira a cámara, cariño» por un bombardeo estratégico de croquetas. Es la antítesis de la pasarela de Milán, París o Nueva York. Mientras una supermodelo entraría en fase de negación si se publicara una foto suya con un labio descolocado o una oreja torcida, para el fotógrafo alemán ese es el puro estado de gracia. Es el momento en que el animal deja de ser un «buen chico» para convertirse en un mapa de instintos primarios. Es el triunfo del bocado sobre el protocolo y la épica de la baba frente a la tiranía del Photoshop.

Christian Vieler

Anti-Instagram

Vieler lleva desde 2013 documentando lo que él llama el «instinto puro». En una era dominada por los filtros de Instagram y la estética de catálogo de muebles suecos, su obra es un acto de rebeldía estética. «Prefiero la verdad a la perfección. El momento real es caótico, impredecible y mucho más interesante que cualquier versión retocada», afirma el fotógrafo.

Para él, la etiqueta de ‘foto fea’ es un error de concepto. Donde nosotros vemos un rostro deformado por la gravedad, él ve un mapa de emociones que creíamos exclusivamente humanas. «En esa fracción de segundo podemos detectar miedo, pánico, alegría, placer y deseo», explica.

Christian Vieler

A diferencia de los fotógrafos que lidian con egos humanos, Vieler lidia con estómagos con patas. No hay instrucciones de pose porque, sencillamente, no sirven de nada ante el estímulo de una recompensa de alta calidad. «En realidad, no los dirijo —confiesa—, creo una situación, les muestro la recompensa, espero a que se genere la tensión adecuada; y dejo que el instinto haga el resto».

Esta metodología lo ha llevado a convertirse en un experto en «microseñales». Tras miles de sesiones, Vieler admite haber desarrollado una suerte de telepatía canina. «Empiezas a interpretar la concentración, la anticipación, la sincronización… Dejas de pensar como humano y empiezas a reaccionar de forma instintiva».

Christian Vieler

El tamaño no importa (pero la risa sí)

En su reciente colaboración con la firma de alimentación canina Josera y su línea Dog Mini, Vieler ha descubierto que la física de la comedia es universal, aunque a veces se ve potenciada por la escala. Al pasar las imágenes al monitor, la magia de la fotografía iguala las condiciones: un perro salchicha y un gran danés ocupan el mismo espacio visual, pero la «máxima concentración» de un perro pequeño suele tener un efecto cómico más explosivo.

Christian Vieler

Sin embargo, no todo es risa fácil. Vieler es un profesional ético que sabe cuándo bajar la cámara. «El sujeto más difícil es el asustadizo —admite—. A veces, los dueños esperan una foto estupenda, pero si el perro no colabora, la clave es parar. Ante la duda, es mejor respetar al animal que forzar la imagen».

Intento 21

Si algo enseña el trabajo de Vieler, más allá de que los belfos de un bulldog tienen vida propia, es una lección profunda sobre la resiliencia. En el mundo humano, el fracaso se castiga. En el mundo de Vieler, el fracaso es solo el preludio de una nueva oportunidad. «Los perros son profundamente optimistas. Incluso si un perro no logra atrapar la pelota 20 veces seguidas, la emoción por el intento número 21 es tan grande como la primera vez».

Para Vieler, la comida no es solo combustible, es el lenguaje universal de la confianza. Es lo que permite que un perro salchicha de Barcelona y un pastor alemán de Berlín se olviden de sus etiquetas y se conviertan en la misma bola de nervios y deseo. Un brillo en el ojo y un pelaje radiante —señales de un perro bien alimentado— son, para él, los indicadores de que su modelo está presente, alerta y listo para el espectáculo.

Christian Vieler

¿Y qué aprende uno después de pasar casi más tiempo con canes que con humanos? Christian Vieler lo tiene muy claro: hay que vivir el presente. «Cuando te sucede algo maravilloso, disfrútalo al máximo. No te detengas demasiado en el pasado ni te preocupes por el futuro».

El pasado mes de abril, el estudio de Vieler se trasladó por unos días a Barcelona, como parte del acuerdo de colaboración con la firma de alimentación canina Josera. Fue la oportunidad perfecta para que los perros de la ciudad dejaran de intentar salir guapos en las fotos y se atrevieran, por fin, a mostrar su cara más honesta, babosa y maravillosamente imperfecta.

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Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

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