Hope!: la historia olvidada que explica por qué arden nuestros bosques

En este primer artículo de la colaboración Hope!+Yorokobu, Javier Peña revisita un plan forestal de 1939 en el que podría estar buena parte de la solución de la prevenir los grandes incendios.
bisonte altamira (hope incendios)

En verano solemos hablar del fuego como si fuera un enemigo recién llegado. Esperamos a que aparezcan las primeras columnas de humo para preguntarnos qué ha fallado esta vez. Entonces llegan los mismos debates de siempre: si el cambio climático, si la falta de limpieza de los montes, si los pinos arden demasiado, si hacen falta más medios… Pero quizá se nos olvida la verdadera pregunta: ¿y si el paisaje que hoy damos por natural nunca hubiera sido el paisaje que la naturaleza tenía previsto?

Porque buena parte de los bosques que identificamos como el paisaje tradicional español son, en realidad, una fotografía inacabada. En 1939, los ingenieros de montes Luis Ceballos y Joaquín Ximénez de Embún diseñaron un ambicioso plan para reforestar seis millones de hectáreas degradadas. España venía de décadas de sobreexplotación forestal, erosión y pérdida de suelo. Había que actuar deprisa. Y los pinos parecían la herramienta perfecta: crecen rápido, fijan el terreno y soportan condiciones extremas.

Lo interesante es que, para Ceballos, aquello nunca fue el objetivo final. Los pinares constituían únicamente la primera fase de un proyecto mucho más ambicioso. Una vez estabilizado el terreno, debían ir dando paso, mediante clareos y una gestión progresiva, a bosques mucho más complejos, con robles, encinas, alcornoques, castaños y otras especies propias de cada territorio. Bosques de distintas edades, alturas y densidades. Ecosistemas vivos, no plantaciones.

Él mismo lo dejó escrito con una lucidez que hoy resulta casi profética: si nos empeñábamos en mantener eternamente esos pinares, terminaría siendo el propio fuego quien los transformara.

Eso, precisamente, es lo que nunca llegó a ocurrir. El plan quedó interrumpido y muchas de aquellas plantaciones acabaron convirtiéndose en masas continuas de árboles de la misma especie, la misma edad y prácticamente la misma altura. Lo que Javier Peña, fundador de Hope!, define en uno de sus últimos vídeos como un «proyecto interrumpido de reforestación».

El bosque era otra cosa

La historia, sin embargo, no termina ahí. Peña propone una segunda idea que va más allá: quizá el problema no sea únicamente qué árboles plantamos, sino la imagen que tenemos de cómo debería ser un bosque.

Durante mucho tiempo hemos imaginado el paisaje ibérico como una inmensa masa continua de árboles. Sin embargo, cada vez más investigaciones apuntan a que el ecosistema original se parecía mucho menos a un manto verde uniforme y bastante más a un mosaico: zonas densamente arboladas conviviendo con claros, matorrales, praderas y espacios abiertos.

¿Quién mantenía ese equilibrio? Los grandes herbívoros. Bisontes, uros, caballos salvajes o ciervos recorrían el territorio derribando árboles jóvenes, ramoneando arbustos y evitando que la vegetación se convirtiera en un combustible continuo. Después fueron sustituidos por el pastoreo extensivo. Hoy, en cambio, buena parte del ganado ha desaparecido del monte para concentrarse en explotaciones intensivas.

El resultado no es solo un cambio económico o ganadero. También es un paisaje diferente. Uno donde el combustible vegetal se acumula durante años hasta que una chispa encuentra el escenario perfecto.

Por eso, en su vídeo, Peña insiste en una idea que merece la pena rescatar: no se trata de declarar culpable al pino ni a la jara ni a la retama. Con el aumento de las temperaturas y las sequías prolongadas, prácticamente cualquier formación vegetal puede arder. Lo que convierte un incendio en un monstruo no es una especie concreta, sino la uniformidad.

La diversidad funciona como un cortafuegos ecológico. Por eso la solución no pasa únicamente por apagar mejor los incendios, sino por reconstruir paisajes capaces de dificultar que esos incendios lleguen a convertirse en mega incendios.

Es una diferencia sutil, pero enorme. Significa dejar de entender el monte como una colección de árboles y empezar a verlo como un sistema donde cada especie —incluidos los grandes herbívoros— desempeña un papel.

En cierto modo, la propuesta de Hope! consiste en mirar hacia atrás para poder avanzar. Recuperar un plan forestal casi olvidado, reinterpretar las pinturas de Altamira y recordar que, durante miles de años, el paisaje no fue una fotografía fija, sino un organismo dinámico.

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Patrick Thomas

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