El duelo del siglo: el autor vs. su obra

autor vs su obra

Orson Scott Card nos puso por primera vez ante el dilema de poder (o querer) separar al autor de su obra. En los ochenta, su novela El juego de Ender y sus secuelas (especial mención a La voz de los muertos) marcaron un antes y un después en la literatura de ciencia ficción.

Propios y extraños quedaron maravillados por su capacidad de narrarnos por primera vez conceptos novedosos que luego fueron reinterpretados en multitud de ocasiones por otros autores del género. No podía sino causar admiración que una imaginación tan fértil estuviera al servicio de una pluma tan habilidosa.

autor vs su obra
Orson Scott Card. Eugene Powers – Shutterstock

Por poner un solo ejemplo, Card imaginó un aparato, el Ansible, capaz de facilitar la comunicación entre seres humanos separados por cientos de miles de años luz, sin retardo alguno. Recordemos que, si ahora mismo enviáramos una señal lumínica a Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano a nosotros, esta tardaría en llegarles 4,36 años y que la luz del sol que te está llegando ahora mismo fue emitida hace casi 8 minutos y medio.

Pues bien, hace unos pocos años se consiguió por primera vez algo llamado entrelazamiento cuántico, o lo que es lo mismo, conseguir que una partícula cambie de estado en tus propias manos y otra gemela a esta, sin conexión aparente y separada por el espacio que quieras, lo haga también de manera simultánea. Aunque la primera aplicación que se entrevé a este logro es el de las comunicaciones, la física actual considera aún el Ansible como netamente imposible. Es decepcionante, pero posiblemente le dijeran algo parecido a Julio Verne cuando imaginó el submarino.

Pero mucho más decepcionante es que años más tarde nos enteráramos de que Card, como destacado adepto de la iglesia mormona, era además miembro de la National Organization for Marriage, una organización que destaca por oponerse fervientemente al matrimonio homosexual, entre otras cosas. Como tal, hizo varias declaraciones en pro de ilegalizar actos como el de la sodomía o de considerar a los gais como seres inferiores. Se nos había caído un mito. Esta persona ya no podía seguir siendo digna de nuestra admiración. Al menos no de la misma manera.

En esta línea, en 2020 el festival Celsius 232 de Avilés tuvo que lidiar con la lógica polémica que suscitó el invitarle como gran estrella de este evento. Los demás autores rehusaron asistir y enviaron un mensaje contundente: es imposible separar obra de autor. Sobre todo, si este insiste en pisotear a los demás por culpa de unas creencias que, en lugar de anticipar un futuro cercano, retratan un oscuro pasado.

autor vs su obra

El caso de H.P. Lovecraft puede resultarnos similar. Si bien existen rumores sobre su homosexualidad, que probablemente no hayan hecho gracia a Orson Scott Card, no está relacionado con este hecho. Lovecraft, es el destacado autor de La llamada de Cthulhu y, junto con Edgar Allan Poe, máximo exponente de la literatura fantástica del siglo XIX y, sin embargo, en contra de toda lógica, hoy en día especulamos de forma vacía sobre su sexualidad.

Aunque no se le conocieron muchos éxitos con el sexo opuesto y sus amistades más cercanas rondaran más bien la acera de enfrente, no existe nada más en su biografía que declare inclinación sexual alguna, excepto quizás su vehemencia al posicionarse en contra de tales perversiones que pudiera ser en sí declaratoria. De todas formas, seguro que la sociedad de la época en esto tampoco ayudaba mucho. Fue el inventor de todo un género, el terror cósmico, y al igual que ocurrió con Card, su imaginación trascendió generaciones de apasionados lectores hasta nuestros días.

Pero algo de lo que no se habla tanto es de la absoluta xenofobia que Lovecraft profesaba ante la raza negra. Suyo es el poema llamado Sobre la creación de los negros, que asocia a esta raza con bestias sin alma, semihumanas, creadas por Dios para llevar a cabo tareas menores (¿servir a los arios?). Habiendo pasado tanto tiempo, nos puede parecer más sencillo reconocer el mérito del resto de la obra del bueno de Howard Phillips y atribuir estos deslices a presiones sociales inherentes a la época. Pero, nos guste o no, es el mismo caso. Su obra es inseparable de su forma de pensar y su contexto temporal.

Por simetría con el momento actual, cuando dentro de cierto tiempo leamos las sabias consignas feministas que Íñigo Errejón realizaba antes de caer en desgracia, ¿seremos capaces de separarlas de su presunta facilidad para consumir sustancias sobre cuerpos desnudos y sacarse el ciruelo sin previo aviso? No lo creo.

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Patrick Thomas

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