El diablo ya no viste de Prada, viste de pánico

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Aquel estreno de la película El Diablo Viste de Prada (2006) fue, para muchos —entre las que me incluyo— una fantasía aspiracional con tacones imposibles y cafés a medio sorbo. Y, casi dos décadas después el concepto volvió con una secuela no solo sobre moda, sino sobre poder. Y, sobre todo, sobre miedo.

¡Alerta spoiler! 

Miranda Priestly (Meryl Streep) era reconocida por su autoridad, y ahora también por una fragilidad escondida hasta la fecha, porque el momento que el sistema que ayudó a construir deja de necesitarla. La moda cambia, los códigos se actualizan y a fin de cuentas, el tiempo pasa –pero este no, no pasa de moda–.

La película parece que avanza como una fábula sobre la identidad profesional. Durante años se vendió la idea de que el éxito consistía en “llegar”, con ciertos añadidos como “subir de nivel”, “cumplir objetivos” o, desgraciadamente “soportar”. Pero lo que pretende mostrar es que cuando lo único que te define depende de tu posición, perderla es una caída libre identitaria. Y Miranda, a pesar de haber sido comida por su propio personaje, es también el producto de una lógica que sigue vigente: rendimiento como única medida de valor.

En ese contexto, su frialdad, además de ser un rasgo de su carácter, se convierte en su mecanismo de supervivencia. Sin embargo, la evolución de Emily Charlton (Anne Hathaway) no deja indiferente a nadie: de ser la asistente al borde del colapso a repetir los patrones de Miranda que en su día la sobrepasaron. ¿Es posible ascender sin replicar aquello que te hizo el camino insoportable?

¿Es más sencillo repetir el patrón que aparentemente funcionó, antes que cuestionar la existencia de otros? Lo cierto es que en muchos sectores, el éxito sigue funcionando como una herencia de deudas donde quien sobrevive al sistema, si no lo cuestiona, tiende a perpetuarlo. Por pura inercia. Por no ser el primero en romper la cadena que exige parar –algo que el propio sistema no suele permitir–.

Y, un día más, la realidad no supera a la ficción. En cierta cultura empresarial, se mantiene como símbolo de éxito la idea de alcanzar únicamente metas profesionales, productividad humanamente insostenible y validación externa. Sin embargo, lo que filtra esta secuela es que más no significa mejor.

¿Qué queda si no salir a tiempo antes de que la oficina apague a quien sigue dentro? Quizá el éxito no tenga que ver con dominar el perfil profesional, sino con mantener tu identidad fuera de él. Básicamente, sobrevivir al personaje. Poder desconectar sin desmoronarse. Tomar decisiones sin traicionarse. Parar, observar, respirar y no sentir que defraudas.

El poder, en muchos casos, es una forma más sofisticada de esconder el miedo a dejar de ser relevante. Y en un mundo de apariencias, lo más elegante es conservar la humanidad. Algo que, como el paso del tiempo, no pasa de moda.

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Patrick Thomas

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