La muerte es inevitable. Si hay algo de lo que estamos cien por cien seguros es de que todos vamos a pasar por ella. Y en nuestra sociedad occidental judeocristiana seguimos sin tenerla bien resuelta, aunque estemos ya tan entrados en el siglo XXI.
Si alguna vez has tenido que pasar por ese trance, habrás comprobado lo anacrónico que resulta todo. Parece que estamos obligados por ley a seguir una serie de ritos que forman parte de algo que podríamos llamar la burocracia de la muerte. Y de esa burocracia, casi como de cualquier otra, surge el oportunismo y el negocio, uno que juega con sentimientos peligrosos en un momento en el que el potencial cliente se encuentra especialmente vulnerable.
En mi memoria quedará para siempre el momento en el que tuve que hojear aquel catálogo de ataúdes. Se me advirtió que, dada la altura del muerto, tal vez no cupiera bien en la caja que entraba por defecto en el seguro que tenía pagado, y que sería conveniente buscar otra que se adaptara mejor a sus necesidades. Cosas que uno necesita tener en el más allá, al parecer. Todo tipo de maderas, acabados, formas y tamaños. Forro de seda, de terciopelo o de cachemira. Cuarto de baño completo con bañera de hidromasaje incluida.
Según iba pasando páginas, un odio atávico se iba apoderando de mí. Con cada hoja, levantaba la vista y miraba a aquel ser, parecido al informático gordo que lo jode todo en Parque Jurásico, y mi visión se iba tiñendo de rojo. Mientras tanto, el comercial de muertos aportaba datos sobre cada modelo y esperaba paciente a mi elección frotándose las manos y limpiando las comisuras de su boca con la lengua cada cierto tiempo.
No me considero una persona violenta, pero en aquel momento quise atravesar de un salto la mesa que nos separaba y liarme a hostia limpia contra aquella persona. ¡Qué le vamos a hacer! Igual que él (y posiblemente su sueldo) estaba condicionado para aprovechar la situación, yo lo estaba a no dejarme influenciar por la comodidad intratumba que se me estaba ofreciendo.
Finalmente, conseguí sobreponerme a aquellos impulsos y pedí amablemente que probaran a empujar las rodillas del cuerpo hacia abajo y se dejaran de historias. Quizás por el color rojizo de mi piel o algún otro rasgo de mi aspecto, no insistió más y finalmente la altura del cuerpo no supuso mayores problemas. Ahora bien, pensando en aquello con retrospectiva, cualquier otra persona, más influenciable o con creencias diferentes a las mías, hubiera querido para su familiar un descanso eterno más lujoso y habría sucumbido a aquella estrategia comercial tan deleznable.
Poco después tocaría vivir el decálogo completo del anacronismo. Se conoce que, en la Antigüedad, se daba por muertas a personas que en realidad no lo estaban y, durante algún tiempo, si paseabas por cualquier cementerio, era común escuchar alaridos y golpetazos ahogados por la tierra de quienes habían sido enterrados en vida. Entonces, se decidió que sería buena idea velar a los muertos. Esto significa dejar un tiempo prudencial por si en realidad el muerto estaba de parranda. Y se volvió a generar toda una burocracia alrededor. Se crearían los tanatorios y, dentro de estos, salas con una especie de escaparate para poder observar bien al fiambre.
Por cierto, hace poco me enteré de que en las carnicerías y charcuterías es común usar un tipo de luz rosácea asalmonada para que el producto luzca mejor. Fíjate la próxima vez que vayas en el color de las lámparas… Y cuando sales del establecimiento la realidad te da un revés en la cara. Todo el embalsamamiento y maquillaje que se usa en las funerarias es exactamente lo mismo.

Soluciones para revertir el negocio de la muerte
En cualquier caso, creo que esa precaución debería ser desterrada por otras señales inequívocas que la ciencia sí tiene en cuenta. Si un médico examina el cuerpo y declara la muerte, ¿es necesario todo ese perifollo posterior? Lo dicho, no tenemos este tema bien resuelto. Es como la figura de las plañideras, personas que parecen refocilarse en el dolor y la amargura, incluso aunque este sea ajeno. Ellas necesitan exponerse en algún habitáculo, vivir en algún contexto y la marmórea sala de un tanatorio es el mejor lugar para ello.
Sinceramente, no creo que sea algo que aquellos que quedamos atrás necesitemos en absoluto. Necesitamos naturalidad y tener este paso inexorable mejor asimilado en nuestra cultura. Todo ese negocio alrededor de la muerte es absolutamente perverso. No sé cómo hemos llegado a esto, pero, como sociedad, deberíamos buscar formas de revertirlo. Como miembro poco destacado de ella, propongo algunas posibles soluciones:
Naturalizar la nigromancia
Si, mediante artes oscuras, fuéramos capaces de revivir momentáneamente a los muertos, podríamos, de tanto en tanto, convivir con un zombi de nuestro familiar o un divertido esqueleto al que poner con el servicio doméstico, por ejemplo. Sabemos que la esencia de la persona no se queda en el cuerpo, pero si eliminamos ciertas posibles actitudes violentas, puede ser divertido y nos puede ayudar con el duelo.
Construir un pozo muy profundo
A las afueras de las ciudades, como los cementerios cristianos, más o menos, excavar profundísimos pozos dejando el magma volcánico al descubierto. Un servicio público llevaría hasta allí los cuerpos, y los propios familiares tendrían que encargarse, mediante una sutil patada en el costado, de que estos caigan y el fuego los arrase por completo. Este acto premeditado de desdén hacia ellos podría preparar nuestra psique para quitarle hierro al asunto y sobrellevar el duelo.
Crear avatares virtuales
Cercano será el momento en que esto sea realmente posible y comenzaremos a ver señoras acompañadas de perros lamecoños robóticos con la personalidad de mascotas muertas incorporadas. Black Mirror ya vio el potencial de implantar personalidades de personas en inteligencias artificiales para consolar a todos aquellos que así lo requieran. Previo pago de su importe, claro. Solo aquellos con posibilidades económicas reales podrán tener su alma tranquila. El resto… haber estudiado. Bueno, esta opción, entonces, mejor que no. Solo puedo abogar por soluciones democráticas y verdaderamente universales.
Quizás, y por ir acabando, lo más importante es que comprendamos que el dolor es solo de los que quedamos atrás. Los fallecidos, contemplados desde el prisma de la religión, son felices en el paraíso de turno; o, desde el ateísmo, han dejado de existir y con ellos, cualquier problema o preocupación. De manera que el dilema es exclusivamente nuestro.
Es egoísta darle importancia a la pérdida porque de manera indirecta nos la estamos dando a nosotros mismos. Y el mundo seguirá dando vueltas cuando tu materia orgánica se acabe descomponiendo. Pero mejor si te tiran al pozo, creo yo.






