De las alrededor de 300 pinturas que se atribuyen a María Blanchard, menos de un centenar pueden considerarse estrictamente cubistas. Algo que no deja de ser una ironía para una artista que ha pasado a la historia bajo una etiqueta tan repetida como la de «cubista española». La definición sirve para ubicarla rápidamente, pero también corre el riesgo de ocultar buena parte de lo que fue.
Para Raúl Martínez, responsable de Pintura y Dibujo hasta 1939 del Departamento de Colecciones del Museo Reina Sofía, gran parte de la producción de Blanchard se inscribe en lo que hoy se conoce como los nuevos realismos o la nueva figuración del periodo de entreguerras. Una obra que, aunque conserva la huella del cubismo, explora caminos propios e incluso anticipa algunas soluciones que más tarde se asociarían al realismo mágico.
Blanchard fue una de las grandes figuras del cubismo español, pero limitarla a esa condición es quedarse solo con una parte de la historia. La más conocida, quizá. No necesariamente la más interesante.

Una voz propia
La historia de las vanguardias suele recordar antes a unos nombres que a otros. Picasso. Gris. Braque. Dalí… María Blanchard compartió tiempo, espacios y conversaciones con algunos de ellos, pero durante mucho tiempo quedó relegada a una posición secundaria en ese relato. Su carácter discreto, una obra que desbordaba las categorías más cómodas y su condición de mujer en un contexto artístico dominado por hombres ayudan a entender por qué su figura tardó tanto en recibir la atención que merecía.
«Fue una mujer dentro de un movimiento dominado por hombres», recuerda Martínez. «Además, debido a una discapacidad física de nacimiento —una cifoescoliosis— desarrolló una personalidad reservada y discreta, poco inclinada a la autopromoción».
Quizá por eso resulta especialmente fascinante que, pese a todo, consiguiera abrirse paso en uno de los momentos más competitivos y revolucionarios del arte europeo. Y hacerlo, además, sin parecerse demasiado a nadie.
Porque incluso dentro de su etapa cubista había algo diferente. Frente a los tonos apagados y la geometría más fría de muchos de sus contemporáneos, Blanchard introdujo un cromatismo cálido e intenso que convertía sus cuadros en algo extraño y profundamente humano.
París, el cubismo y después
Antes de llegar a París, María Blanchard había pasado por una formación académica relativamente clásica junto a pintores como Emilio Sala o Fernando Álvarez de Sotomayor. Pero los viajes a la capital francesa de 1909 y 1911 cambiaron el rumbo de todo.
Allí entró en contacto con la vanguardia europea y con figuras como Diego Rivera, Angelina Beloff, Kees van Dongen o Juan Gris.

Su etapa cubista arrancó alrededor de 1914 y se consolidó definitivamente tras instalarse en París en 1916. Pero el cubismo no fue un destino final, sino un punto de partida. Durante los años 20 desarrolló una obra mucho más personal centrada en figuras femeninas, maternidades, escenas íntimas y retratos infantiles donde todavía quedaban ecos de aquella fragmentación cubista, aunque cada vez más suavizados.
En sus cuadros aparecen niños vulnerables, mujeres absortas, interiores silenciosos y naturalezas muertas atravesadas por una extraña mezcla de delicadeza y tensión.
Tras la muerte de Juan Gris en 1927, la pintura de Blanchard se volvió todavía más melancólica y espiritual, como si algo se hubiera quebrado definitivamente. O como si toda aquella fragilidad que había acompañado su vida empezara a filtrarse sin barreras en la obra.
La historia que tapaba la pintura
Durante mucho tiempo, la figura de María Blanchard se interpretó a través de su biografía. Su discapacidad física, las dificultades que afrontó o su carácter reservado ocuparon con frecuencia más espacio que su propia obra. Hoy, esa lectura convive con otras aproximaciones que ponen el acento en la singularidad de su pintura.
«En los últimos años se han incorporado lecturas afectivas y biográficas que la ponen en diálogo con debates contemporáneos sobre el cuerpo, la fragilidad y la resiliencia», explica Martínez.

No se trata ya de convertirla en un símbolo trágico ni en una excepción conmovedora dentro de la modernidad, sino de entender cómo esa experiencia vital atravesó una obra profundamente singular.
Algo que el Museo Reina Sofía lleva años intentando reforzar. Allí tuvo lugar una gran retrospectiva en 2012 y actualmente muestra obras de Blanchard en cuatro salas distintas vinculadas a relatos tan diversos como el cubismo internacional, las Galerías Dalmau, la influencia del flamenco o la creación de mujeres artistas. Una forma de recordar que María Blanchard no pertenece a un único capítulo de la historia del arte, sino que su obra atraviesa varios de ellos.
Mirar diez minutos
Si tuviera que escoger una sola obra suya para quedarse mirando durante diez minutos, Raúl Martínez lo tiene claro: La comulgante (1914).

La describe como «una obra profundamente singular para su época», con un figurativismo muy personal y una complejidad técnica que anticipa soluciones asociadas después al realismo mágico.
Quizá ahí esté una de las claves de María Blanchard: en esa capacidad para anticipar cosas sin necesidad de proclamarlas. En sostener una voz propia incluso dentro de movimientos dominantes. En transformar la fragilidad en potencia creativa.
Y también en obligarnos, más de un siglo después, a revisar quiénes quedaron fuera del gran relato del arte moderno.






