La historia de la familia que inventó (y escondió) los fórceps durante siglos

fórceps

Hay familias en las que es imposible guardar un secreto. De hecho, en la mayoría de ellas siempre habita un bocazas que acaba aireando intimidades. En cambio, existe en los anales de la historia un ejemplo de familia que fue capaz de llevarse, literalmente, el secreto a la tumba. Y no se trataba de una nimiedad, de un «aquí la abuela se beneficiaba al jardinero». No. Estamos hablando de un asunto que sirvió para salvar muchas vidas a la vez que engrosaba las arcas familiares: la invención de los fórceps. La familia Chamberlen no soltó prenda sobre en qué consistía el artilugio ni cuando murió el último miembro de la extirpe.

Los historiadores aún no saben a quién atribuirle el invento, pues en esta saga tenían especial predilección por llamar a sus vástagos Peter y existen varios hermanos de idéntico nombre. Lo que sí se sabe es que el fundador de la dinastía, William Chamberlen, emigró de Francia a Inglaterra en 1.569 y que con toda probabilidad, uno de sus «Peters» pergeñó el artilugio.

En aquella época el parto conllevaba un alto riesgo de mortalidad, tanto para la madre como para el hijo. Habitualmente era la comadrona la que se encargaba del trance, pero cuando las cosas se ponían feas se llamaba a un médico o a un cirujano. Y que todo sea dicho, no resultaba de gran ayuda.

Una antigua frase popular, que recoge Randi Hutter Epstein en su libro ¿Cómo se sale de aquí? Una historia del parto, ilustra la macabra situación: «Cuando entra un hombre es que al menos se va a producir una muerte». El médico, en esos casos, podía intentar salvar la vida del pequeño fracturando la pelvis de la madre y provocándole la muerte. O podía intentar salvar a la progenitora, extrayéndole el bebé con una serie de pinchos y herramientas no aptos para estómagos sensibles.

Al mal fario que provocaba la presencia de un hombre en un parto, se le ha de añadir las prohibiciones de la época. Los maridos consideraban que el hecho de que un médico viera los dilatados genitales de su parienta, era poco menos que una infidelidad. Durante años, estuvo prohibido que ningún ser dotado de escroto y acompañante interviniera en el alumbramiento. Y cuando se levantó la veda, se impuso que tuvieran los ojos tapados y que la mujer estuviera cubierta. Y, de todos modos, cuando hacían acto de aparición, la sombra de la muerte los acompañaba.

En esas, los Chamberlen dieron con un mecanismo que resultó ser de gran ayuda para extraer bebés berreantes salvaguardando la vida de la que los expulsaba a este valle de lágrimas. Y la voz corrió como la pólvora. Las futuras madres adineradas anhelaban que cualquier Chamberlen se personara en el momento del alumbramiento.

Además, la saga de cirujanos contaba con una puesta en escena impecable. Se presentaban en la casa de la parturienta en carruaje, con unos ayudantes que cargaban una lujosa caja de madera, semejante a un ataúd. Nadie podía ver su contenido: ni la propia paciente, a la que le vendaban los ojos. Y no solo eso, para que el tintineo del instrumental no pudiera revelar su composición, hacían sonar campanas para confundir a la madre en ciernes.

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Puede que hubiera más de teatralización que de realidad, pues dudo que una mujer, entre contracción y contracción, agudice el oído y elucubre qué material le están introduciendo en sus nobles partes. Pero el espectáculo y, sobre todo, el descenso de la mortalidad en los partos, hacía que las madres amaran a los Chamberlen con el furor de una fan de los Backstreet Boys en la década de los 90.

Los compañeros de profesión no profesaban el mismo fervor hacia estos cirujanos. Nunca sabremos si porque la envidia es muy mala o porque los inventores de los fórceps eran un poco procastinadores a la hora de acudir a las reuniones de su gremio.

Los Chamberlen no eran médicos, pertenecían al gremio de barberos y cirujanos, que tanto te afeitaban como te rajaban de arriba abajo sin pestañear. Y algunos de sus miembros perdieron su licencia por no asistir a los encuentros gremiales o por recetar medicamentos, que era trabajo de los galenos.

Fuera por la razón que fuese, los secretistas Chamberlen no gozaban de simpatías entre sus compañeros de profesión ni aún menos entre las comadronas. Poseían un instrumental que podía salvar vidas y se negaban a compartirlo con nadie. Esta práctica era habitual en una época en que la medicina era muy competitiva y los avances no se compartían, se guardaban celosamente para aumentar la clientela propia.

Sin embargo, uno de los miembros de la saga, Hugh Chamberlen, estuvo viviendo una época en Holanda y parece ser que le vendió la patente a un médico de allí, probablemente al doctor Roonhysen. Pero el galeno patentó una única palanca para extraer criaturas, por lo que no se sabe si fue un diseño propio o si el avispado Hugh le vendió únicamente la mitad de su prodigio.

Más allá de este desliz, la familia guardó el secreto hasta la muerte de su último descendiente, Peter (cómo no) Chamberlen. Este se encargó de esconder el artilugio que tantos beneficios económicos había procurado a su familia en su casa. Años después de su óbito (entre 1813 y 1815, dependiendo de las fuentes que se consulten), los nuevos moradores de la mansión ubicada en Maldon, en el condado de Essex observaron una grieta en el techo. Al cambiar el listón descubrieron el cofre del tesoro: una caja con algo que semejaba a dos cucharones soperos unidos por un cordel. Encontraron dos pares y algunas palancas.

Quiso la casualidad que los nuevos inquilinos tuvieran un amigo cirujano que ató cabos y llegó a la conclusión que aquel era el instrumental que tanto habían codiciado los detractores de los Chamberlen durante generaciones. En la actualidad, este material se expone en el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists de Londres.

El éxito de los fórceps de los Chamberlen radicaba en que el extremo de las palancas de extracción era curvo y, por tanto, podía adaptarse a la cabeza del recién nacido. Posteriormente, el invento de la familia fue puliéndose hasta convertirse en el instrumental médico que conocemos. El que podemos encontrar en cualquier sala de parto, cosa que, seguramente, provocará que más de un Chamberlen esté revolviéndose en su tumba.

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Patrick Thomas

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