Fuera, Valladolid disfrutaba del mejor tiempo en meses. Y, sin embargo, miles de personas decidieron pasar buena parte de las horas de sol del fin de semana dentro del Teatro Calderón. Buscaban su butaca, apagaban el móvil y se preparaban para escuchar hablar del universo, del tiempo, del envejecimiento, del miedo, de la fe, del libre albedrío y de todo aquello que normalmente queda fuera de las conversaciones rápidas.
Desde su primera edición, Foro de la Cultura insiste en ese gesto aparentemente anacrónico de detenerse. Y, de paso, juntar en un escenario a perfiles de diversos ámbitos de la sociedad. Al del emblemático teatro vallisoletano subieron en su novena entrega científicos, artistas, deportistas, influencers, escritores o periodistas no tanto para dar respuestas, que también, como para compartir sus dudas.
Este año, el foro estaba dedicado a algo tan inmenso como el universo. Pero, lejos de un desfile de temas y ponentes, su programa se desarrolló como una única pregunta que iba mutando a medida que avanzaba el fin de semana.

A falta de una conclusión cerrada, lo que sí quedó fue un puñado de ideas capaces de dibujar otra manera de mirar el universo, a partir de reflexiones como…
Que el universo no se deja domesticar por la lógica
Desde el arranque estaba claro que las preguntas iban a superar las respuestas. En la charla moderada por la astronauta de la ESA, Sara García Alonso, la nanotecnóloga y física Sonia Contera lo advertía desde su primera intervención: «El universo no se puede comprender de una manera lógica» y hay aspectos de la vida que «no se pueden estudiar de una forma racional». Todo un aviso contra la soberbia ya que, según Contera, si tratamos de reducir el mundo a lo que cabe en una lógica, empobrecemos la realidad.

De hecho, son varias las teorías que fueron consideradas como las más lógicas durante siglos que finalmente acabaron desechadas. La ciencia se encargó de autocorregirse en todas ellas, algo que el doctor en Prehistoria, investigador y arqueólogo Ignacio de la Torre no considera que la debilite, sino todo lo contrario, la convierte en más confiable.
Que el azar no es un error, sino una regla
El físico teórico Miguel Alcubierre introdujo en la charla el elemento azar, imprescindible en nuestra existencia: «Nuestra aparición es contingente. Si hubiera dinosaurios, quizá no habría seres humanos. Hay un elemento azaroso en la vida».
Y Contera remató el reverso moral de esa idea: «El azar es una de las reglas del universo». Para añadir: «Si todo se pudiera saber con la lógica, no seríamos libres. La libertad emerge de la grieta. Si hay algo que significa estar vivo es intentar ser libre». Una grieta entendida como el espacio donde no todo está escrito. Donde la vida no es un algoritmo.
Que la IA exige criterio, no fe tecnológica
¿Se puede mantener hoy una conversación en la que no aparezca la inteligencia artificial? En las del foro, la IA surgió en varias ocasiones, pero más desde su faceta antropológica que desde la tecnológica. Para Contera, pese a su innegable utilidad para la ciencia, tiene un coste que no todos reconocen: «necesita mucha energía y detrás hay mucha geopolítica». Contera advirtió, además, del momento clave que vivimos, en el que el sentido crítico es más necesario que nunca para distinguir entre lo bueno y lo peligroso derivado de su uso.
Alcubierre coincidió en la utilidad científica, pero señaló el problema cuando la IA se derrama en la vida cotidiana: sistemas que «están diseñados para validar lo que dices», que alimentan desinformación y hasta «inventan cosas». Si la IA te confirma, te calma. Y si te calma demasiado, te vuelve vulnerable. El riesgo no es solo que se equivoque, es que nos acostumbre a no discutir, a no contrastar, a no dudar. En definitiva, a que esquilmemos nuestro espíritu crítico.
Que dormir y crear no son lujos, sino soportes
Si el cosmos se trató como el misterio universal, el sueño se hizo en buena medida como ese misterio particular y doméstico que nos aborda cada noche. La psiquiatra Rosa Molina recordó que dormir no es apagar, sino reparar: «reparación celular», «consolidación de las memorias», «fortalecimiento del sistema inmune» y «regulación… emocional». Su falta, de hecho, «es un mal muy generalizado», asociado al riesgo de patologías neurodegenerativas como el alzhéimer, además de enfermedades cardiovasculares, obesidad o diabetes.
«El sueño es una inversión para estar más sanos» fue la frase con la que el especialista en cronobiología Diego Golombek corroboraba a Molina. Incluso lo tradujo a economía política: «Los trastornos del sueño le pueden costar a un país entre un 1 y un 3% del producto bruto interno». El sueño no solo como una decisión y necesidad individual, sino como una cuestión social, casi estructural.

Frente a los problemas de salud física y mental que puede provocar el insomnio, la periodista y escritora Beatriz Serrano enlazó con el poder sanador del arte y la creación. «A mí la literatura me ha salvado en muchas ocasiones de momentos de oscuridad. Creo en la función reparadora del arte. Cuando algo te duele o te preocupa, a través de la construcción de un relato, de enfrentarte a él, consigues llegar a unas conclusiones y darte unas respuestas que quizás necesitabas escuchar. Nadie empieza y termina en el mismo lugar cuando se pone a escribir».
Que envejecer es un reto colectivo
¿Realmente queremos ser inmortales? La duda se disipó pronto. Lo que realmente nos debería preocupar y ocupar es envejecer mejor. La demógrafa e investigadora del CSIC Dolores Puga concretó el reto en la necesidad de «reducir los años de mala calidad de vida antes del final de nuestros días». «La duración media de vida con pérdida de autonomía son cuatro años hasta el final de la vida. El objetivo es comprimir esos años todo lo que se pueda». Lo importante no es cumplir más, sino cumplirlos de la mejor manera.
Otro de los presentes en el escenario, el influencer Roque Star, habló desde la experiencia de quien lleva toda su corta vida (18 años) de quirófano en quirófano. Haber nacido con parálisis cerebral no le ha restado nunca ni un ápice de las ganas de seguir viviendo. De hecho, dice, se considera «un vividor, en el buen sentido de la palabra». Los aplausos al joven gallego fueron, seguramente, los que más decibelios alcanzaron en el auditorio durante el fin de semana.
Por su parte, la escaladora Josune Bereziartu desmontó el mito de la voluntad vacía. «Te mueve el corazón. Sin pasión no hay motor». Para ella, la longevidad activa no es una cuestión de machacarse, sino de encontrar un vínculo vivo con lo que haces. Y en cuanto a lo de la inmortalidad, ¿para qué? ¿Quién quiere ser consciente de que nunca va a morir, pase lo que pase? Porque para ella, «el estrés, entendido como incertidumbre, es lo que nos da la vida».
Que el tiempo no es solo lo que mide un reloj
¿Una charla sobre espacio-tiempo un viernes por la tarde? Lo que podría sonar duro de inicio se convirtió en todo un espectáculo. No hicieron falta ni luces ni efectos especiales, solo una mezcla de saberes de distintas disciplinas tan diversas como la ciencia, el deporte, la arqueología y el ajedrez, y un moderador con el desparpajo y saber hacer del matemático y divulgador Eduardo Saénz de Cabezón.
El profesor de física, investigador, escritor y divulgador José Edelstein se mostró en su salsa porque precisamente su investigación se basa en «entender de qué está hecho el espacio y de qué está hecho el tiempo». Como ejemplo de las consecuencias de algo que puede resultar tan abstracto, Edelstein se refirió a un sistema tan cotidiano como el GPS.
La arqueóloga Marga Sánchez lo llevó a su terreno: en su disciplina el tiempo no es una abstracción, es el material mismo con el que se construye un relato. «Hay que saber jugar con él» para acercar experiencias de hace miles de años. Una frase que, en el fondo, vale para cualquier momento de la historia: sin narrativa, casi nada llega.
Después de que el atleta y campeón olímpico Guillermo Rojo dejara ojiplático al personal allí reunido al revelar que, como liebre, puede registrar el tiempo deseado con un margen de error de solo una o dos centésimas, el ajedrecista José Carlos Ibarra habló de lo importante que es en su disciplina intentar adueñarse del espacio (de la mayor parte del espacio en el tablero, en concreto) y el saber administrar el tiempo. Y lo demostró con dos partidas de ajedrez contra dos personas del público a los que ganó, literalmente, con los ojos cerrados.

Que contamos con algo maravilloso dentro de la cabeza
En la mañana del sábado, el divulgador científico y físico teórico Christophe Galfard invitó al público a un paseo por la playa en una noche de verano. El objetivo: observar la Vía Láctea. Ese sería el punto de partida de un viaje por el universo a través de imágenes tomadas por telescopios con las que descubrir estrellas que nacen y otras que explotan. Entre otras, el francés, cuya tesis fue dirigida por el mismísimo Stephen Hawking, mostró la primera imagen, tomada en 2005, del nacimiento de una estrella. También mostró imágenes reales de Andrómeda, la galaxia más cercana a la nuestra y que, aun así, un saludo emitido desde aquí tardaría en llegar a ella unos tres millones de años. Casi na.
El viaje propuesto tanto por el matemático, psicólogo y neurocientífico cognitivo francés Stanislas Dehaene —a quien Saénz de Cabezón, encargado de conducir también esta mesa, introdujo como «el responsable de lo que sabemos de cómo nuestro cerebro entiende los números y las palabras»— como por la cosmóloga italiana Licia Verde tenía como destino un lugar más cercano pero no menos complejo: el cerebro humano.
«Tenemos un circuito matemático en el cerebro» que, gracias a las representaciones mentales y las «capacidades simbólicas», permite «hacer ciencia». «Tenemos un objeto en la cabeza que es maravilloso», apuntillaba Dehaene.
Para Licia Verde, la manera de entender todo «con una pieza tan pequeña como nuestro cerebro» pasa por hacer modelos sencillos de lo que vemos. Trucos, según la cosmóloga, que nos permiten entender el funcionamiento de algo tan inmenso como el universo. «Al fin y al cabo —añadía—, lo que nos hace humanos es mirar a las cosas y decir: ¿por qué?».
Que el fin del mundo llegará, pero ya ha habido otros
Sí, el fin del mundo tiene una fecha. La astrofísica Eva Villaver aseguró que las leyes de la física hacen las veces de «bola de cristal» y son capaces de predecir la fecha en la que La Tierra dejará de ser habitable. Ocurrirá dentro de miles de millones de años y, aunque sea el fin de este mundo, probablemente sea el principio de otro: «Todo final es solo un principio, y estamos aquí porque ha habido otros finales previos».
De hecho, ya hemos vivido algún que otro final del mundo. La periodista y escritora Marta García Aller publicó hace unos años el libro El fin del mundo tal y como lo conocemos, donde detallaba cómo la tecnología ha dado paso a otra forma de vivir y habitar el planeta. «Quienes creían que las preguntas correctas eran las planteadas en el siglo XX se encuentran con que han cambiado las reglas de juego, que las certezas que traíamos ya no nos valen».
En este sentido, el moderador de la charla, el escritor y periodista Sergio C. Fanjul, recordó el apagón del año pasado como la mejor muestra de la dependencia que hemos desarrollado de la tecnología sin darnos cuenta.

Pero lo bueno de los cambios es que permiten mejoras, y eso es por lo que aboga la escritora y poeta Sara Torres, en aprovechar el final de ciertas cosas para volver a reivindicar otras que perdimos por el camino, entre ellas, la dulzura.
Que el clima no admite relatos alternativos
Cuando llegó el turno de hablar del clima, Roberto Brasero, como buen hombre del tiempo, no pudo evitar hacer alusión a la agradable temperatura con la que Valladolid acogió al foro después de semanas de temporal en temporal. Ya en harina, el meteorólogo aludió a la experiencia personal de cada uno (sobre todo, de los que ya tienen cierta edad) como el mejor termómetro a la hora de rebatir a los negacionistas. «Solo hace falta acordarse de los inviernos de hace unas décadas para darse cuenta de que el clima ha cambiado». Brasero considera que los que niegan el cambio climático son minoría, aunque, eso sí, hacen mucho ruido. «Cuando uno de ellos es el presidente de los EEUU…».
Además de hablar y mostrar fotos de algunas de las maravillosas criaturas que viven en los fondos oceánicos —«tanto o más desconocido que el propio universo»—, la oceanógrafa Cristina Romera dio una de cal y otra de arena. Porque, aunque los daños en los ecosistemas marinos son evidentes y en algunos casos irreversibles, aún estamos a tiempo de actuar y evitar el punto de no retorno. El cambio de conciencia social se hace imprescindible para poder salvar a los océanos y, por ende, la vida en la tierra.
Al espeleólogo Sergio García-Dils le tocó, entre otras cosas, derribar algunos mitos sobre su disciplina. En primer lugar, el que lo asocia con lo claustrofóbico, algo totalmente incompatible, a su modo de ver, con la sensación que siente en numerosas expediciones cuando piensa que «quizá eres el primer ser humano que ve lo que estás viendo o que nadie ha pisado ese suelo antes que tú».

Que la fe y la ciencia chocan o conviven según cómo lo veamos
Tampoco en la ponencia titulada Ciencia y creencia: ¿son compatibles? se trató de encontrar un consenso. Para el periodista y escritor Pedro G. Cuartango la compatibilidad es posible al ser algo que atañe a las «creencias personales; y tantas razones hay para sustentar el fundamento científico de la existencia de Dios como para lo contrario. Nadie ha vuelto del más allá para decirnos lo que hay después de esta vida».
Por su parte, el biólogo y divulgador Diego Golombek prefería hablar de «coexistencia» más que de compatibilidad. «La base de la ciencia y la religión es diferente. La base de la ciencia es la evidencia; la base de la religión es la fe». Y sí, es cierto que hay científicos religiosos, aunque, para Golombeck, aquello que estudian las ciencias naturales pueden hacerlo solo en un nivel superficial porque, «si rascan un poco más, tienen que entrar en contradicción», explicaba.
Dolores Albarracín, psicóloga y profesora, sí habló de compatibilidad entre creencias y ciencia, aunque solo en el caso de religiones como el catolicismo. Otras, como las creacionistas, son claramente se anticientíficas.
Y que explorar —hacia fuera o hacia dentro— nos define como humanos
Y llegó el domingo, y con él el final del foro con una pregunta: «¿Y si nos mudamos del planeta?». Para Sara García Alonso, el deseo de explorar es inherente a la naturaleza humana, de ahí que saliéramos de África hace miles de años y fuésemos capaces de adaptarnos a otros continentes. Otra cosa es mudarse fuera de la Tierra, algo que, de ocurrir, cree que no será en el corto plazo.
La escritora y periodista Rosa Montero reprochó a quienes consideran un gasto innecesario todo lo relacionado con la investigación espacial. Y opina que muchos de quienes dicen que nunca explorarían otros planetas lo dicen por temor: «Hay como un miedo a ese vacío».
El neurocientífico Mariano Sigman coincidía con Montero al negar la dicotomía entre ciencia, creación e imaginación. Se puede mirar al cielo de forma científica y, además, poética, venía a decir. De hecho, Sigman confesaba que nunca había vivido la ciencia sin emoción. «Dividir el mundo entre ciencia, por un lado, como algo frío, y humanidades, por otro, es una mutilación y una imbecilidad», añadía Montero.
Los actores Irene Escolar y Javier Cámara y la cantante Alice Wonder fueron los últimos en subirse al escenario. A ellos les tocaba hablar de arte. Mientras que Wonder consideraba que la creación artística puede ser motivada por la necesidad humana de escapar de una realidad que se le queda pequeña, Escolar hablaba de esa parte del arte que, en ocasiones, es más real que la propia vida cotidiana.
Por su parte, Javier Cámara reflexionaba sobre la satisfacción personal que conlleva la creación artística: «En un proceso creativo siempre hay una energía que te lleva a un lugar donde eres no ya mejor persona, sino mejor creador, más atento al mundo, más presente, más colaborativo…».
Alice Wonder ponía punto y final al evento con su música, acompaña de las ilustraciones de Raúl Allen proyectadas en la pantalla del escenario. Era el ilustrador, precisamente, el encargado de desvelar el tema del Foro de la Cultura en 2027: el ego. Otro concepto cargado de inmensidad.
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