Las geishas son profesionales del entretenimiento que distraen a quien las contrata con distintas artes y destrezas. Entre sus herramientas más preciadas se encuentran sus habilidades de conversación: les sirven para mantener la atención de sus patrones desde la primera impresión hasta, en ocasiones, hasta veinte o treinta años después; y hacen que sean requeridas para presidir cenas y fiestas o acompañar a personajes importantes. Las buenas geishas saben estar y saben cómo hacer que los demás se sientan cómodos.
Algunas «geishas modernas» ofrecen ahora cursos y manuales que enseñan tácticas, técnicas y mecanismos de seducción emocional. Si pasamos por alto algunos detalles, como su orientación exclusiva a las féminas o el machismo implícito en el objetivo principal de algunos de estos cursos (encontrar marido y mantener su interés a lo largo de los años), esos consejos pueden aplicarse al entorno social moderno, al mundo laboral o a cualquier situación en la que se quiera convencer a alguien. Las nociones de retórica, narración y dialéctica que estudian y practican las geishas, adaptadas, son recomendables para todos aquellos que deseen sentirse como pez en el agua en cualquier conversación.
ENTRENAR TU CULTURA Y SER CURIOSO
Un buen conversador no se entrena solo en las conversaciones. Lo que hace que las geishas sean buenas conversadoras es que pueden hablar de casi todo: son personas cultas que leen mucho y pueden hablar tanto de temas sociales y políticos como de bromas y temas livianos.
Para ser un buen conversador hay que tener una actitud curiosa hacia la vida: solo así se acumularán anécdotas y conocimiento sobre los temas más variados que se podrán utilizar como referencia en futuras conversaciones.
Además, las geishas desarrollan otra habilidad: la de interpretar el estado de ánimo de sus interlocutores. Es decir, que no debemos hablar igual con todo el mundo, sino que es recomendable adaptar nuestro discurso a la receptividad de la audiencia para conseguir que todos los participantes en la charla se sientan cómodos.
INCORPORARTE A UNA CONVERSACIÓN YA EMPEZADA
Al incorporarte a un grupo que ya se encuentra conversando, es importante que interpretes su lenguaje corporal para deducir, en primer lugar, si desean que te unas a su conversación. Una sonrisa, una mirada o un ligero cambio de posición te bastarán para saber que eres bienvenido. Después, debes escuchar un rato y hacer tu aportación a la conversación solo de forma natural. Llegar con una información nueva interrumpiendo así el tema tratado puede resultar violento.
Las geishas pueden incorporarse a cualquier conversación porque saben escuchar. Así, si no pueden aportar algo a un tema, en cambio saben hacer las preguntas adecuadas: no tienen vergüenza de su ignorancia porque consideran que su deseo de conocimiento es algo positivo.
ENCONTRAR TEMAS DE CONVERSACIÓN
Sé ingenioso. Puedes ahorrarte todas las frases iniciales «de ascensor». ¿Por qué no comienzas directamente con una observación interesante o una pregunta original? Captarás la atención del otro y harás que ambos aprovechéis mejor los minutos que dediquéis a esa charla.
Cuando se reúnen varias personas, lo más habitual es que empiecen a hablar de algo que todas ellas tengan en común: el trabajo, un deporte… Pero es más enriquecedor intentar que esos temas no se alarguen e introducir otros no relacionados directamente con la actividad que los une. Hay varias formas de introducir nuevos temas: preguntar a alguien algo que no sabes sobre él, pedir más detalles sobre algo que sí sabes, contar algo sobre ti (solo si puede ser de interés para los demás), mencionar un tema general sobre el que seguramente todos tendrán algo que decir…
Intenta que todos se sientan incluidos: las geishas, por ejemplo, hacen preguntas para propiciar la participación de los más tímidos y que, así, nadie monopolice la conversación.
REFORZAR LAS IMPRESIONES DEL OTRO
Nadie desea ver su intervención «ninguneada». Asegúrate de responder de alguna forma a lo que dicen los demás antes de hacer tu propia aportación. Las geishas, por ejemplo, muestran su acuerdo con lo que han escuchado o preguntan algo al respecto.
Cuando alguien espera con impaciencia a que el otro termine de hablar para poder decir él su frase, eso se nota. Se nota aunque esa persona se moleste en asentir efusivamente de forma automática. Se nota porque, en cuanto el otro termina, esa persona comienza a hablar enseguida para que nadie más aproveche ese silencio para hacerse con el turno. Y porque repite demasiado expresiones como «pues yo» para forzar la conexión entre el tema tratado y el que él quiere incorporar. Según una de estas geishas que ahora publican sus consejos, «hay que escuchar pulcramente para dar la respuesta adecuada».
CUIDAR LAS PROPIAS INTERVENCIONES
Si son demasiado largas, los interlocutores se pondrán nerviosos: ellos también tienen cosas que decir. Obligarles a escuchar algo muy extenso es intrusivo. Si son muy cortas, les harás llevar el peso de la conversación y tu compañía no les aportará mucho. Encuentra el equilibrio, no solo en la duración sino también en la calidad de tus intervenciones: huye de los tópicos e intenta contar historias. Fíjate en los buenos narradores (esas personas que convierten cualquier hecho trivial en una emocionante historia) y en las personas ingeniosas. Selecciona temas de interés y no dudes en desechar otros, no hables todo el rato de ti y ameniza tu relato utilizando el humor, la intriga y la sorpresa.
Si lo que quieres es convencer, no abuses de las impresiones subjetivas y, en su lugar, intenta reforzar tu relato citando fuentes fiables y legitimadas.
Ten cuidado con la información personal que das sobre ti: valora primero la confianza que tienes con esas personas. Las geishas son muy conscientes de que cierta información puede volverse después en su contra.
Estas profesionales de la comunicación social no dudan en utilizar los elogios y tienen mucho cuidado con las críticas: no solo hacia las personas con las que hablan, sino también hacia personas ausentes. Si no tienes mucha confianza con tus interlocutores, da muy mala imagen que hables mal de terceras personas.
También es importante que cuides tu lenguaje corporal: mira a los ojos y procura repartir tus miradas entre todos los interlocutores. Si te diriges solo a uno de ellos, harás que los demás se sientan incómodos.