En su poema La conferencia de los pájaros, el poeta y sufí persa del siglo XII, Farid al-Din ‘Attar, describe el viaje que una multitud de pájaros –que representa a todos los pájaros del mundo– emprende hacia el monte Kafkuh. Es esta una montaña mitológica en la tradición iraní que representa el punto más alto del mundo. Viajan, guiados por la bubilla, buscando a su rey, Simorg, el rey de los pájaros. De todos los que empiezan el camino, solo treinta llegan al destino para conocer a Simorg y una vez allí descubren que el rey, en realidad, está dentro de ellos mismos.
En el poema, el viaje exterior, en el que se cruzan valles y montañas, resulta ser una travesía interior. Cada pájaro del poema representa un tipo humano que, con el viaje a través de los siete valles, se va desprendiendo de sus defectos y que, en el encuentro con el otro, alcanza el encuentro consigo mismo.
Algo así debería ser siempre, de una manera u otra, viajar. Y pocos lugares sorprende de manera tan drástica el efecto del viaje, el encuentro con el otro, como en Irán.
Irán es quizás uno de los países con la peor mala prensa de todo el mundo. La cobertura mediática internacional del país se limita a las atrocidades cometidas por el Régimen de los Ayatolás (que no son pocas), a las revueltas de una población que ansía más libertad, las idas y venidas con el Acuerdo Nuclear o su continua hostilidad con EEUU e Israel. Sin embargo, poco o nada nos llega de la vida cotidiana de sus gentes, más allá del hecho –cierto– de que las mujeres son forzadas a llevar velo permanentemente.
Con todas estas premisas, es normal que al compartir las intenciones de viajar al país, las reacciones vayan desde un «pero, ¿Iraq no está en guerra?» a «allí solo vas a encontrarte con fanáticos» pasando por «¿estás segura de que quieres aceptar la imposición de llevar velo aunque seas extranjera?».
Cuando Patricia Almarcegui decidió viajar sola por primera vez a Irán en el año 2005, quizás todavía no intuía que seguiría volviendo a lo largo de su vida. «Es extraño encontrar algo parecido a Irán», explica. Almarcegui reunió todas las notas que iba apuntando en los márgenes de aquel primer encuentro con el país persa en el libro Escuchar Irán en el que la viajera se funde con un país que, en el fondo, no resulta extraño a pesar del empeño, muchas veces, por mirarlo distinto.
«La visión que tenemos de Irán desde occidente es la misma que hace siglos. El islam genera miedo y los medios de prensa han repetido esa imagen de miedo sin cesar en Occidente, sin cuestionarla y sin interrogarla», añade.
Nada más llegar a EEUU para estudiar un máster, la joven iraní Maryam Ghadiri se dió cuenta de que al decir que era de Irán, las reacciones de la gente eran siempre las mismas: su país no era más que un conflicto político internacional. Después de que la experiencia se repitiese una y otra vez, llegó un punto en el que empezó a sentir cierto rechazo a confesar su origen.
«Los medios pueden ser muy poderosos a la hora de crear ignorancia y distorsionar la visión que se tiene sobre un determinado grupo de personas, nacionalidad o religión en los ojos del resto del mundo. Y esa visión puede llegar a ser tan fuerte que ese grupo de personas llegue a preferir ocultar su identidad», explicaba en una charla TED.
Para contraponer esa imagen distorsionada de Irán, en su opinión, Ghadiri movilizó las redes sociales para que fotógrafos iraníes compartiesen imágenes más fieles a lo que es la realidad de su país de origen. La llamó Irán más allá de la política y, según explica, a través de ella ha podido por fin hablar de su tierra sin necesidad de justificarse.
Cuando un lugar o un país se observa desde un solo prisma es fácil que todo lo demás permanezca en la oscuridad. No hablan los titulares sobre Irán, por ejemplo, de la maestría de sus gentes en el arte del pícnic. No hay trozo de césped, rotonda, calzada o minúsculo espacio libre al borde de un camino que no se preste al encuentro con el té y la comida sobre un mantel de plástico. No se insiste en mencionar tampoco la poesía activa que, desde la calle a las casas, consigue amalgamar a una sociedad, la iraní, especialmente diversa.
No hay hogar iraní en el que no haya un libro de poemas de Hafez –auténtico héroe nacional–, al que no solo veneran, sino que consultan a diario para encontrar en los versos un consejo, una premonición o simplemente un instante para el deleite del alma.
Sus poemas del siglo XIV asaltan todavía hoy las letras de las canciones de rock. Se olvidan las coberturas internacionales de nombrar esa innata tendencia de la gente en Irán a la conversación espontánea, al ofrecimiento sin límites, a la hospitalidad incondicional. No lo dicen las listas de los mejores países para viajar, pero coinciden los que viajan al país en que Irán es probablemente uno de los lugares con la gente más hospitalaria del mundo.
Sabela Montero es una joven gallega que lleva años viajando sola por el mundo y que sola llegó a Irán en 2014. «Nada más entrar en Irán tuve experiencias increíbles con la gente. Me sorprendió mucho la hospitalidad que me encontré. Me habían hablado de ella, pero jamás imaginé tal magnitud. Tengo decenas de bonitas anécdotas de personas que me ayudaron muchísimo, que me pagaron taxis, autobuses, tarjetas telefónicas, refrescos, comida… Algo realmente increíble; una amabilidad desbordante y una acogida sin igual», explica.
En 2013, la escritora y periodista inglesa Lois Pryce cruzó la frontera de Irán desde Turquía para recorrer los 4.800 kilómetros que distan hasta el mar Caspio. A lo largo del camino se encontró con increíbles paisajes y pueblos de ensueño, pero por encima de todo, se quedó impactada por la gente. «Cualquier guía te indicará las relucientes mezquitas, palacios y jardines antiguos, pero la atracción más destacada de Irán es su gente», explica en el libro que escribiría después.
«Por todo Irán, no dejé de encontrarme al borde de la carretera con extraños que me invitaban a quedarme en sus casas. Tan pronto como entraba por la puerta, empezaba a llegar la comida: platos de melón fresco, dulces y nueces servidos con té, siempre con té. Comidas de pan con salsas de yogur seguidas de guisos, sobre montones de tadig, el arroz persa crujiente y empapado en mantequilla. Le pregunté a un hombre sobre la hospitalidad iraní. «Las personas deben cuidarse mutuamente», me dijo, con una expresión seria. «No importa de qué religión seamos»», añade.
Para Montero existen pocos destinos donde se haya sentido más segura y, sin embargo, incluso los propios iraníes se sorprenden de recibir visitas extranjeras. «Son muy conscientes de la imagen que la prensa internacional da de su país, que los ponen como demonios, y que mucha gente lo confunde con Irak», añade. De ahí que la pregunta más frecuente con la que cualquier persona iraní te asalta por la calle sea precisamente: ¿qué opinas de Irán?.
«Cada día terminaba en mi bolsillo con dos o tres tarjetas de personas que había conocido por la calle y que me habían dicho que si tenía cualquier problema o necesitaba ayuda de algún tipo, les llamara. Y créeme que no querían nada a cambio, solo ayudar», explica Dessy Rumenova, una joven de origen búlgaro que ha recorrido sola más de 60 países y que al compartir la experiencia de su viaje por Irán, durmiendo siempre en casa de desconocidos a través de la plataforma Couchsourfing, a menudo se encuentra con cierta resistencia.
«Para mí, viajar por Irán ha sido mucho más seguro que viajar por Estados Unidos, por ejemplo, aunque a la gente a la que se lo digo le cueste creerlo por la propaganda que se ha hecho de ambos países», explica.
No es fácil cambiar la narrativa dominante sobre un país, un grupo social o incluso un hecho histórico determinado. En Irán, además, se ha insistido demasiado en reducir una sociedad entera al limitado margen de las decisiones políticas impuestas por su régimen. No es difícil, sin embargo, que en un par de conversaciones el viajero descubra enseguida que existe un Irán oficial, cargado de estrictas normas y códigos de conducta, y el Irán no oficial, el de la intimidad de las casas o el grupo de amigos, donde sucede todo que está prohibido.
Donde las mujeres se quitan el velo (las que eligen quitárselo), las familias escuchan la música prohibida, ven los canales de televisión prohibidos, leen los libros prohibidos, disfrutan de las relaciones extramatrimoniales prohibidas o beben el alcohol de contrabando. No quiere decir que en todos los hogares esto tenga que ocurrir, pero es fácil descubrir que en ese otro mundo no oficial, todo lo que está prohibido simplemente sucede.
El cine iraní ha sido particularmente creativo a la hora de hacer convivir en la pantalla ambos mundos –el oficial y no oficial– a base de recorrer, eso sí, la finísima línea del disimulo que le permite (algunas veces) librarse de la censura. En una entrevista, Asghar Farhadi, cineasta iraní ganador entre otros muchos premios de dos Óscar por Nader y Simin, una separación y El viajante, explicaba que en sus películas trata de encontrar siempre la manera de mostrar lo esencial sin decirlo muy alto, para que sea el propio público el que interprete por sí mismo.
«Creo que el arte frente a la censura es como el agua frente a la piedra. Cuando colocas un obstáculo, como una piedra, en el camino del agua, el agua se abre paso a su alrededor. Esto no significa estar de acuerdo con la censura, por supuesto. Pero una de las cosas que hace la censura, sin querer hacerlo, es que te hace ser creativo», explicaba.
Pese a que cada vez más gente viaja al país persa y que, en la gran mayoría de los casos, los viajeros comparten experiencias maravillosas, la imagen estereotipada del país sigue prevaleciendo. Al compartir en su blog un post sobre su viaje, Eva Abal, que también ha viajado por Irán sola, se encontró con una sorpresa.
«Cuando publiqué el artículo de 10 respuestas a 10 preguntas antes de viajar a Irán se viralizó y acabé recibiendo todo tipo de insultos y ridiculizaciones por contar mis impresiones. Nunca he censurado comentarios en la web excepto en esta ocasión, porque desafortunadamente hay mucha gente que habla y critica sin saber, y el odio y las impresiones de terceros les hacen generarse una opinión totalmente sesgada y cegada», explica.
El 60% de los cerca de 82 millones de personas que engrosan la población de Irán tienen menos de 30 años. Absolutamente conectados a las redes sociales –principalmente Instagram y Telegram–, son precisamente los jóvenes los que cada vez más tratan de desmarcarse de esa imagen exterior con la que no se sienten identificados. See you in Iran (Te veo en Irán) es una página de Facebook creada por un grupo de jóvenes de Teherán con la que buscan confrontar los estereotipos sobre su país a base de presentar sus propias narrativas a las personas interesadas en viajar allí.
«Queríamos intervenir los imaginarios y las ideas que existen sobre Irán, cuya fuente principal ha sido una especie de iranofobia respaldada por los medios occidentales y por las élites políticas. Con el grupo queríamos ofrecer una vía alternativa de encuentro entre personas iraníes y no iraníes que abriese nuevos espacios para la creación, la interacción y la organización desde Irán», explican.
Hoy, más de 140.000 personas comparten a diario información útil sobre la experiencia de viajar en Irán o cualquier tipo de duda a la que inmediatamente se obtiene respuesta. El grupo ha tenido tal éxito que sus jóvenes iniciadores han abierto un precioso hostal en la capital iraní para, como explican, «eliminar las fronteras, las desconexiones de la diáspora y otras limitaciones que obstaculizan el contacto directo entre los locales y los viajeros».
Hermosa tu Narración.las imágenes bellas.mil gracias!!!
Estuve en Irán el año pasado y casi se me saltan las lágrimas por tu artículo. Qué gente más increíble!!!!
Muy interesante el artículo. Siempre hay gente a la que le gusta criticar, muy corta de miras, que solo ven lo que tienen enfrente…no son capaces de hacer un barrido de 180º para ver más allá, y tampoco les interesa hacerlo. Saludos
me encantó el artículo! Tengo muchas ganas de conocer Irán. Gracias por tus impresiones, saludos!