Era el momento del almuerzo en la casa de los Verne. La hora de las comidas en esa familia era una estricta religión. Ni tardanzas, ni ausencias. Pero ese día de verano de 1839 uno de los hijos, Julio, faltó a la mesa.
La ausencia solo podía deberse a una tragedia. El padre, angustiado, salió a la calle en busca de aquel niño de 11 años. Preguntó a todo el mundo que vio a su paso y un marinero le dijo que había visto al chaval embarcarse con dos grumetes en el Coralie.
Pierre Verne subió a un buque de vapor que lo llevó desde Nantes hasta Paimboeuf para atrapar a Julio antes de que zarpara el barco que lo llevaría hasta la India. El padre llegó a tiempo para echarle el guante y volver juntos a su hogar.
El niño que desde muy pequeño quería ser marino recibió unos cuantos latigazos ante toda su familia. La aventura de visitar aquellas tierras exóticas sobre las que tanto había leído acabó en una dieta de castigo a pan y agua.
El único perdón que los padres admitieron al niño fue pronunciar este juramento:
«A partir de ahora solo viajaré en sueños».