Adrián Olmedo era un niño que estaba aprendiendo a bucear. En una de sus zambullidas, vio una piedra en el fondo del mar y le gustó tanto que decidió sacarla a la superficie y regalársela a su madre, que estaba en sentada en la arena leyendo. Su madre era Care Santos y guardó aquella piedra como si fuera un tesoro.
Muchos años después, el regalo de su hijo aún permanece en la mesa de su escritorio. «¿Pero aún la conservas?», le preguntó Adrián un día en que fue a visitarla. «Claro — respondió Care—, es el mejor regalo que me han hecho nunca». «Pues deberíamos escribirle una historia», propuso Adrián.
Así nació Kö, la historia más grande jamás contada, escrita a cuatro manos por madre e hijo, que ha sido galardonada con el XXIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.
El proyecto se convirtió en un reto desde el primer momento. Primero, por la historia: convertir en protagonista de una novela a una pequeña piedra basáltica incapaz de moverse por sí misma y que se limita a ver la vida pasar. Después, porque escribir a cuatro manos, con la diferencia generacional entre ambos autores y con estilos muy diferentes, no parecía una tarea fácil.

Tampoco parecía sencillo aunar dos lenguajes narrativos tan distintos. Care Santos es novelista y, ocasionalmente, autora de cuentos infantiles. Adrián Olmedo es guionista y cineasta. Ella contaba con gran experiencia literaria. Él se enfrentaba a su primer proyecto ajeno al guion, y, además, para niños. Pero cuando hay conexión y ganas entre ambas partes, todo acaba fluyendo. Olmedo confió plenamente en su madre y se dejó guiar por su experiencia, aunque aportando también su propia visión y su forma de contar. Care vio en su hijo al cómplice perfecto para escribir un cuento que, de alguna manera, era autobiográfico. Y salió bien, a pesar de los diferentes lenguajes de uno y otra. Al fin y al cabo, como afirma Adrián, «escribir es escribir».
«Bueno, yo creo que hay dos cosas —apuntilla Care Santos—. Una es la parte técnica, más práctica y propia de cada lenguaje, que requiere un oficio y un aprendizaje y donde, sí, la experiencia a veces suma. Pero en otras ocasiones la experiencia también resta espontaneidad. Y luego está el hecho de contar historias. Y contar historias no depende tanto del lenguaje, depende de las ganas que tengas de contarlas, de lo que tengas que decir, de tu capacidad para inventarlas o para imaginarlas».
En eso, ambos tenían ya un máster. Al fin y al cabo, llevaban toda la vida compartiendo vivencias y relatos. A ello se suma la complicidad entre ambos, compartir un sentido del humor muy parecido y una historia propia, la de aquel regalo rescatado del fondo del mar, que había llegado el momento de contar.

Escribir para público infantil
Pero escribir para niños no es fácil. Sobre todo, cuando tu mundo ya es completamente adulto. Care, incluso, había decidido dejar de escribir para este tipo de público.
«La clave de escribir para niños está en tener una maravillosa buena idea —sentencia la coautora de Kö—, una historia poderosa, más que cualquier otro elemento. Una idea buenísima es cara de conseguir, eso es lo más difícil, yo creo, de la literatura. Por eso es tan difícil la literatura para niños, porque ideas magníficas hay pocas. Pero, en este caso, la historia era un relato que merecía la pena contarse; y, además, merecía la pena que le metiéramos mano los dos. Es una historia que nos afecta a los dos porque nació de ambos, por eso teníamos que contarla juntos. Y para mí esa es la diferencia fundamental».
Luego, añade, es importante tener en cuenta otras cosas: no complicar excesivamente la forma, utilizar un lenguaje que tus lectores infantiles puedan entender. Por supuesto, saber ponerse a su nivel, «recordar cómo eras de niño; recordar cómo eran tus hijos de niños. Y, en mi caso, la literatura infantil casi siempre es inseparable del humor. Cuando mis hijos eran pequeños, también utilizaba mucho el sentido del humor, porque el humor es una distancia, pero también es una forma de ver las cosas sin tremendismos y sin tragedias».
«A mí hay una frase lapidaria, no del todo cierta, que me gusta decir, que es que escribir para niños es como escribir para adultos, pero sin palabrotas —afirma Adrián Olmedo para remarcar las palabras de su madre—. Porque lo que he descubierto es que escribir para niños no significa ser más blando. Hay historias durísimas que están orientadas a ellos. Lo que cambia es la comprensión con la que se escribe. La del entendimiento de que estás escribiendo para un público que no tiene tanto vocabulario, que necesita las cosas contadas de una forma más sencilla; y eso te limita tanto a nivel de vocabulario como a nivel de recursos literarios y de forma».

El proceso de creación
Ahora que tenían claro sobre qué iban a escribir y que lo harían a cuatro manos, había que empezar a darle forma. Una piedra tiene una historia muy larga, de miles y miles de años. Así que había que organizar cómo contarla y por dónde empezar.
Adrián se encargó de hacer el esquema del relato, con una cronología de las etapas de la formación de la Tierra hasta la vida actual. Y, a partir de ahí, se repartieron los capítulos. Ambos coinciden en afirmar que todo fue mucho más fácil de lo que pensaban e imaginaban en un principio. Lo complicado, afirman, estaba ahí, en la organización y estructuración del guion, saber qué iban a contar y cómo. Una vez hecho, escribir fue rápido y ágil. Y cuando alguno de los dos encallaba y no sabía cómo seguir, el otro salía al rescate.
«Yo tengo otras dos experiencias de escribir libros a cuatro manos y sé que hay veces que se complica mucho. Y aquí había ingredientes para que se complicara —comenta Care Santos—. No sé, su juventud, la diferencia de edad, incluso la diferencia de experiencia. Y, en cambio, no fue así, pues fue interesante comprobar que tenemos formas de trabajar muy parecidas».

«A los escritores les encanta ser los dioses de los mundos que crean, tener control completo de todo lo que pasa en su obra, y en el momento en el que entra un segundo escritor… —explica Adrián Olmedo—. Hay muchísimos escritores que no son capaces de hacer la necesaria acción de dejar a un lado el ego para poder crear algo en conjunto. Al final, tiene que ser también que cuajen dos escritores para escribir. Me da la sensación de que es una cuestión de comunicación y de trabajo en equipo que no abunda».
Y eso es lo que ha habido entre estos dos creadores, comunicación y mucha complicidad. Para Adrián, su madre no solo era la coautora de la novela y aportaba la experiencia narradora, sino que también se convirtió en su mentora, poniéndole retos continuamente para sacarle de su zona de confort. Para Care, su hijo se convirtió en el elemento clave a la hora de crear los diálogos y aportar una frescura que, en ocasiones, rompía el guion que habían preestablecido para dar giros inesperados a la historia. Como cuando, sin avisarla, decidió que la piedra se rompería en dos mitades. «Una vez ya superado el primer momento de “esto no estaba previsto”, me di cuenta de que era una escena maravillosa y era una metáfora también estupenda de la vida. De cómo todos nos rompemos y nos reconstruimos, y tenemos que seguir adelante», recuerda Care.
En opinión de Santos, la novela se enriqueció mucho gracias a las distintas experiencias y habilidades que aportaba cada uno de ellos, y, sobre todo, de la confianza que iban ganando,
«Eso siempre pasa —afirma—. Cuando empiezas una novela no sabes muy bien a dónde vas; y si sois dos, pues todavía menos. Pero luego vas entendiendo qué es lo que estás escribiendo y te vas creciendo. Y creo que eso también fue muy bueno para la novela. Luego, claro, tienes que volver al principio, que es lo que siempre hacemos todos los novelistas, escribir los primeros capítulos al final. En este caso también, porque, además, los primeros capítulos eran dificilísimos».

Una historia aburrida
En la memoria de ambos quedan las conversaciones, a veces discusiones, sobre cómo continuar o cómo hacer que la historia de aquella piedra fuera interesante. Esos primeros capítulos les resultaban aburridísimos. Habían elegido una protagonista absolutamente pasiva que tenía que esperar a que ocurrieran cosas. Incluso llegaron a plantearse si el proyecto merecía la pena. Hasta que encontraron el tono.
«En algún momento empezamos a pensar «Oye, ¿y si incorporamos el viaje del héroe de Joseph Campbell en la progresión narrativa de la historia?». Y eso creo que es lo que nos acabó salvando el culo, la verdad», cuenta Adrián.
«Claro, porque es recurrir a una estructura narrativa de eficacia probada, que está desde los mitos griegos hasta en la Guerra de las galaxias. Y aplicarla al viaje de la piedra (claro, a escala) funcionó muy bien cuando se nos ocurrió eso. Era estar esperando a que empiece la aventura, el sabio que te orienta en el camino, el primer reto… hasta el final, que es volver a casa con todo lo aprendido, más sabio de lo que saliste, para aplicar el conocimiento en lo que te queda de vida».
Superado el escollo, todo les resultó ya más divertido. Idear personajes absurdos, a la vez que filosóficos, como el sapo sabio; el humor que surgía de los contrastes en ese y otros protagonistas; inventarse los nombres con los que Kö iba llamando a cuanto se encontraba en su camino…

El humor y la locura de las ilustraciones de Óscar Llorens
Pero una buena historia se hace aún mejor cuando la acompañan unas excelentes ilustraciones. En el caso de Kö, el encargado de dibujar el mundo de la protagonista y cuanto le rodea ha sido Óscar Llorens.
Él fue la primera opción que eligieron de todas las que les propusieron para ilustrar el libro. Amor a primera vista, afirman Adrián y Care, una chispa que les hizo decir casi al unísono «este es el aspecto que queremos que tenga nuestra piedrecita».
«Este mundo de Óscar, que casi dibuja el caos, le venía muy bien a nuestro libro —explica Care—, porque yo creo que sí que puede haber humor en una ilustración. Y Óscar tiene un estilo también con mucho sentido del humor».
Tras Kö, la historia más grande jamás contada, Adrián Olmedo ya está trabajando en un nuevo proyecto en solitario, esta vez, un libro de relatos para adultos. Sin embargo, ni él ni Core Santos dejarán de trabajar juntos. De hecho, ya están ideando más libros para niños. «Le hemos pillado el gustillo a esto».






