«William James, padre de la psicología americana, nos cuenta de la reunión con una anciana, que le dijo que la Tierra estaba ubicada en la espalda de una tortuga enorme».
―Pero, mi querida señora― le preguntó el profesor James, lo más cortésmente posible― ¿qué es lo que sostiene a esta tortuga?
―Ah― dijo― eso es fácil. Se sostiene en la espalda de otra tortuga.
―Ah, ya veo ―dijo el profesor James, todavía siendo cortés.― Pero sería usted tan amable de decirme ¿qué es lo que sostiene a la segunda tortuga?
―No sirve de nada, Profesor ―dijo la anciana, al darse cuenta que estaba tratando de llevarla a una trampa lógica.―¡Son tortugas, tortugas, tortugas todo el tiempo!
«No se apresuren a reírse de esta viejecita. Todas las mentes humanas funcionan en principios fundamentalmente similares. El universo de la anciana era un poco más raro que el de la mayoría, pero fue construido sobre los mismos principios mentales, iguales a otros universos en los que la gente ha creído».

1wils
Robert Anton Wilson

El genial escritor Robert Anton Wilson escribió originalmente este texto, que luego se convertiría en libro, en 1978 para una universidad alternativa de California llamada Paideia, de esas que «el Estado clasificaba en una escala de Experimentales a Total Basura». Este tipo de centros de enseñanza, que procuran conservar el colosal potencial de nuestro cerebro al nacer, parecen hoy día cosa de mera ficción. Muchos pedagogos tienen la certeza de que, a lo largo de los años, los distintos estados se han afanado en mantener un sistema educativo ajedrezado e inflexible.
Durante siglos, el aprendizaje fue un ritual fascinante en torno a la duda, que se fue volviendo progresivamente más diminuta y reglada. Si uno quería instruirse en algo, simplemente buscaba a alguien que supiera más que uno mismo y trataba de aprender de él. Pero con la revolución industrial nacería un nuevo patrón educativo con una lógica aplastante: concentrar a todos en una rentable cinta transportadora. Demos la bienvenida al modelo fábrica.
«Venimos de una escuela extensiva cuyo objetivo era la erradicación del analfabetismo. Hoy, se ha superado esa situación, se ha cambiado esa realidad, pero se mantiene el mismo modelo», apunta el profesor José Carlos Aranda, autor del libro Inteligencia Natural. «El desarrollo cognitivo es necesario, pero sin hacer sentir fracasados a los niños en el proceso. Se requiere más campo, más cariño, más motivación. Sin autoestima, el cerebro no está receptivo ni siente curiosidad».
Pero ¿receptivo a qué?
En una sesera ingenua podemos meter de todo. Anton Wilson fracciona en dos la mente humana: el Pensador y el Demostrador. La Historia demuestra que el Pensador puede pensar virtualmente casi cualquier cosa: que la Tierra es plana, que flota en el espacio o que está suspendida sobre las espaldas de infinitas tortugas. El Pensador se puede pensar a sí mismo viviendo en un universo colmado de paradojas o en uno limitado y sistemático. Cualquier cosa que el Pensador piense, el Demostrador lo comprobará. «Educamos en las respuestas cuando lo realmente importante es educar en las preguntas. Cuando educamos en las respuestas ofrecemos un universo finito de conocimiento, es la instrucción finita. Cuando educamos en las preguntas abrimos la puerta de la curiosidad y del aprendizaje infinito», opina Aranda.
Pero ¿qué ocurre si un alumno no destaca en comportamientos útiles, como el orden, la conformidad y la coincidencia con el resto?
La primera consecuencia, la latente, es que el pensamiento divergente puede ayudar a ese estudiante a ser creativo, a ser hábil en la revelación de infinitas posibilidades paralelas. La segunda, la explícita para el resto de la comunidad, es que ese crío sufre algún trastorno. También puede suceder que algún educador desdeñe estos preceptos y no le importe en absoluto que sus pupilos no sean buenos trabajadores ni que vivan para acatar instrucciones. «Ponemos nota de matemáticas, pero no ponemos nota de creatividad o inventiva. Sin embargo, la práctica continua de la imaginación potencia el pensamiento lateral. Su adiestramiento favorece la inteligencia social y la resolución de conflictos», explica el profesor.
En 1956, el director de IBM, Louis R. Mobley, quiso alterar la forma de razonar de sus trabajadores. Redujo una interminable sucesión de informes financieros a una configuración inédita de pensamiento creativo. «Cuando el profesor cierra la puerta es como cuando se apagan las luces en el teatro: empieza la magia», indica Aranda. «Los profesores tenemos unos parámetros de actuación, pero nada te impide crear equipos en torno a un proyecto común, para obtener un centro maravilloso inspirado en principios muy válidos».
Así germinó precisamente la escuela de ejecutivos IBM. Allí, como cuenta un artículo publicado en Forbes, los estudiantes no leían, no hacían exámenes, no memorizaban ni eran aleccionados en un rosario de respuestas lineales. Diseñada como una experiencia perturbadora de doce semanas, arrojó muchas mentes de directivos fuera de su habitual zona de confort, conduciéndolos, en ocasiones, a la exasperación. Mobley sabía que solo esa punzada de revelación podía desatar la agudeza creativa.
De hecho, el shock y el pánico también fueron herramientas de apertura a modos alternativos de cavilar. Mobley creía que, como una oruga se transforma en bella mariposa, la creatividad requiere una metamorfosis del individuo, mucho más que un mero aprendizaje. Así, esta escuela era un inmenso espejo donde muchos talentos soñadores reflectaban sus ideas, sin sentirse ridículos ni acomplejados. El fundamento base era que los estudiantes tenían licencia para equivocarse. No existen las malas ideas, solo castillos de percepciones dispares que se dirigen a la cúspide del intelecto.
«El comportamiento es generativo, como la superficie de un río caudaloso, es inherente y continuamente inédito… fluye y nunca deja de cambiar. Pero esta autorregeneración solo vira hacia la creatividad cuando eso tiene valor para el resto de la comunidad».(Robert Epstein, Psicología hoy, 1996)
España, más de 120 años atrás. Un pedagogo promulga: No a los libros (de texto). Clases conversacionales, métodos intuitivos y contacto con la vida real.
1giner
Francisco Giner de los Ríos

Aquel iluso era Francisco Giner de los Ríos, creador del Instituto Libre de Enseñanza, un proyecto frustrado que pasó de idea sublime a mera anécdota histórica cuando el régimen de Franco, años después, puso en marcha su proceso de depuración del magisterio español. En sus escritos, quedan para el recuerdo las recomendaciones de no imponer la «mera repetición mecánica de cosas que el niño no entiende», para «estampar en su memoria una frágil, muda e inanimada imagen que poco a poco se borra y desaparece». La ILE insta, por el contrario, a despertar la reflexión del discípulo con el objetivo de que «forme su conocimiento por sí mismo».
Leyendo esta crítica, uno percibe que el mecanismo dogmático y pasivo que preside nuestra enseñanza, propiciado por un hacinamiento heterogéneo de alumnos y lecciones de memoria, es exacto al de hace más de un siglo. Como resalta el profesor Alejandro Mayordomo en su artículo, La ILE como proyecto socio-educativo y pedagógico, ya en 1881, Giner hablará de la conversación animada, frente a los interrogatorios solemnes; la investigación personal en común, en vez de las exposiciones dogmáticas; la palabra viva, en lugar del libro de texto; la dirección individual de cada alumno, reemplazando a la masa.
¿Dónde quedó aquello del alumno vivo, que se mueve, habla y argumenta? «En la necesidad de homologación de criterios. Si a través de la educación vas a obtener una titulación que te capacite para un desarrollo profesional, necesitamos establecer unos parámetros mínimos que garanticen la igualdad de oportunidades: mismos temarios, mismo tiempo, mismo desarrollo… Y esto está bien a determinadas edades, digamos que puede ser el punto de llegada, pero no el punto de partida en todo el proceso educativo porque las diferencias de evolución de los distintos individuos pueden variar mucho. Cuando logramos que alguien se sienta un inútil y un fracasado, estamos condenando su futuro», determina el profesor Aranda.
El objetivo de la educación parece ser, en definitiva, incrustar a la persona en un sistema socioeconómico predominante, fomentando sus posibilidades de éxito dentro de tal sistema, dejando de lado su desarrollo individual. Frente a la necesaria alerta de un pensamiento crítico, el avasallador poder de la racionalidad instrumental es ahora más fuerte que nunca. Con el gobierno actual, la filosofía, la música o la educación plástica ya no se evalúan en el informe PISA. Puede que quieran tapar la hemorragia con un paño caliente. Prevenir futuros brotes de utopía radical embruteciendo el sistema educativo.
La paradoja se está convirtiendo en algo cada vez más y más residual. Estamos cada día más lejos de una nueva realidad colectiva, carente de la impronta de una autoridad absurda e ilícita. Volvamos a un fragmento del gran Anton Wilson, que ha luchado siempre por la desprogramación de la mente estandarizada.
El modelo unívoco de realidad como principal estorbo. La gran leyenda de la objetividad como imposición de una creencia unidimensional y excluyente:
«Es, es, es —la idiotez de esta palabra me persigue. Si fuera abolida, el pensamiento humano podría empezar a tener sentido. Yo no sé lo que es nada; solo sé lo que me parece a mí en este momento».

Último número ya disponible

#141 Invierno / frío

Sobre nosotros

Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

Suscríbete a nuestra Newsletter >>