La nueva vida de la ‘máquina del millón’

Olor a tabacazo pegándose a las paredes, luces, corrillos alrededor de la partida más intensa del local, docenas de bandas sonoras mezcladas en una melodía caótica, el movimiento de caderas frente a la máquina, el sonido de una bola plateada golpeando un bumper. La imagen parece sacada directamente de un salón recreativo de hace veinte años, pero esto está sucediendo ahora mismo en Madrid. Y se repite cada fin de semana.

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Es sábado por la mañana, y unas treinta personas se han reunido en el Club de Pinball de Madrid para organizar una liguilla. La media de edad supera fácilmente los cuarenta. El club es privado y solo tiene once miembros, pero todos los meses invitan a otros amantes del petaco para que disfruten del centenar de máquinas que tienen funcionando en una nave industrial en la periferia de la capital. La nostalgia y la pasión de un grupo de coleccionistas y aficionados hace que una parte de la cultura popular que muchos dan por muerta resucite cada semana.

En los últimos años, el coleccionismo de máquinas de pinball ha crecido y los precios del mercado de segunda mano se han disparado. Algunos hablan de burbuja. Pablo Crespo, uno de los miembros del club madrileño, inauguró su colección hace ocho años con la máquina de Indiana Jones. Ahora tiene unas noventa. “La mayoría de los pinballs que tengo son españoles, electromecánicos, de hace treinta años”, cuenta. “Emocionalmente estoy más unido a los pinballs antiguos”. Las máquinas ‘ochenteras’ fabricadas en España ocupan buena parte de las cuatro hileras de muebles que hay en el local, pero también hay muchas basadas en blockbusters de los noventa y algunos muebles nuevos manufacturados por Stern, el único fabricante de la época dorada del pinball que sigue en activo. Es un auténtico museo.

Yorokobu-Pinball-(8)En España hay otros clubs de amantes de la ‘máquina del millón’ que también juntan a un buen número de aficionados, como el de Valencia, aunque no se puede comparar con el boom que está viviendo en Estados Unidos. El pinball es más yanqui que desayunar gofres y tener pistolas en la mesilla de noche, pero su condición de símbolo americano no le ayudó a esquivar la crisis de los recreativos a finales de los 90 y en los primeros 2000, cuando casi todas las empresas dedicadas a los flippers se fueron al garete. Ahora los estadounidenses están recuperando su amor por estos cacharros y al otro lado del charco se está produciendo un auténtico renacer del pinball: la reventa vive un momento dulce. Jersey Jack, un fabricante recién nacido en estas tareas, puso su primera máquina en el mercado en abril; la vieja Stern Pinball ha logrado vender miles de unidades de su máquina de AC/DC, y The New York Times contaba hace algunos meses que las máquinas de bolas vuelven a meter ruido en los pubs de la Gran Manzana.

Jody Dankberg, de Stern, dice que el pinball “ha tenido muchas muertes”, pero está recuperando popularidad: “En Estados Unidos, el mercado de los bares está subiendo como la espuma y la venta a coleccionistas están marcando cifras récord”. Señala que Gary Stern, el propietario de la empresa, lleva toda la vida en el negocio del pinball y que no tuvo otra opción que seguir adelante cuando vinieron las vacas flacas. “Stern se adaptó y entre los años 2007 y 2010 sobrevivió con lo justo”, explica; “después fue capaz de resucitar y ha vuelto a abrir el mercado de las máquinas de moneda”.

Álex, miembro del club de pinball madrileño, se resiste a hablar de un resurgir de estos juegos en España. Es cierto que hay más actividad que hace unos años, pero no cree que haya más afición, sino más comunicación. Los amantes del pinball siguen siendo los mismos de siempre, dice, pero internet les ha ayudado a ponerse en contacto y a acceder con más facilidad a las máquinas de segunda mano. Aunque Álex le reste importancia, es difícil negar que el coleccionismo, los clubes, las liguillas y los foros ayudan a conservar un juego que para un par de generaciones de chavales ya no es más que una aplicación de iPad.

La fábrica de petacos

Las colecciones y las quedadas de colegas no son lo único que mantiene con vida el juego de las pelotas (perdón). Antonio Ortuño estuvo a punto de comprarse una máquina para colocarla en su casa, pero canalizó su nostalgia por otra vía: optó por fabricarla él mismo. “Le pregunté a mi mujer si prefería que la comprara o que la construyera”, cuenta, “ella me dijo que lo que fuera más barato y le contesté que lo más económico era fabricarla. Me equivoqué”. Con el tiempo, su historia se complicó: empezó montando un flipper por afición y acabó comprometiéndose a construir veinte máquinas por encargo. Yorokobu-Pinball-(3)

Antonio es ingeniero informático y tiene conocimientos básicos de electrónica, pero le llevó un par de años montar las tripas de su máquina. “Tuve algunos experimentos fallidos, porque hay que controlar una tensión bastante alta”, explica, “Una vez lo encendí y parecía un árbol de navidad, con chispas por todos lados”. Después de tener controlado el funcionamiento interno de su pinball, decidió dedicarlo al Capitán Nemo, el protagonista de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Encargó el arte que decora el tablero y el mueble al artista Gustavo Díaz y empezó a darle forma al diseño del juego.

Mientras definía las reglas del juego, Antonio buscaba que fuera divertido para el jugador, pero también intentaba que los movimientos de la bola por la mesa contaran una historia. “Hay una rampa que hace una media luna”, cuenta, “asocié ese movimiento circular al Maelstrom, un remolino de agua de la costa de Noruega que aparece en el libro. Por eso lo puse. También tengo un carril en el que la bola pasa por debajo del tablero”, continúa Antonio, “coloqué una ventana transparente para que se viera la bola y eso también está relacionado con un pasaje del libro en el que el Nautilus pasa por la corriente del Golfo”.

Antonio enseñó su proyecto al mundo a través de internet y en algunos eventos internacionales dedicados al petaco, y la acogida fue muy buena: su máquina llamó la atención de varios coleccionistas y le encargaron veinte, la mayoría en Estados Unidos. Pero Antonio trabaja solo, en el sótano de treinta metros cuadrados de su casa de Murcia, cuando su empleo como programador se lo permite. El ‘Capitán Nemo’ solo avanza en su tiempo libre, por las tardes y durante los fines de semana.

Sacar adelante un proyecto de esta envergadura en solitario no es fácil y parece lógico que se produzcan retrasos, pero algunos compradores han perdido la paciencia y se han echado atrás. La máquina todavía no está lista. “Estoy a la espera del tablero”, dice Antonio, “lo están fabricando en Alemania y llevan siete meses de retraso”. Hasta que no tenga el tablero, no puede montar nada. Cuando llegue esta pieza, cree que podrá empezar a instalar su ‘Capitán Nemo’ a buen ritmo, al menos una máquina por semana.

Aunque a Antonio no le gusta hablar de su pinball como algo artesanal (dice que tiene las mismas herramientas que todo el mundo y que encarga las piezas a empresas especializadas), lo cierto es que el discreto tamaño de su proyecto contrasta con otros más ambiciosos, como Heighway Pinball, una compañía británica que empezará a producir máquinas el año que viene para asaltar el diminuto mercado de los pinballs operados con monedas.

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Andrew Heighway, el fundador y director de la compañía, explica que en los años noventa, alrededor del 95% de los pinballs se vendían a operadores, empresas que se dedican a colocar máquinas en bares, pubs y salones recreativos y comparten las ganancias con los dueños del local. Ahora, el mercado del pinball es solo un 5 o un 10% de lo que era hace veinte años, pero las cuotas han cambiado: el coleccionismo y la segunda mano acaparan la mayor parte de las ventas, mientras que los operadores suponen menos de un 30% del mercado. “He creado esta empresa para intentar que el pinball deje de ser minoritario y vuelva a ser mainstream”, explica Andrew, “La comunidad de coleccionistas es grande, pero hay una generación de potenciales aficionados que ya no juega al pinball”.

Andrew dice que los pinballs daban demasiados problemas a los operadores y muchos acabaron centrándose en las tragaperras, los billares o los dardos, con los que ingresaban más dinero con mucho menos mantenimiento, pero cree que podrían volver a fijarse en el pinball si se les ofrece el producto adecuado. Por eso apuesta por hacerlos más baratos y más sencillos de reparar para que el operador trabaje con más comodidad y para que el dueño del bar no tenga la máquina parada durante días por una avería. Además, el sistema que ha diseñado permite renovar el juego del artilugio cambiando unas cuantas piezas. De esta forma, Andrew intenta evitar la dura competencia de Stern y de Jersey Jack, más centrados en los coleccionistas y en productos ‘premium’.

“No digo que vayamos a volver a las cifras de los años noventa”, asegura Andrew, “pero el mercado es tan pequeño que si alcanzamos un punto entre donde estamos ahora y lo que era hace veinte años, podremos decir que el pinball ha vuelto”. Está convencido de que los aeropuertos, las estaciones de tren, las cafeterías, los restaurantes, las boleras e incluso las lavanderías son sitios en los que podríamos encontrarnos una de sus máquinas. Para conseguirlo, tendrá que convencer a los operadores, que en la última década han visto cómo los últimos salones recreativos cerraban y los bares se desprendían de los muebles de pinball.

Yorokobu-Pinball-(11)Toni Inacio lleva toda la vida trabajando como operador de máquinas de moneda. Cuando era crío, su padre se lo llevaba a ver a los clientes y le ponía partidas gratis en las máquinas de pinball para que no diera guerra. Ahora ha heredado la empresa y conserva la pasión por el pinball, así que está deseando que alguien le pida alguna de las veinte máquinas de bolas que tiene paradas en un almacén. Hace años que nadie reclamaba los servicios de sus petacos, pero en los últimos siete meses ha conseguido colocar dos: el primero, a un pub irlandés; el otro, a un bar de rock con salas de ensayo. Aun así, el grueso de su negocio está en las tragaperras, los dardos, los futbolines y otros clásicos de los bares. Toni lamenta que para mucha gente los pinballs son un trasto y un estorbo, cuando deberían verse como una parte de nuestra cultura. Por eso, cuando montó la máquina en el local de ensayo hace solo unas semanas, sintió que estaba dejándola en un sitio donde realmente iba a ser apreciada. Tal vez Andrew Heighway tiene razón. A lo mejor el pinball necesita mirar más allá de los pubs.

Andrew está convencido de que el público de los flippers existe, pero hay que buscarlo. Asegura que los juegos de pinball en smartphones, tabletas y consolas son muy populares, pero defiende que el juego para móviles no puede sustituir al pinball real: “Las apps son divertidas, pero el pinball es una actividad física que no puedes replicar en una pantalla. Hay mucha gente que juega a videojuegos de pinball, pero nunca han visto uno en la vida real. Mi objetivo es colocar las máquinas donde esta gente pueda jugar con ellas”, concluye.

En Zen Studios, uno de los más destacados diseñadores de pinballs virtuales, comparten la opinión de Andrew. Mel Kirk, miembro del estudio húngaro, reconoce que “hay sensaciones asociadas a la máquina que son muy difíciles de reproducir en una versión digital, como el peso de la pelota o la sensación de velocidad en los flippers”. No solo eso. Mel también cree que el pinball todavía está muy vivo. “La gente lleva diciendo que el pinball está muerto desde que sufrió sus primeros altibajos, pero es un juego que lleva casi un siglo evolucionando y que sigue reinventándose”, explica, “Es más, diría que el pinball tiene un futuro brillante y que estamos en medio de su renacimiento”.

Es curioso que uno de los principales autores de simuladores de este juego reconozca abiertamente que nunca van a ser capaces de igualar a las máquinas. Mel asegura que están mejorando muchos aspectos, pero admite que hay otras cosas que nunca podrán reproducir, como el olor de los recreativos o la emoción de batir un récord en una máquina pública. “Para los que hemos dedicado tiempo a estas máquinas, hay cosas que no se pueden reemplazar”, concluye.

Los negocios, los récords, la popularidad y el coleccionismo nos indican que el pinball goza de buena salud, pero la sensación física de golpear una bola de metal, sentir el mueble entre las manos y empujarlo para alterar la trayectoria de la bola, los gritos junto a la máquina, la forma en que te absorbe y te saca del mundo, el trance durante una partida de puntuación multimillonaria, el caos en el movimiento de la esfera plateada, las historias y los sentimientos son lo único que nos garantiza que este juego jamás morirá.

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Fotos: Brian Walker

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Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

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