«Eliminar en lugar de añadir significa reconocer la esencia de las cosas» Bruno Munari (1907-1998), artista y diseñador italiano

Hay algo profundamente sospechoso en una industria que se autodenomina sostenible y que al mismo tiempo no deja de edificar. La «arquitectura verde» de nuestra época ha aprendido a hablar con elocuencia de la huella de carbono, las certificaciones y la eficiencia energética. Ha aprendido a poner paneles solares donde antes se colocaban cornisas. Ha aprendido, sobre todo, a añadir capas y capas de material —más aislamiento, más instalaciones, más tecnología— para demostrar que está reduciendo todo aquello que consume. El problema es que, mientras optimizamos el consumo de la maquinaria, no nos estamos cuestionando cómo de necesarios son dichos dispositivos.

El carbono que nadie contabiliza

Los edificios son responsables del 39 % de las emisiones globales de carbono relacionadas con la energía. De ese total, el 28 % corresponde al carbono operacional, es decir, la energía que consume el edificio cuando funciona: desde la calefacción, hasta la refrigeración o la iluminación. El 11 % restante procede del carbono incorporado o, dicho de otra manera, de fabricar, transportar y construir los materiales que conformarán el futuro edificio. La arquitectura sostenible convencional lleva décadas centrada casi en exclusiva en el primer número, cuando el segundo apenas se ha tenido en cuenta.

El resultado habla por sí solo: a medida que los edificios se vuelven más eficientes energéticamente, el carbono incorporado representa un porcentaje cada vez mayor del total. Para 2050, casi la mitad de la huella de carbono de la nueva construcción vendrá del carbono incorporado. Países como Canadá, Suecia o Noruega ya están alcanzando ese equilibrio 50/50. Entonces, ¿cuál ha sido la respuesta de la arquitectura sostenible ante esta realidad? Más aislamiento. Más capas. Más materiales.

El dilema es mayor de lo que pensamos. El carbono incorporado, a diferencia del operacional, no puede reducirse una vez el edificio está construido. Está emitido de forma definitiva e irreversible desde el primer día. Lo cual transforma en una trampa perversa el argumento de que «añadir más aislamiento, ahorra energía a lo largo de la vida útil del edificio». Puede que sí, pero este argumento nunca incluye lo que costó fabricar e instalar dicho aislamiento.

· Passivhaus en el Mediterráneo

El estándar Passivhaus nació en Alemania a finales de los años ochenta para resolver un problema específico y relativamente local, el de los largos y fríos inviernos que se viven en Europa central y en la región nórdica. En ese contexto, su lógica es impecable ya que aísla al máximo la envolvente para sellar la vivienda herméticamente y delegar toda la ventilación del edificio a un sistema mecánico con recuperación de calor. Un resultado que funciona a la perfección en lugares como Fráncfort o Helsinki. El edificio funciona como una cápsula.

En España, sin embargo, la cosa se complica. Nuestro clima mediterráneo de inviernos suaves, veranos largos y cálidos, y equinoccios que son, en muchas zonas, una delicia habitable, no
necesita una cápsula. Necesita más bien un edificio que se adapte a las estaciones. Aislar al máximo una vivienda en Sevilla o Valencia puede resolver el problema del consumo de calefacción en enero para crear uno nuevo: el sobrecalentamiento estival en un interior sellado en donde las ventanas no sirven para nada. En el sur de España, la refrigeración se convierte en una necesidad ineludible si no se aplican estrategias pasivas muy precisas. Porque, entonces, no nos queda otra que volver a las máquinas.

Lo que no encaja con el estándar centroeuropeo es que, en gran parte de España, el mayor inconveniente llega en verano. Y durante el verano, el aislamiento excesivo —pensado para retener calor— puede transformarse en un obstáculo más que una solución. Nuestra arquitectura vernácula lo ha tenido en cuenta con decisiones como ensanchar la masa térmica de los muros de piedra, incluir vegetación en los patios, añadir aleros, celosías o aprovecharse de la ventilación nocturna. Todas ellas entendían el clima en lugar de ignorarlo.

· El edificio que no puede respirar

Cuando las edificaciones pasaron de ventilar de forma natural a hacerlo mecánicamente, ganaron en control y en eficiencia. Pero perdieron algo más difícil de medir. La Organización Mundial de la Salud identificó hace décadas el llamado síndrome del edificio enfermo: un conjunto de síntomas como alergias, problemas respiratorios o incluso fatiga que han ido apareciendo en construcciones herméticas con sistemas de ventilación artificial. Lo curioso es que este síndrome se da en mayor medida en edificios nuevos, en aquellos en donde la eficiencia ha sido un criterio dominante por encima del bienestar.

A los edificios construidos antes de que el aislamiento y la hermeticidad se convirtieran en dogma no les quedaba más remedio que respirar. De hecho, las corrientes de aire que se consideraban pérdidas térmicas eran también la garantía de que el dióxido de carbono, los compuestos orgánicos volátiles de pinturas y materiales, y la humedad tuvieran una salida. Sellar ese intercambio y sustituirlo por máquinas es una mejora que hemos terminado pagando con nuestra salud.

· Vestirse y desvestirse

Hay una imagen que ilustra a la perfección lo que la arquitectura contemporánea ha tirado por
la borda en nombre de la eficiencia. En Polonia, durante siglos, las familias colgaban en invierno unas telas gruesas del techo, conocidas como podpinka, para reducir la altura de las habitaciones. Así, el espacio a calefactar disminuía, el aire caliente quedaba atrapado en la zona habitada y el consumo de leña o carbón se reducía drásticamente. Cuando llegaba la primavera, las telas se descolgaban.

No era un sistema pasivo, ni activo, ni certificable. Era inteligencia aplicada a la construcción. Las alfombras, los tapices, las cortinas gruesas y las mamparas de madera han jugado el mismo papel en toda Europa, uno en donde la vivienda se «vestía» para el invierno y se «desvestía» durante el verano. Así, la envolvente del edificio se hacía estacional y adaptativa. Este concepto —que el usuario sea parte activa del sistema térmico de su vivienda— ha desaparecido casi por completo del discurso arquitectónico actual. Hoy se diseñan edificios que funcionan solos, que no requieren intervención del habitante más allá del mantenimiento de los equipos mecánicos, que regulan su temperatura independientemente de si alguien abre una ventana o no. El problema es que esa autonomía tiene un precio en materiales, en instalaciones y en fragilidad.

· Arquitecturas antifrágiles

Francisco Colom, arquitecto y autor de Cómo hacer hielo en el desierto, propone a través de su
ensayo la que denomina como «arquitectura antifrágil» y la organiza en tres principios. El primero es el de construir menos o diseñar por reducción. Es decir, aprovechar lo que ya existe, trabajar con materiales locales y evitar el exceso de superficie construida. Algo así como que no hay material más sostenible que el que no se fabrica. El segundo tiene que ver con. dialogar con el clima, también conocido como diseño termodinámico: priorizar la ventilación natural, la orientación y la masa térmica, teniendo en cuenta la sombra o la luz como herramientas de climatización.

Un concepto que devuelve al usuario la capacidad de participar en el comportamiento de su vivienda, en lugar de diseñar edificios que funcionen sin él. Y el tercero es el de renaturalizar, pensando en un diseño regenerativo, para devolver a la naturaleza el espacio que la construcción le ha arrebatado.

Este pensamiento no es aislado. El filósofo Nassim Taleb acuñó el concepto de antifragilidad
para definir sistemas que mejoran con el estrés en lugar de romperse. La arquitectura antifrágil de Colom bebe de esa lógica: en lugar de protegerse del clima mediante el aislamiento total, se adapta a él y se beneficia de su variabilidad. La diferencia entre un edificio hermético y un edificio antifrágil es la diferencia entre una escafandra y un buen abrigo.

· No demoler: la lección de Lacaton & Vassal

En 1996, el Ayuntamiento de Burdeos encargó a los arquitectos Anne Lacaton y Jean-Philippe
Vassal la renovación de la Place Léon Aucoc. La pareja fue hasta allí, estudió el lugar con atención y tomó una decisión que los convertiría en referentes: no harían nada. Recomendaron la limpieza periódica de la plaza y un sistema de riego para los árboles. Nada más. La plaza funcionaba tal y como había sido diseñada y no necesitaba una reforma. Lo que sí necesitaba era que alguien tuviera el valor de decirlo.

Años después, el mismo estudio intervino en la transformación de 530 viviendas sociales en la
Cité du Grand Parc de Burdeos. Cuando otras administraciones habrían optado por la demolición, Lacaton y Vassal propusieron mantener el edificio existente para adosar a la fachada principal una banda nueva de balcones de 3,80 metros de profundidad. El resultado fue que 530 familias que vivían en hogares reducidos y oscuros pasaron a tener, de la noche a la mañana, vistas, luz y un nuevo espacio que conectaría sus estancias. Sin demoler nada. Sin construir un edificio nuevo.

· No hacer, rehacer, deshacer

El colectivo español n’UNDO lleva más de veinte años trabajando en la misma dirección, con
un lema que desafía directamente el reflejo constructivo de la profesión. Su «No hacer,
rehacer, deshacer», aplicado en diferentes proyectos, demuestra que la arquitectura y el
urbanismo pueden mejorar la vida de las personas desde la sustracción, en lugar de la adición.
Entre sus intervenciones más conocidas figura el informe técnico que elaboraron para
Greenpeace en 2011 sobre el desmantelamiento del Hotel del Algarrobico, construido
ilegalmente en el Parque Natural de Cabo de Gata.

O su propuesta de no intervenir en la Plaza de España de Madrid y en la Estación de Atocha, argumentando que ciertas actuaciones destruyen más valor del que crean. O el Plan de Accesibilidad Universal en Guadalupe, en Cáceres, donde la mejora de la accesibilidad se consiguió con mínimas modificaciones en el espacio existente. Su libro No hacer, Rehacer, Deshacer para construir ciudad es el manifiesto más articulado de esta corriente en el ámbito hispanohablante.

· La pregunta correcta

Entonces, ¿está equivocada la arquitectura sostenible de nuestro tiempo? Es posible que se encuentre mal formulada. Reducir el consumo energético por metro cuadrado es un objetivo legítimo. Pero si esa reducción se consigue añadiendo toneladas de materiales con una huella
de carbono considerable, o sellando herméticamente viviendas hasta hacerlas insalubres, o
incluso ignorando el clima del lugar en donde se implanta, el objetivo se convertirá en una
trampa que interesará solo a unos pocos. Como de costumbre.

La pregunta correcta no tiene que ver con cómo consumir menos energía cuando un edificio entra en funcionamiento. La pregunta correcta, para empezar, es si ese edificio necesita construirse. Y, en caso de que así sea, habrá que resolver con qué elementos y de qué manera. El empleo de materiales locales, sin caer en excesos de superficie, que dialoguen con elementos naturales como el sol o el viento, en lugar de blindarse contra ellos; que dejen que los habitantes formemos parte del sistema térmico en lugar de convertirnos en pasajeros. La verdadera sostenibilidad, la que necesitamos, es la que comienza antes. Justo en el momento en que alguien se pregunta para qué queremos hielo, independientemente de si nos encontramos en el desierto.

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Patrick Thomas

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