Las esculturas de madera que escupe (y a veces, esculpe) el Lago Michigan, por NosE

Chicago no se lo pone fácil a Eduardo Vea. El exceso de pulcritud de la ciudad dificulta su labor escultórica. “En Madrid, era más fácil encontrar tesoros en las calles para reciclar. Un marco aquí, una caja allá, un lienzo medio roto, una puerta… Chicago es extremadamente limpia y no es fácil encontrar estas cosas”.

Porque, para confeccionar sus piezas, a Vea le gusta utilizar materiales que hayan tenido un uso anterior. Entre ellos, madera. “La madera tiene vida. Las texturas y vetas de este material ya son una obra de por sí”.

Un día, en las orillas del Lago Michigan, encontró lo que las calles de la ciudad le negaban. “Me di cuenta de las maderas que arrastraba y traía la marea y allí mismo comencé a pintar”.

A partir de entonces, Eduardo comenzó a visitar la playa como el que va a un supermercado. “Al salir de trabajar me doy una vuelta en bici para ver si han repuesto material. Además, el agua pule las maderas, dándoles a veces formas que no podrías hacer tú mismo con una lijadora”, añade.

A finales de septiembre, Eduardo inauguraba Más Madera, a NosE exhibition on wood en la galería The Silver Room de Chicago. Y afirma que para prepararla tuvo que recurrir a otros proveedores más, además de a las orillas del lago. “Me recorrí las zonas industriales de Chicago, el South y el West Loop en busca de más madera. Utilicé alguna obra e incluso alguna señal de tráfico que me encontré por ahí. Quería que todo fuese sobre material reciclado”.

La madera con la que están hechas cada una de las piezas de la muestra tiene su propia historia. Algo que Eduardo ha tenido muy en cuenta a la hora de darles una segunda vida. “Con los tótems sobre todo, he tratado de mantener un diálogo. Es como si las maderas me fuesen diciendo dónde tengo que cortar o añadir pintura. En otras, como en el palo con luz, me parecía una buena metáfora, convertir un simple palo en algo más, y añadiéndole una instalación y un mensaje pirograbado, convertir el palito en una lámpara. Con las maderas más planas he empezado a jugar, como con el tangram. Las composiciones son aleatorias y estas son las que me dictan el color una vez están cortadas y pulidas. Las compongo como creo que mejor quedan. Es un juego que me desestresa”.

Eduardo considera positivo el feed back que ha obtenido hasta la fecha sobre la exposición. Y de todos los comentarios, se queda con uno: “Alguien me dijo que se agradecía dejar de ver lo de siempre, que el estilo street está muy bien pero que cansa y que esto lo veía diferente”.

Porque, en cierta forma, Eduardo comparte esa visión. Porque aunque el arte callejero está entre las múltiples fuentes de las que bebe (junto a  “la naturaleza y los amigos, de lo que vemos todos los días, la arquitectura (sin tener ni idea), el «menos es más» de Mies Van der Rohe, el arte vasco (Ibarrola y su bosque animado o sus traviesuras, Chillida, Oteiza…), las ilustraciones de Leraúl, Wearbeard y Bakea, de Remed y sus colores planos… Movimientos como el expresionismo abstracto…”), desde hace años, está tratando de consolidar su propio estilo: “ Lo bauticé como «le feó cool», hacer de todo algo más interesante. Creo que hay un feismo institucionalizado que está muy de moda y en el que podría meter a muchos en este movimiento”.

Último número ya disponible

#141 Invierno / frío

Sobre nosotros

Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

Suscríbete a nuestra Newsletter >>

No te pierdas...