Cuando analizamos el discurso de algunas personas que dicen ser defensores de los derechos de los animales, lo habitual es que su defensa se muestre injustamente selectiva. Esto es: protegerá a los animales monos, a los animales con mayores rasgos antropomórficos o, finalmente, a los que no resulten repugnantes, agresivos, peligrosos o indomables. Al resto, que les den.
Todos matamos mosquitos (excepto los monjes budistas). Pero pocos matamos perros. Es cierto que un mosquito no es tan inteligente como un perro, pero un cerdo sí que lo es, y a pocos le duelen prendas comérselo menos a los vegetarianos convencidos. Y algunas colonias de hormigas muestran una inteligencia colectiva tan impresionante como la de una sociedad humana.
A fin de cuentas, los animales sufren de nuestros sesgos, de nuestra discriminación, de la misma forma que nuestros semejantes humanos. En definitiva, los animales también son víctimas de nuestro buenismo de índole roussoniana mezclado con una suerte de selección darwiniana que habría excitado a Hobbes.
Rasgos monos
El Teddy Bear es uno de los peluches más vendidos del mundo. Su secreto reside en que explota la geometría de un rostro infantil: ojos grandes y expresivos, carita redonda, nariz pequeña, etc. Estos rasgos suscitan ternura en cualquier observador porque coinciden con los rasgos de los seres humanos que más necesitan de nuestra ternura, compasión y cuidado: los bebés.
Es decir, que todos los animales que recuerden en algo a los bebés humanos, obtendrán una ventaja evolutiva frente a los humanos, tal y como advirtió ya en 1950 el etólogo Konrad Lorenz. Los animales que no suscitan un «oh, qué ricura» son discriminados. La única razón de que los ratones y los conejos disfruten de un mayor grado de protección humana frente a ratas y zarigüeyas, o palomas frente a cuervos, es que su fisonomía conecta con nuestra preocupación solidaria.
Este rasgo es tan poderoso que influye incluso en la severidad de los jurados humanos: suelen ser más compasivos con los acusados que tienen rasgos faciales juveniles e inocentes, como analizó el psicólogo Leslie Zebrowitz en un célebre estudio publicado en Law & Human Behavior en 1991. ¿Por qué creéis que la más famosa ONG para la conservación del medio ambiente usa como logotipo un panda de grandes ojos oscuros?
De hecho, a nivel popular fueron los rasgos monos de los animales los que cimentaron la empatía hacia ellos. Antes de que Peter Singer llegara en 1975 con su libro Liberación animal, Walt Disney ya había allanado el trabajo con Bambi; proyectando al público masivo el efecto producido en 1946 con la adaptación cinematográfica de novela El despertar, que narraba la amistad entre un joven tosco y un cervatillo huérfano.
1mono
Aparentemente inofensivos
Sin embargo, usar la baza de la ricura de un animal para propiciar su protección o el cariño que le dispensamos es un arma de doble filo. Tal y como denuncia el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro, «la ricura es un fastidio para los biólogos de la conservación, pues da lugar a una preocupación desproporcionada por unos cuantos mamíferos carismáticos».
Además, juzgar a los animales por lo monos que son es peligroso para nuestra propia integridad. Los dibujantes de cómics, por ejemplo, explotan los rasgos que hacen adorable a un animal para convertir en adorables a sus personajes. Y lo hacen hasta niveles en los que la ricura se convierte casi en un superpoder, como ocurre con el gato de Shrek.
Por esa razón, muchos accidentes con animales tienen que ver con el hecho de que Disney nos ha dicho que eran bondadosos, y finalmente no lo eran. Sin irnos muy lejos, Mickey Mouse, el icono de la bondad de la factoría Disney, es un roedor, un animal capaz de transmitir veinte agentes patógenos: ratones y ratas han matado a más seres humanos que todas las guerras juntas.
En en el libro El pulgar del panda, del célebre biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (si apareces en un capítulo de Los Simpson ya puedes considerarte célebre), se analiza de hecho la evolución de Mickey Mouse gráficamente, pasando de ser un personaje detestable a un icono unánime de la bondad. Hasta que en 2009, para conectar con las nuevas generaciones mucho más cañeras, estrenaron un videojuego en el que Mickey Mouse recuperaba su anatomía de antaño, es decir, la más atrevida y peligrosa, la que proporcionaba una idea menos pura de bondad.
O echemos un vistazo al caso del koala: con su aspecto abacial de osito de peluche hasta arriba de  tila es en realidad un animal francamente desagradable, como explica el periodista y escritor australiano Kenneth Cook:

Son unos bichos asquerosos, irascibles y estúpidos. Sus hábitos sociales son vergonzosos: los machos siempre andan propinando palizas a sus semejantes y robándoles las hembras. Tienen mecanismos defensivos repugnantes (te orinan). Su piel está infestada de piojos. Roncan. Su semejanza con adorables ositos de peluche es una engañifa abyecta.

También hay animales que toman prisioneros, torturan, manipulan al sexo contrario para obtener beneficios. Incluso hay animales que toman drogas, como explica neurólogo Davd J. Linden en su libro La brújula del placer:

En Gabón, en la región ecuatorial de África occidental, se han observado facoceros, elefantes, puescoespines y gorilas comiendo iboga (Tabernanthe iboga), una planta embriagante y alucinógena. Incluso hay pruebas de que los elefantes jóvenes aprenden a comer iboga observando a los adultos de su grupo social. En las tierras altas de Etiopía, las cabras se saltan a los intermediarios del café ronzando bayas de cafeto silvestre para darse un buen «chute» de cafeína.

Toda esta incomprensión sobre la verdadera naturaleza de algunos animales nace de nuestras tripas, mezclada con los continuos engaños acerca de estos que han fomentado los dibujos animados: desde que si son bonitos son bondadosos hasta que los ratones se pirran por el queso, los avestruces entierren la cabeza para ignorar el peligro o los peces tienen poca memoria. Todo mitos sin fundamento. Mitos que merece la pena reconsiderar, si queremos ser verdaderamente justos con otros seres vivos (aunque el grado de esta justicia deberá reconsiderarse continuamente, habida cuenta de lo que argumenta el psicólogo cognitivo Steven Pinker):

Muchas interacciones de los seres humanos y los animales siempre serán de suma cero. Los animales se comen las casas, las cosechas y, de vez en cuando, a los niños. Por su culpa sentimos picor y sangramos. Son portadores de enfermedades que nos martirizan y nos matan. Se matan unos a otros, incluidas especies en peligro de extinción que nos gustaría conservar. Sin su participación en experimentos, la medicina se paralizaría, y miles de millones de personas vivas y no nacidas sufrirían y morirían a causa de los ratones. Un cálculo ético que diera la misma importancia a cualquier daño padecido por cualquier ser sensible, sin preferencias por nuestra especie, nos impediría intercambiar el bienestar de los animales por un bienestar equivalente de los seres humanos.

En conclusión, si algún día conseguimos dotar de inteligencia artificial avanzada a un robot, más vale que los encargados de su diseño se concentren en proporcionarle un aspecto más parecido a R2D2 que a Terminator (de hecho, creo que la futura guerra entre humanos y máquinas propuesta por Skynet en Terminator hubiera durado mucho menos si los robots tuvieran aspecto de osito de peluche). Porque todo organismo vivo (e incluso muerto, como un peluche) está sujeto a lo que sostenía el protagonista de la novela 2012 de Brian D´Amato:

Soy de la opinión de que nada ocurre por méritos propios. Incluso cuando se trata de algo como, digamos, una versión del último recurso ante el fin del mundo, sigues dependiendo del hecho de si les caes bien o no, de qué aspecto tienes, de a qué sociedades secretas no pertenecías en New Haven y de si tu nombre termina o no en vocal. Lo típico.


Imágenes: Shutterstock

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Patrick Thomas

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