Para presentar a María Blasco, una de las científicas españolas más reconocidas tanto en el ámbito nacional como internacional y protagonista de esta nueva entrega de Rizomas*, es necesario recurrir a su CV. En él aparece como doctora en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad Autónoma de Madrid –donde fue discípula de Margarita Salas, en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa–, Premio Nacional de Investigación Santiago Ramón y Cajal; en el área de Biología (2010), autora de numerosas publicaciones en las revistas científicas más prestigiosas del mundo y referente global en el estudio de los telómeros, la telomerasa y su relación con el cáncer y el envejecimiento. Pero lo mejor es que sea ella misma la que se describa.
¿Quién es María Blasco, a qué se dedica y cómo empieza su historia en el ámbito por el que la conocemos?
Soy una bióloga molecular que se dedica a entender cómo funcionan la vida y las moléculas de la vida. Y empiezo a formarme como tal cuando estudio la especialidad en biología molecular en la Universidad Autónoma de Madrid y entro a trabajar en el laboratorio de Margarita Salas, el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO), donde comienzo a estudiar cómo se copian y se reparten las moléculas del ADN. Y así es como empiezo a trabajar en lo que se conoce como el problema de copiar los extremos del ADN –que serían los telómeros, un sistema muy específico– y me intereso en cómo se copia el final de los genes del ser humano, algo en lo que llevo ya treinta años.
¿Qué son los telómeros y la telomerasa?
Los telómeros y la telomerasa, por lo que sabemos ahora, son la clave que explica por qué las células sanas son mortales –y tienen una vida limitada– y las células del cáncer son inmortales o amortales –y son capaces de multiplicarse indefinidamente–.
El motivo es que cada vez que estas estructuras, las de los telómeros –que son el extremo de nuestros cromosomas, donde está el ADN y toda nuestra información genética–, se copian para producir células –que reciben el nombre de células hijas y son esenciales para regenerar los tejidos, crecer, para la vida en sí–, la copia resultante es cada vez más corta. Esto es así debido a que la vida no es perfecta y, justamente, en ese proceso de copiado, no se copia el final de los telómeros, que, por ende, son cada vez más cortos.
Ese acortamiento progresivo de los telómeros hace que, eventualmente, nuestras células no tengan telómeros que funcionen, lo cual es incompatible con la vida, pues se producen patologías en los órganos y en los tejidos –porque no se pueden regenerar–, y eso es lo que lleva al envejecimiento y a la muerte. Por lo tanto, este acortamiento de los telómeros, creemos, es lo que hace que seamos mortales. Y, además, sabemos que es importante para todas las especies que hemos estudiado; no es algo que se dé solamente en ratones y humanos. Los telómeros son el indicador de la longevidad de las especies, algo que está conservado en la evolución y que, por lo tanto, es importante desde el punto de vista evolutivo.
Sin embargo, hay un antídoto contra este acortamiento telomérico que nos hace mortales. Si lo piensas un poco, si no hubiera ningún antídoto, no sería posible mantener las especies, ya que, después de una generación, los telómeros serían muy cortos y no podría haber una segunda generación. Este antídoto, cuya existencia fue predicha a finales de 1984 por Elizabeth Blackburn y Carol W. Greider –que recibieron
por ello el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2009–, es la telomerasa, que lo que hace es resetear los telómeros en estadios embrionarios tempranos para que el nuevo individuo tenga unos telómeros suficientemente largos para vivir su vida.
La telomerasa es conocida como la enzima de la inmortalidad –o la amortalidad– y se deja de producir en nuestras células cuando nacemos, razón por la cual se produce el acortamiento de los telómeros y envejecemos.
¿Qué sucede con el cáncer?
Pues que la telomerasa se activa de manera aberrante. Las células del cáncer son las únicas que han utilizado de manera aberrante la telomerasa para conseguir su amortalidad y ser capaces de formar un tumor. Nuestro organismo está preparado para no formar ningún tumor porque las células tienen una capacidad de multiplicación limitada. Para saltarse esa limitación, el cáncer utiliza la actividad de
la telomerasa para alargar los telómeros de forma aberrante.
La telomerasa no es una enzima del cáncer. Per se, es una enzima de la vida porque confiere vida a las células y hace que estas se mantengan jóvenes. Pero las células del cáncer, que no son células sanas –porque están llenas de daño y alteraciones genómicas–, consiguen robar esta inmortalidad activando de manera aberrante la telomerasa. En este sentido, por un lado, queremos destruir los telómeros del cáncer
y, por el otro, conferir vida extra a nuestras células para que se puedan regenerar y, así, podamos combatir las enfermedades degenerativas.
¿Cuál es la relación entre el envejecimiento y el cáncer?
A más envejecimiento, más alteraciones –en nuestros genes y en los cromosomas– que pueden dar lugar al cáncer. El cáncer sería una enfermedad más del envejecimiento. El mayor factor de riesgo para desarrollar un cáncer es cumplir años –que también es el mayor factor de riesgo para tener un infarto–. Hay cánceres
infantiles, por supuesto, pero estos son muy diferentes y se piensa que están asociados a alteraciones en nuestros cromosomas durante el desarrollo embrionario. Y los tumores infantiles son muy diferentes a los tumores adultos, asociados al proceso de envejecimiento.
Por lo tanto, los telómeros cortos contribuyen al cáncer. Y nosotros hemos mostrado, cuando hemos trabajado con ratones con telómeros más largos, que estos viven más y desarrollan menos cáncer. El acortamiento telomérico lleva al cáncer. ¿Qué ocurre? Que una vez que tienes células dañadas, aberrantes y raras que son malas ciudadanas para el organismo, estas solo pueden progresar y salir hacia delante si son capaces de activar la telomerasa y adquirir esa inmortalidad o amortalidad para poder dividirse indefinidamente a pesar de ser células que no son normales y que deberían haber muerto –porque están llenas de daños–. Y no estoy dándole ninguna intencionalidad al cáncer porque es una cosa completamente azarosa, pero sí que necesita la telomerasa para multiplicarse.
En este sentido, ¿cuál el principal objetivo en la investigación sobre estas cuestiones, combatir el cáncer o alargar el envejecimiento lo máximo posible?
Bueno, la investigación es interesante por y para ambas cosas. Por una parte, para entender el origen del cáncer, hay que entender el papel que tienen estos telómeros cortos. Después, gracias a conocer cómo funcionan los telómeros, se pueden desarrollar fármacos que destruyan los telómeros de las células del cáncer, para robarles la inmortalidad.
Y luego hay una realidad, y es que vivimos muchos más años de los que solíamos vivir antes en la naturaleza, lo cual da lugar al fenómeno del envejecimiento y a la aparición de enfermedades asociadas a este, muchas de las cuales –casi todas las degenerativas– no sabemos cómo curar después de décadas y
décadas de investigación, algo que pensamos que se debe a que no se está atacando su origen, que no es otro que el envejecimiento y, junto a este, la acumulación de telómeros cortos, entre otras cosas, claro.
Entonces, en mi grupo lo que hacemos es, utilizando la telomerasa en animales, demostrar que podemos, alargando estos telómeros cortos, no solo ya hacer vivir más a los ratones, que eso sí que no es prioritario –vivir más, quiero decir–, sino también curar y frenar la progresión de enfermedades degenerativas que no tienen curación, enfermedades por la que las personas mueren –como la fibrosis pulmonar, el resto de
fibrosis que conocemos o las enfermedades neurodegenerativas– y frente a las que los fármacos que existen no funcionan.
De ahí el interés por estudiar el envejecimiento, para poder tener tratamientos efectivos contra muchas enfermedades degenerativas que, además, van en aumento debido al envejecimiento demográfico, pues cada vez hay más gente mayor, y eso es algo que está duplicando y hasta triplicando el número de casos de cáncer, Alzheimer y otras patologías, frente a las que hemos de tener maneras de prevenirlas y afrontarlas
cuando aparezcan.
De ahí también el interés por el estudio de los telómeros. Porque hay que conocer y entender el origen del envejecimiento, que antes quizás no era un problema –porque moríamos de cualquier cosa–, pero ahora, realmente, hace que el riesgo de mortalidad se haya desplazado, sobre todo en las sociedades más avanzadas, y que haya muchas más patologías degenerativas que hace un siglo.
¿En qué situación se hallan actualmente la investigación y la acción frente al cáncer?
Creo que es más fácil entender el envejecimiento que conocer el cáncer. El cáncer surge cuando, de repente, una célula ya vieja y llena de daño es capaz de utilizar la telomerasa y seguir dividiéndose, manteniendo sus telómeros, pero también con muchísimas alteraciones genéticas. En este sentido, cada tumor es diferente porque ha seguido diferentes estrategias para llegar a convertirse en una célula tumoral, por lo que cada paciente es diferente, aunque tenga el mismo tipo de cáncer, pues tiene una enfermedad diferente, distintos genes alterados, lo cual hace que sea complejísimo tratar el cáncer de manera eficiente.
Muchos cánceres tienen tratamiento, sobre todo si se detectan a tiempo, y se pueden eliminar –a través de cirugía, que es lo más efectivo–. Pero también hay tumores con muchas alteraciones cromosómicas. Y, aunque tengamos cada vez más fármacos, eso no quiere decir que podamos combatir todos los cánceres, porque esos fármacos funcionarán para un porcentaje de los pacientes que tengan la misma alteración, pero no para todos los que tengan cáncer. El cáncer es una enfermedad mucho más compleja de lo que pensamos.
El cáncer es una enfermedad mucho más compleja de lo que pensamos.
Por eso, hace falta mucha más investigación y, sobre todo, tratamientos que vayan dirigidos al tumor de cada paciente, porque cada tumor es diferente y tiene una historia de aberraciones y mutaciones diferente; algunas son comunes, y contra ellas se han desarrollado fármacos que han funcionado muy bien, pero hay muchas otras para las que no hay fármacos y, por ende, hay que desarrollarlos. En el caso de los telómeros del cáncer, todavía no hay nada en la clínica para tratarlos y destruirlos, y ahí el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) está haciendo una labor muy importante. Por lo que queda mucho camino por delante.
¿Qué deberes y qué retos con respecto a la investigación tienen por delante España en particular y el resto del planeta en general?
Un reto muy importante en estos momentos, en los que están creciendo tanto la falta de respeto por la ciencia y el acientifismo social, es el de contar y mostrar a la sociedad lo importante que es la investigación, que es el camino más seguro para avanzar como humanidad y como sociedad, y poder afrontar cualquier reto futuro. Tenemos que contar, todas las partes posibles, qué hacemos y contrarrestar toda esa información masiva que hay por ahí sin contrastar –distorsionando muchísimo el valor que se la da a la educación y la formación– y que la gente se cree.
No hay ningún otro camino que el del conocimiento, que es masivo y se va acumulando. Gracias a ese conocimiento que se ha ido acumulando, pudimos responder al Covid-19 de forma tan rápida, porque ya se sabían muchísimas cosas de virus parecidos, de los RNA, etc., y fue fácil acceder a las vacunas porque está toda esta investigación, que hace que la respuesta a cualquier crisis pueda ser rápida. Y la respuesta ante las crisis a las que tenga que hacer frente la humanidad vendrá realmente de la ciencia. Por eso es muy importante sostener la financiación de los sistemas científicos y fomentar que siga habiendo investigación, investigación de frontera –aunque sea una investigación básica–, que es la investigación del conocimiento, es decir, de conocer, porque nunca sabemos qué utilidad va a tener el conocimiento.
Un ejemplo: ahora se trata el cáncer con inmunoterapia, pero cuando se empezó a estudiar el sistema inmunológico en los pacientes de cáncer, nadie daba un duro por ello porque no era un tema caliente y había otros temas de moda. Y, en cambio, ahora, uno de los tratamientos más prometedores es la inmunoterapia.
Otro ejemplo, cuando Francis Mojica estaba estudiando unas bacterias en las salinas de Santa Pola, era algo rarísimo y nadie le daba ninguna importancia a ello; y, sin embargo, gracias a ello, tenemos la herramienta CRISPR-Cas, las tijeras moleculares que se utilizan para cortar y modificar secciones de ADN asociadas a una enfermedad, y que pueden servir como solución a muchísimas enfermedades. Y así todo.
No somos capaces de predecir el futuro, pero la ciencia que se está haciendo hoy, por mucho que nos parezca que ahora mismo no es prioritaria, puede convertirse en la solución para problemas futuros en la humanidad. Y es por eso que hay que financiarla y financiar los sistemas científicos. Porque funcionan, responden y lo hemos visto.
No somos capaces de predecir el futuro, pero la ciencia que se está haciendo hoy, por mucho que nos parezca que ahora mismo no es prioritaria, puede convertirse en la solución para problemas futuros en la humanidad
¿Están respondiendo los gobiernos como deben ante la necesidad de comprender el cáncer y hacer frente a los múltiples retos inherentes al mismo?
Pues mira, en Estados Unidos estamos viendo la debacle que ha habido para la ciencia, con muchos proyectos, muchas becas y muchos intercambios de investigadores interrumpidos y paralizados… Es algo impensable, que la primera potencia del mundo en ciencia esté haciéndose el harakiri y esté autodestruyendo su propia ciencia.
También es verdad, y siempre lo cuento, que la ciencia se hace al nivel de los laboratorios académicos, en centros de investigación, en la universidad, y la hacen investigadores. Y así vamos avanzando, pero no hay mucho más…
¿Qué quiero decir? Que, aunque hay misiones estratégicas de Europa, Estados Unidos, etc. con respecto a diferentes enfermedades, al final, nunca ha habido algo como lo sucedido con el Covid, cuando todos los gobiernos se pusieron de acuerdo y establecieron una financiación masiva para crear unas vacunas y solucionar lo más pronto posible un gran problema, etc.
No ha sucedido lo mismo con el cáncer, que no es la prioridad de ningún país. Es cierto que es algo muy complejo, sí, pero hay que hacerlo. En su día, Nixon, después de la llegada a la Luna impulsada por Kennedy, y para estar a su altura, declaró la guerra contra el cáncer e invirtió muchísimo dinero en la investigación contra este. Y se ha avanzado mucho, pero todavía queda mucho camino por recorrer.

¿Por qué tenemos esa sensación de que lo privado funciona mejor que lo público si luego es lo público lo que aporta más financiación?
Porque nunca se explica bien. Pero yo te lo cuento ahora mismo. Son cosas diferentes: el camino se inicia en la universidad y en los centros académicos –donde trabajan los investigadores– con dinero público; ahí surgen las patentes y, para que estas lleguen al mercado, tiene que haber interés privado. Los gobiernos no llevan a cabo este paso, ni en España, ni en Estados Unidos, ni en ningún lado; tiene que haber capital privado, una compañía, un fondo de capital riesgo, una farmacéutica, lo que tú quieras, pero alguien que ponga el dinero para que esa patente de un paso más y vaya al mercado, y que, así, se hagan los ensayos clínicos y llegue finalmente a los pacientes.
Esta parte del capital privado es esencial para que el conocimiento de los investigadores pueda llegar a los pacientes. Y por eso es importante también incentivar el interés del capital privado por lo que hacen los centros de investigación, porque lo privado cierra el círculo que se abre con lo público.
En este sentido, ¿se especula en investigación?
La investigación básica es, como se dice en inglés non-profit, es decir, no da beneficios. Lo que da beneficios es la venta de las patentes, que pertenecen a las empresas –porque son ellas las que las comercializan–. El investigador tiene derecho a una parte de las ganancias de las ventas, pero la mayor parte se la llevan quienes ponen el dinero. Y es tan gigantesca la cantidad de dinero que ponen las empresas, que ningún sistema público de investigación puede financiar esta fase.
Así funciona, así está hecho. Y no digo que tenga que ser así, pero así va. Que haya especulación o no depende ya de las empresas. En mi caso, he fundado dos empresas, pero yo no trabajo en ellas, y si estas llegan alguna vez a los pacientes, pues muy bien, pero yo soy investigadora. Hay gente que se va a la empresa, lo cual es más que respetable, pero prefiero seguir descubriendo cosas porque el conocimiento siempre es el camino.
Trabajas en España y has trabajado fuera, trabajas en el ámbito público y conoces el privado. ¿Cuáles son las principales diferencias? ¿Dónde se trabaja mejor y por qué?
En lo privado nunca he trabajado, por lo que no te puedo decir cómo funciona. En lo público sí, en el ámbito académico. Y, bueno, en el caso de España, nuestro país cuenta con centros de investigación que están entre los mejores del mundo y son igual de buenos que el centro de Estados Unidos en el que trabajé –el Cold Spring Harbor– en lo que a medios y capacidades respecta. ¿Cuál es la diferencia, por ejemplo, con Estados Unidos y los principales países de nuestro entorno? Que en ellos hay más de todo: centros, investigadores, financiación, etc.
España no está a la cabeza de los países que apuestan por la ciencia. Tiene muy buenos centros de investigación –como el Severo Ochoa, el CNIO, etc–, pero la cantidad que hay en nuestro país, no es la misma –en proporción– que la de países como Reino Unido, Alemania o Suiza. El porcentaje del PIB en ciencia e investigación es menor que en estos países, y esa es la diferencia. Pero, no lo olvidemos, en España se puede hacer una investigación igual de buena que en el mejor lugar del mundo.
Y la sociedad, ¿responde como debe ante el cáncer? Porque según un estudio publicado en The Lancet, con datos de 200 países, el 42% de las muertes por cáncer están vinculadas a 44 factores de riesgo evitables…
No sabría decirte. Hay encuestas de percepción de la ciencia que se hacen anualmente. Y creo que la percepción que se tiene en España sobre la ciencia no está mal. Pero, vuelvo a decir lo mismo, y es que la ciencia no ha sido nunca una prioridad en nuestro país, salvo, quizás, durante el gobierno de Zapatero, que ha sido la época en la que más dinero y más apoyo ha habido para la investigación, y en la que mejor se ha
entendido que la ciencia es una de las cosas más importantes en este país.
Después, a mí me preocupa mucho, pero muchísimo, la cantidad de información incorrecta que circula por las redes sociales, el desconocimiento general que hay sobre la ciencia y la separación tan grande que hay entre humanidades y ciencia, cuando todos deberíamos saber de todo –porque el conocimiento es fundamental y los grandes retos de la humanidad pasarán por la ciencia–. Por eso es tan importante la
educación y por eso, aunque no me guste la palabra, hay que combatir la desinformación que circula por ahí, sobre cuestiones científicos, pero también sobre cualquier tema.
Defensora de la divulgación científica, ¿crees que los resultados de la investigación llegan a la sociedad que los sustenta?
Tienen que llegar, por supuesto, y llegan. Pero lo que quizás no llega tanto es la información básica de la ciencia: qué es, cómo funciona, qué financian los gobiernos, qué hace el capital privado, qué es una patente, por qué funciona así y no de otra manera, qué tiene que pasar para que llegue al mercado, para que llegue a los pacientes, etc., lo que es el conocimiento sobre el funcionamiento de la investigación científica, que es igual en todas partes. Así es como se le da valor a la ciencia, un proceso prácticamente igual al de la puesta en valor de la democracia, porque la única forma de que la gente valore la democracia es dar valor a las instituciones democráticas.
Por eso es importante conocer cómo funciona la ciencia, cómo funcionan las instituciones científicas, conocerlas, etc. y sentirnos orgullosos de ellas, que son iguales a las de las grandes potencias. Pues así, los ciudadanos sabrán más y podrán exigir más a sus gobiernos. Pero como está todo en una nebulosa… es difícil explicar y entender la ciencia. Ahora bien, lo que no es difícil de explicar es cómo funciona.
¿Cómo hacer para que la población conozca más lo que se hace en los laboratorios?
Yo, desde siempre, he dedicado una parte importante de mi tiempo para ello. Pero por mucho que se explique y que se diga, no sé, es difícil. Aun así, hay que hacerlo, más, más y más, para que la gente sepa qué es la ciencia y qué hacen los científicos y las científicas.
¿Y cómo hacer también para democratizar los resultados y los avances de la investigación y que estos no se queden solo entre las clases más pudientes?
A ver, cuando algo de la medicina, cuando los ensayos clínicos llegan al mercado, automáticamente, las agencias del medicamento los adoptan y se trata a las personas, sin diferencias según el estatus económico. Tenemos los mismos fármacos para todos, lo vimos con las vacunas, un ejemplo de cómo funcionan los sistemas sanitarios. Allí no había quien se colara porque estas cosas son muy serias.
¿Qué ocurre? Que estos medicamentos van a llegar más tarde a países en vías de desarrollo y a países que no tienen los fondos necesarios para comprarlos. España compra fármacos para que los españoles tengamos accesos a ellos, otros países no. Pero la desigualdad no se da tanto dentro de un mismo país, entre quienes tienen más o menos dinero, aquí somos bastante afortunados. El problema está en esos países. Y lo hemos visto con el SIDA, porque mientras en Europa y Estados Unidos se estaba curando la gente, esta moría en África. Pero esa desigualdad es inherente a la desigualdad económica que hay entre países. Los sistemas sanitarios son serios, y no vas a ir a un hospital que te da una cosa mientras en otro te dan otra. Insisto, lo vimos con las vacunas del Covid, que nos vacunamos cuando nos tocaba, que había unas prioridades, etc. y yo creo que es así en general.
Otra de tus grandes causas es la de la igualdad en investigación. ¿En qué situación nos hallamos al respecto?
Creo que se ha avanzado mucho al respecto. Aquí, en el CNIO, estoy muy orgullosa de lo que hemos hecho porque la percepción sobre el papel de la mujer en la ciencia que hay ahora no tiene nada que ver con la que había hace catorce años. Participamos más en seminarios, en congresos, en todo, y se nos valora mucho más, pero todavía no estamos en la igualdad.
En la investigación biomédica, hay casi más mujeres que hombres, pero si nos fijamos en los niveles de dirección de esa investigación, vemos que hay más hombres que mujeres y esto se debe a que hay más dificultades añadidas para nosotras, como puede ser la conciliación de la vida familiar con la vida laboral y toda una serie de cuestiones que hay que ir conociendo y tratando, de tal manera que se facilite que se
llegue a esa igualdad real, por esa igualdad en sí, pero también para no perder talento.
¿Por qué y para qué es importante luchar por ella en la ciencia?
No hay que luchar solo por la igualdad, sino también por la diversidad. En estos momentos, especialmente en Estados Unidos, también están cerrando todas las oficinas de igualdad y diversidad. Y no puedes prescindir del talento, no puedes negar a las mujeres.
Y otra vez, ¿qué y cómo hacer para conseguirlo?
Pues seguir trabajando por la igualdad real. Si el porcentaje de mujeres preparadas es incluso mayor que el de hombres, no puede ser más difícil llegar para ellas; porque la preparación es igual. Es como sucede y debe suceder con los impuestos: si ganas más, tienes que pagar más que los que ganan menos. Eso se llama equidad, que significa exactamente lo mismo. Y esta palabra hay que aplicarla también a las cuestiones de
género. Si hay más desventajas para las mujeres, hay que intentar ayudarlas, no porque no tengan méritos, sino porque cuentan con más barreras que dificultan su acceso.
Discípula de una de las más grandes, Margarita Salas, ¿cómo fue trabajar con ella? ¿Qué te enseñó? ¿Cuánto le debemos? ¿Tiene el lugar que le corresponde en la historia?
Margarita fue fundamental para la historia de la ciencia en España. Tanto ella como su marido [Eladio Viñuela] fueron los principales introductores de la biología molecular y de la manera de hacer ciencia internacional en nuestro país, todo ello a través del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Además, Margarita ha hecho descubrimientos importantísimos y ha tenido una de las patentes más rentables del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es una científica muy reconocida, sí, pero que no tiene todos los reconocimientos que merece. Personalmente, me dolió mucho que no le dieran el Premio Princesa de Asturias a la Investigación, porque es incomprensible, y ahí lo dejo.
Si hay algo por lo que se caracterizan los científicos y las científicas es por mantener permanentemente su niñez, su ilusión, su curiosidad
Has trabajado en el Cold Spring Harbor de Nueva York y con Carol Greider (Premio Nobel de Medicina 2009); has recibido prestigiosos premios, como el Josef Steiner en Investigación del Cáncer (2004), el Premio Ciencia Europea de la Fundación Körber (2008) o el Premio Nacional de Investigación Santiago Ramón y Cajal; en el área de Biología (2010); has publicado –y publicas– en las revistas científicas más prestigiosas del mundo (Nature, Science, Cell, etc) y eres una de las científicas españolas más citadas; hasta has dirigido el CNIO… Desde que empezaste hasta ahora, ¿cómo ha sido el viaje?
Ha sido maravilloso. Realmente, me gustaría animar a la gente más joven, chicos y chicas, a que se decida por la investigación, ya sea en ciencias ambientales o ciencias sociales. Porque, desde mi punto de vista, el conocimiento es el único motor del progreso y del avance de la humanidad. Me gusta citar siempre a Richard Feynman, el físico que decía que estamos en el inicio del desarrollo de nuestra especie, de la
humanidad. Todavía podemos llegar muchísimo más lejos, y estar mejor de lo que estamos ahora.
¿Qué queda de la María Blasco que empezó a estudiar biología? ¿Qué le queda por hacer? ¿Y en qué se halla actualmente?
Pues mira, la María Blasco actual sigue siendo la misma. Porque si hay algo por lo que se caracterizan los científicos y las científicas es por mantener permanentemente su niñez, su ilusión, su curiosidad, etc. Eso, ahora, está igual que entonces, quizás ahora mejor, porque ahora puedo investigar en lo que quiero, tengo mi equipo; antes era una aprendiz, trabajaba para otros, y ahora puedo seguir el camino del conocimiento
que me interesa, poner ahí todo mi foco, etc., y eso es maravilloso, trabajar para el avance del conocimiento, para algo que puede servir a la humanidad, lo cual está realmente muy bien.
Y por hacer, pues queda seguir. Porque esto no para, no para nunca. Pero bueno, a vueltas con las empresas que he creado, pues también me gustaría ver que lo que estas hacen llega a los pacientes porque así se cerraría el círculo, ya que eso supondría que lo que hemos descubierto investigando llega a la gente.






