«Cualquier tiempo pasado fue mejor» es una frase que muchos repiten y aún más creen. Y yo me pregunto: si eso fuera así, ¿se sonreiría más? ¿Antes las personas eran más felices y tanta oxitocina hacía que hubiera mejores y más amables palabras?
Creo que estamos en un momento de cambios a todos los niveles y eso puede generar una sensación incómoda de caos. Y no es verdad que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Es solo que, para ordenar el armario, primero hay que sacarlo todo. Sacarlo, tirarlo por el medio y entender que ese desorden es, por definición, temporal y, más que necesario, imprescindible para que ocurra la magia y las cosas encuentren su lugar en el mundo, en su mundo, en su cajón.
Sentimos el caos a nuestro alrededor: desde los planetas, que están retrogradando y entrando en conjunciones que, por lo visto, no se veían desde hacía miles de años, pasando por los adolescentes que se creen perros, hasta Trump y su efecto en la cotización del oro. Vorágine por doquier.
Parece que todo se trastoca hasta quedar patas arriba, como una vuelta atrás en el tiempo. De repente, a nuestros jóvenes les ha dado por casarse mucho antes, como en el posfranquismo —no tanto, pero casi—. Igual lo suyo tiene más sentido que lo que hacen los de mi generación, que reaccionan al matrimonio a los 19 años de sus padres o no casándose o esperando a los 40. Igual lo de ahora tiene más sentido (naturalmente hablando, quiero decir).
Quizá sea todo una cuestión de edad. Cuántas veces no oiré en el trabajo «ni lo intentes, es generacional». Y opino que está bien que alguien haya reaccionado contra la explotación que antes se daba por sentada. Aunque inmediatamente después piense que se han pasado de frenada y que encontrar los términos medios es una virtud que, por el momento, no se aplica. Pero también creo que, para llegar al equilibrio, en ocasiones hay que irse al polo opuesto; y quizás es lo que esté pasando. Caos también en mi pensamiento.
El mundo está en una crisis de confianza total y absoluta. Desde los poderes, jugando al ajedrez con el miedo y la educación, hasta los peones, jugando a ser Zeus y creyendo que están cambiando las normas del juego.
Sin embargo, me niego a pensar que cualquier futuro no vaya a ser mejor. Todo es cíclico, que no se nos olvide. O te casas a los 19, o a los 45, o a los 30 o no te casas, pero las opciones son las que son. Lo mismo que las modas, que por mucho que cambien el diseño de la ropa que vestimos esta es la que es. Sí, vivimos un momento de muchos cambios. Esa lista de posibilidades se abre y amplía continuamente en algunos ámbitos, pero todo parte de las personas. Tanto en el desarrollo como en el uso. Y nuestros miedos son los que son, y nuestro cerebro funciona igual en todos nosotros: no quiere que seamos felices, solo quiere que sobrevivamos. Eso es universal. Solo los valientes que lo entienden trascienden el bloqueo del miedo y tienen sueños, y los cumplen. Son los que mueven el mundo.
Así que sí, lejos de creerme John Locke, a pesar del título de estos párrafos y pese a la aparente locura del mundo, hoy quiero pensar —necesito pensar— que lo mejor aún está por llegar.






