Hay libros que nacen de una urgencia íntima. Otros, de un duelo que ha ido sedimentando durante años hasta convertirse en una pregunta que ya no puede esquivarse. Mutti, de Félix Fernández de Castro, es ambas cosas. Un intento de recomponer la vida de una madre —Margaret Krings Rechholz— a partir de los restos, los silencios y las pocas fotografías que sobrevivieron. «Lo que me había frenado todos estos años era la tristeza enorme que aún me provocaba su memoria y, sobre todo, su muerte. Hasta que dejó de ser así», reconoce el autor. Y solo entonces pudo sentarse a escribir.
Antes de alumbrar Mutti, Fernández de Castro había leído compulsivamente sobre padres, madres e identidades fracturadas. Roth, Auster, Carrère, Miralles, Sarah Polley… Historias que utilizan la figura paterna como llave para entenderse a uno mismo. «Me sorprendieron mucho más las semejanzas que las diferencias. Supongo que por eso he sido siempre un lector tan ávido de todas esas historias, casi un género en sí mismo», explica.
Su libro entra en esa constelación, pero lo hace desde otro ángulo, el de quien reconstruye la vida de alguien querido cuando ya no quedan testigos ni documentos. Solo intuiciones, cuadernos heredados y un duelo que, por fin, empieza a dejar espacio.

¿Libro o película?
Durante años, Félix Fernández de Castro imaginó este proyecto como un documental. No era una idea descabellada: su primera película, María y yo, también abordaba la relación entre un padre y su hija. «Siempre pensé que debería haber dado continuidad a aquel trabajo con otra película… pero por una u otra razón nunca llegó a hacerse», admite.
La historia de su madre era la única que había resistido. Pero pronto surgieron las dudas. ¿Cómo filmar una vida sin imágenes? ¿Cómo levantar un documental sin testigos, con apenas un puñado de fotos, la mayoría borrosas?

La respuesta no fue inmediata. Llegó casi por decantación. «Una ventaja de un libro es que puedes escribirlo tú solo, que no necesitas nada ni a nadie más para levantarlo», dice. Aun así, esas imágenes mentales que le perseguían exigían un lugar en la obra. El libro necesitaba luz. Algo que equilibrara la gravedad del relato.
En algún punto recordó a los iluminadores medievales, esos artistas que acompañaban los textos para «esclarecerlos, embellecerlos o completar su significado». Esa idea encajó como una llave en la cerradura. Necesitaba un compañero de viaje.
El primer nombre fue el de Miguel Gallardo, pero el autor de María y yo ya no tenía fuerzas. Durante la enfermedad de Gallardo, Félix y Toni Ricart —Baxter— coincidieron a menudo acompañándolo. Sin saberlo, ahí estaba la solución. Un año después de la muerte de Miguel, Félix lo vio claro. «Baxter aceptó el encargo después de leer el manuscrito. Su participación ha sido decisiva», dice. Todo lo que llegaba a su mesa eran fotografías sueltas, recuerdos nebulosos, testimonios incompletos. Y, aun así, Baxter convirtió ese material disperso en un álbum emocional. «Fue como rodar una película. Baxter ha sido cámara, director de fotografía, editor e ilustrador, todo en uno», cuenta Félix.

Memoria
Uno de los grandes vértigos del libro fue la falta de huellas tangibles. ¿Cómo se cuenta la vida de alguien cuando casi no queda nada? «Me preocupaba lo incompleta que podía resultar la historia… hasta que entendí que lo que faltaba era precisamente lo que aportaba mi punto de vista».
El vacío no era un problema, sino parte del relato. Un espacio donde podían entrar su voz, su percepción, su forma de recordar. Incluso su manera de reparar lo que había permanecido guardado en un compartimento sellado durante décadas.
Porque si Mutti es muchas cosas —homenaje, investigación, memoria—, para Félix Fernández de Castro es, sobre todo, una forma de curarse. «Sin ninguna duda, el libro es reparación. Tanto de la figura de mi madre como de mí mismo», confiesa.

Escribir sobre los padres es escribir sobre uno mismo. A veces más de lo que uno querría. Aquí también hubo miedo. «Temía no contar bien la historia de mi madre… y también enfrentarme a lo que la historia me iba a devolver», dice. Su pareja lo percibía: «cada vez que volvía de escribir tenía una nube sobre la cabeza».
Pero también fue liberador. Un modo de encontrarse con un Félix que hasta ahora no había tenido espacio público. «El que aparece en estas páginas es el Félix real. Uno que nadie conoce, al menos no tan al descubierto».
El cuaderno
La escritura empezó, en realidad, mucho antes de la pandemia. Y arrancó con un hallazgo: un cuaderno que su padre dejó para él y su hermano. Un último gesto, quizá involuntario, pero decisivo. «Ese cuaderno fue una especie de encargo póstumo», cuenta. La chispa que convirtió el duelo en narración.
Después llegaron una lesión de rodilla, la inmovilidad, el confinamiento. No fueron el origen del libro, pero sí un paréntesis fértil. «La pandemia fue un paréntesis beneficioso para una parte del proceso, nada más», resume.

¿Qué queda al cerrar el libro? Fernández de Castro tiene una respuesta clara: «Me gustaría que el lector se reconociera en alguna emoción… y que lo hubiera leído del tirón, sin dificultad».
Mutti es, en esencia, eso: un libro que se lee con un nudo suave en el estómago. Una reconstrucción afectiva hecha de huecos, de imágenes inventadas, de dibujos que iluminan a quien ya no está. Un ejercicio de memoria que, como todo lo importante, solo podía escribirse cuando dejó de doler demasiado.






