No exageramos si decimos que nuestro invitado en esta nueva entrega rizomática es, seguramente, el mejor deejay de España y uno de los grandes DJs del planeta. Con asiento propio en la mesa en la que comen astros como Jeff Mills, Ellen Allien, Richie Hawtin, Laurent Garnier, Regis o Surgeon, Óscar Mulero es el mayor activo español de la escena electrónica global.
Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2025, habitual de los mejores clubs y festivales del mundo, curador de dos de los sellos más destacados del techno y maestro de maestros en el ámbito de las músicas de baile, Óscar Mulero ha levantado una sonoridad, una técnica y una escuela propias.
Óscar, ¿cómo arranca tu historia con la música y, en especial, con la música electrónica?
Mis primeros contactos con la música electrónica fueron hacia 1988 o 1989, con 19 años más o menos, cuando empecé a salir por Madrid e iba a sitios donde sonaban post-punk y EBM. Como DJ empecé a finales de 1989. Primero, en el caso del post-punk, con música más de guitarras y bandas como Joy Division o Bauhaus.
En cuanto al EBM, arranqué con grupos como Cabaret Voltaire, que ya habían introducido la electrónica en sus primeros discos, y con otros más sofisticados, como Klinik, Nitzer Ebb y bandas por el estilo.
Empiezas a pinchar en una época y en un Madrid que rezuman vida por los cuatro costados. Durante los primeros años de tu carrera vas de la mano de la música post-punk. ¿Por qué esos sonidos y no el funk y la música negra que tanto sonaban entonces en la capital?
Es cierto que, en aquella época, lo más popular en discotecas y demás era la música negra. Escuchar post-punk o ir a sitios en los que la gente se vestía de negro, llevaba eyeliner y cardados imposibles era algo muy sectario, pero a mí me despertaba mucho más interés, inquietud y asombro. Tenía diecinueve años. Musicalmente, me llenaba mucho más. No sé muy bien por qué, pero eso me atraía más que la música funky.
Entonces, en Madrid la escena giraba en torno al funk, mientras que el post-punk sobrevivía en pequeños reductos. Solo podías escucharlo en guetos concretos. Había un sitio al que me gustaba mucho ir, sobre todo por la música que ponían: Plantabaja. También Nacional. Iba allí a ver pinchar a gente. En aquella época, cuando empecé a salir, no pensaba en pinchar ni muchísimo menos, pero me atraía la forma que tenían de seleccionar la música, las transiciones, cómo enlazaban unas canciones con otras. Ahí empezó, en parte, el enamoramiento con el mundo del deejay.
Mirándolo con perspectiva, aquello fue una verdadera revolución sonora. ¿Cómo lo viviste desde dentro? ¿Cómo fue ser un agente activo en esa revolución? Al final, formas parte de la transición entre los últimos coletazos de la época dorada de Valencia y los nuevos sonidos que empezaron a desplegarse por el país tras su caída.
Estábamos en una época de bastante cambio con respecto a lo que había sonado antes en Valencia. En mi caso, lo que recibimos de allí, que tiraba más hacia el new beat y cosas así, era bastante distinto de lo que se había puesto a finales de los 70 y principios de los 80. Tengo amigos mayores que iban en aquella época y me hablan de las bandas que pasaban por allí, bandas maravillosas, algo impensable en Madrid; por ejemplo, poder ver a The Lords of the New Church.
Cuando nosotros empezamos a pinchar en clubs importantes de Madrid, como New World, en Valencia ya estaban en otra cosa, más noventera, con sonidos como Megabeat y todo aquello, como resaca de todo lo que había empezado allí a finales de los 70 y principios de los 80, que para mí es la época dorada, sobre todo musicalmente, porque soy muy fan del post-punk y de aquel momento. De hecho, sigo comprando discos para mi colección.
Ya lo has contado en otras entrevistas, pero me encantaría que nos hablaras de The Omen, el club de los clubs de aquella época. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Qué aprendiste allí?
Desgraciadamente, fue un periodo muy breve, del 94 al 95 y poco más, porque nos condicionaron mucho los problemas con el sonido: teníamos que trabajar con limitador, y para nosotros era vital hacerlo sin ese tipo de problemas. Pero fue una experiencia supergratificante, ante todo porque la dirección musical la llevábamos nosotros, Yke y yo, y, entre comillas, podíamos hacer musicalmente lo que nos gustaba.
Recuerdo que viajábamos mucho para comprar música. Nos gustaba salir fuera y conseguir cosas difíciles de encontrar en Madrid. Por eso era raro encontrarte con la misma sesión dos fines de semana seguidos. Había mucha gente que no protestaba, pero sí nos decía que volvía y no reconocía casi nada de lo que había escuchado la semana anterior. Fue una época de muchísima inquietud musical.
La rigidez y el sectarismo no llevan a ningún sitio
Como experiencia fue brutal. Lo llevábamos entre cuatro socios. Y yo, con veinticuatro años, lo único que quería era centrarme en la música. Por suerte, podía hacerlo: me ocupaba de la dirección musical, porque mi cabeza no pensaba en otra cosa que no fuera pinchar. El resto del negocio lo gestionaban otras personas, que estaban más enfocadas en eso, porque llevar una sala da muchísimo trabajo.
Pinchábamos los fines de semana y entre semana pasábamos horas y horas preparando sesiones y pinchando. Aquello, para nosotros, fue un parque de atracciones.
Y empiezas a salir de Madrid, y el norte —en especial Asturias— te acoge de la mejor manera posible. ¿Cómo empieza tu historia de amor con esa tierra?
Como ya he comentado otras veces, nuestra música caía y funcionaba mejor en la mitad norte de España. No sé si por carácter, por influencias o porque en el sur siempre ha habido mucho peso de la música inglesa, con el tema de los breaks, el hardcore y todo aquello. Nosotros conectamos muy bien con el norte: Asturias, Galicia, León… No sé la razón exacta. Igual es cosa del clima. A saber.
En el sur era más difícil. Recuerdo que las primeras veces que fui a pinchar allí fue un poco frustrante, porque la gente no terminaba de entender aquello. Pero, aun así, siguieron insistiendo y siguieron llevándonos, lo cual agradezco muchísimo. A día de hoy, poder pinchar en el sur es una maravilla, sobre todo por el trabajo que han hecho promotores y clubs, que han seguido apostando por esto.
Pero sí: donde mejor acogida tuvo nuestra música fue en el norte del país. Querían escuchar lo que hacíamos en Madrid, y los DJs del norte venían a vernos pinchar, visitaban los clubes de la ciudad —que, al ser la capital, tenía más infraestructura—, se quedaban fascinados con todo aquello y trataban de capturar algo de ese espíritu para reproducirlo también en su tierra. Así se extendió el germen por el norte y se produjo ese intercambio. A mí me pasaba también en Madrid: cuando venía gente de fuera a pinchar, tomaba nota y aprendía. Y eso, al final, es lo más natural del mundo.
Tras todo este tiempo viviendo por aquellos maravillosos fueros, ¿qué significa Asturias para Óscar Mulero?
A nivel creativo, todo lo que pasa a tu alrededor influye de alguna manera en tu forma de crear. Para mí, Gijón es una ciudad en la que me encuentro muy a gusto. Siempre me ha fascinado el norte de España y, en concreto, Asturias. He venido mucho a trabajar, he hecho buenos amigos, y hay una cosa que aquí me resulta muy agradable: mis mejores amigos no son específicamente de la escena electrónica. Son gente muy llana y muy cercana, a la que le da igual quién eres, a qué te dedicas o cuánta gente te conoce. Lo importante es el trato directo como persona, algo que a veces se pierde en las ciudades grandes, donde cuesta discernir quién se acerca por la persona y quién por el personaje. Aquí tengo la suerte de tener amigos y gente cercana con quienes todo eso está muy claro.

Y comienzas a salir de España. ¿Cómo vino aquello? ¿Cómo lo gestionaste?
Creo que mi primera actuación fuera de España fue en Toulouse, en un festival que se llamaba Creative Action for Satisfaction, que duraba dos o tres días. Fue la primera vez que vi pinchar a gente como Oliver Bondzio o Laurent Garnier. Aquello fue una experiencia tremenda.
Cruzar la frontera para poner música fue muy importante para mí. Si no me equivoco, fue en 1993 o 1994, y resultó decisivo ver a gente de esa talla pinchando, compartir con ellos, tomar nota y empaparme de todo. El viaje fue una locura y una pesadilla, porque fueron muchas horas en autobús, pero con veintitrés o veinticuatro años la ilusión lo puede todo.
¿Piensas en algún momento: «Joder, la que estamos liando»? Porque empiezas a salir, a moverte…
A partir del 96 empiezo a salir regularmente, no al nivel en el que estoy hoy, claro, pero sí con oportunidades para pinchar fuera de España. Y, por supuesto, ha habido etapas de muchas dudas: si me voy a poder dedicar a esto, si esto va a poder darme de comer, todo el tiempo que estoy invirtiendo… Ha habido periodos muy complicados. Pero yo siempre he seguido apostando por ello y he trabajado mucho para llegar hasta donde he llegado. Con el tiempo veo que ha merecido la pena, aunque no haya sido fácil.
En aquella época, a mis padres no les hacía mucha gracia que me dedicara a recorrer el mundo con la música. Y hasta yo mismo pensaba a veces: “¿Qué estoy haciendo?”. Pero vas consiguiendo cosas, quemando etapas, te independizas, pagas tu apartamento con la música… y eso hace que te enganches todavía más. Al final, la pasión es fundamental. Tiene que empujarte mucho, sobre todo cuando atraviesas dificultades, porque ahí es muy fácil desanimarse.
Y en una época en la que la conexión era bastante más difícil que ahora, ¿cómo se tejen las redes para empezar a moverte por Europa?
Antes no estaba todo tan profesionalizado. No existían las agencias de booking. Tú dabas el teléfono y a ver si había suerte. En mi caso, como vivía en casa de mis padres, mi madre me decía: “Oye, Óscar, que ha llamado alguien preguntando por ti y no sé ni qué idioma hablaba”. Y así contactábamos, por teléfono.
Recuerdo que compré un fax, que en mi casa no hacía falta para absolutamente nada, pero que me vino muy bien, sobre todo a nivel internacional, para que me enviaran direcciones, contactos de promotores y demás.
Y en España, lo mismo: teléfono, coche —en aquella época tenía uno de segunda mano y hecho polvo—, discos al maletero y a hacer kilómetros. Muy romántico, muy chulo, y ahora lo recuerdo con mucho cariño, pero también era duro. Hoy todo está más sofisticado y profesionalizado, y eso está muy bien porque facilita muchísimo las cosas. Pero aquello también tenía mucho encanto.
Y de la selección y la divulgación musical pasas a la producción. ¿Recuerdas cuándo y por qué decidiste dar el paso?
Fue algo natural. Siempre he pensado que es la evolución lógica: empiezas pinchando y el siguiente paso es hacer música, la música que no tienes en la maleta y te gustaría poder pinchar. En mi caso, y en el de mucha gente, ese era el recorrido natural, aunque también existe el camino inverso.
A mí me llevó tiempo llegar a lo que considero un nivel decente en la producción. Es un trabajo de años, de generar confianza y de aprender mucho. Pero para mí era decisivo. Me di cuenta de que sacar discos era una herramienta muy importante para ampliar el mapa de sitios en los que podías pinchar. Para un promotor, en Estados Unidos o en Asia, el principal recurso para conocerte es tu música. Así que, además de ser una evolución natural, hacer mi propia música era también una vía.
Fuiste también de los primeros en dar ese salto, ¿no?
No fui pionero ni mucho menos. Ya había gente haciéndolo antes, y yo aprendí de ella, sobre todo de Roberto, Groof, con quien llegué a grabar un disco, BW.003, y del que aprendí muchísimo. Tiene un talentazo increíble. Le respeto enormemente.
Antes que yo había gente que, a nivel de producción, había conseguido cosas muy importantes: Álex Martín, que grabó para F Communications; Leandro Gámez; Toni Rox con The Frogmen; HD Substance… Gente pionera en la que también me fijaba.
¿Cómo se gesta la creación de Warm Up? ¿Cuentas con alguien para sacarlo adelante?
El sello lo monto yo y me encargo de todo: contactar con un diseñador, pelear para conseguir una distribuidora —que en aquella época no era nada fácil—… Como entonces no viajaba tanto ni pasaba tantos días fuera, tenía más tiempo para gestionarlo, algo que hoy sería impensable.
Ahora trabajo con un equipo pequeño, pero necesario, para poder estar al máximo nivel en actuaciones y en el estudio. Hay cosas del sello de las que sí puedo ocuparme, como la dirección musical o la imagen, pero hay otras imposibles porque no me da la vida.
En aquella época sí: era yo al frente de la relación con la distribuidora, de la gestión musical, del diseño y de todo lo demás. Costaba mucho más divulgar, pero también había menos frentes: no había redes sociales que atender.
Hoy hay gente que está pisando los mejores clubs del mundo sin haber hecho ni una sola canción
¿Por qué, dos años después, Polegroup? ¿Qué te llevó a ello? ¿Fue un paso natural?
Fue bastante sencillo. Una de las distribuidoras con las que trabajaba Warm Up cerró, lo que hizo que nos quedáramos un tiempo sin poder publicar música. Pensé que lo mejor era tener dos sellos, cada uno con una distribuidora distinta, para no volver a quedarme parado. Después, Polegroup se convirtió en algo más que un sello: una plataforma que reunía a artistas, sobre todo españoles, alineados con una dirección musical concreta. También pasó a ser agencia de booking, se hacían noches del sello…
En este sentido, para ti ha sido muy importante no solo ser curador, sino también cuidador de la gente y de la escena española, ¿no?
Sí, muchísimo. Siempre he insistido en poder hacer todo desde aquí, desde España. Siempre he creído que aquí hay mucho talento, tanto a nivel de artistas como de DJs, y siempre he apostado por ello. Hoy Polegroup tiene un sonido más específico, pero en Warm Up, que es más abierto dentro del techno, conviven artistas extranjeros y españoles, y eso es una auténtica pasada.
Ver todo el trabajo de estos años me aporta muchísimo. Y luego está la cantidad de gente con veintipocos que está saliendo ahora y haciendo un musicón increíble. De hecho, ahora mismo estoy escuchando demos de gente de Madrid que son una maravilla. Gracias a la tecnología, la gente tiene acceso a todo, pero impresiona el nivel que pueden alcanzar con tan pocos años de recorrido. Una de las cosas más bonitas es precisamente esa: el legado que va dejando el trabajo de años apoyando y publicando a otra gente.
La primera década de los 2000 es una etapa especialmente prolífica en tu carrera. Los sellos, el salto exponencial, los alias de Trolley Route y Dr. Smoke, el colectivo Selección Natural… Y aunque la escena vive una sacudida marcada por la burbuja, las modas y cierta banalidad, tú sigues en tu línea. ¿Es ahí donde se forja la figura de Óscar Mulero que conocemos hoy?
En mi caso siempre se ha tratado de hacer lo que he ido sintiendo, de apostar por la música que despierta algo en mí y con la que necesito comunicarme a través de la cabina. Cuando tu sonido es más popular, el momento es más dulce; cuando pierde popularidad y las cosas cambian, mantenerse ahí es más agrio y hay etapas más difíciles. Pero esa es una de las cosas que más valora la gente que sigue mi trabajo desde hace años. Siempre hay quien me dice: “No cambies, no cambies, no cambies”, y eso es muy bonito.
Para mí es vital, y creo que eso se traslada. Si lo que haces es una música en la que crees, si crees en la música que pones en un club a una determinada hora y eso es lo que te sale de dentro, al final se refleja en la pista de baile. No tendría sentido poner una música en la que no creo del todo, sea hype o no.
Me gusta que se me reconozca por un sonido y una manera de mezclar determinados, pero hay gente que busca antes popularidad que otra cosa, ir saltando de un sitio a otro siguiendo la ola del hype. Mantenerte en un camino fijo, con un punto de referencia claro, implica pasar por momentos difíciles, pero creo que genera una base mucho más sólida que ir mutando según sople el viento.

Y mira que a veces es difícil luchar por lo que uno cree. En aquella época era complicado centrarse con todo lo que había: minimal, tech house… Fue una locura.
Es lo que hablábamos antes: al final, esto es muy cíclico. En los primeros 2000, con el gran boom del minimal, no había realmente nada nuevo. Esos BPM, esa música con pocos elementos y muy texturizada, ya la estaban haciendo Basic Channel y Chain Reaction desde mucho antes. Pero la historia es cíclica. Las cosas van dando vueltas y, después de ese boom, volvió el techno, con menos BPM y menos elementos, pero siguiendo en parte la línea del techno de mediados de los 90.
Es normal que haya giros y que determinados sonidos, texturas, BPM e incluso colores ganen terreno mientras otros quedan atrás. La cuestión está en si te mantienes y apuestas por algo, apretando los dientes hasta que vuelva a tocar.
Durante la década de 2010 sigues sin parar. Warm Up no deja de crecer, Polegroup se convierte también en agencia, te abres de lleno a las nuevas tecnologías, montas espectáculos audiovisuales, Selección Natural la lía… ¿Qué se ve y cómo se ven las cosas una vez sentado en la mesa de los mejores? ¿Qué mola de estar ahí y qué no?
Cuando apuestas por algo, sea lo que sea, eso exige esfuerzo, dedicación y sacrificio. Te dejas cosas por el camino que, con una vida más convencional, podrían aportarte mucho. Pero esa es la trampa: cuando es tu pasión, no te das cuenta.
Yo no sufrí pasarme veinticinco años sin un solo fin de semana libre o estar años sin vacaciones, porque estaba apostando por esto. Entre semana me curtía en el estudio y los fines de semana cogía la maleta y a viajar. A día de hoy, con cincuenta y cinco años, lo pienso y digo: “Hostia, han sido muchos años sin vacaciones y sin poder disfrutar de más tiempo con mi familia y mis amigos”. Pero también es algo que me ha dado muchísimo y me ha hecho muy feliz.
Y luego está la parte de ir cumpliendo metas y sentirte orgulloso. Recuerdo la primera vez que vi pinchar a Surgeon y a Regis —compartimos cartel aquella noche—: yo iba con mis discos de Downwards bajo el brazo para que me los firmaran. Y cuando pasa el tiempo, los conoces, hablas con ellos, te haces amigo, compartes momentos y viajes… eso es algo muy bonito. Le da sentido a toda la dedicación y a todo el sacrificio.
Pienso en otras entrevistas en las que has hablado sobre la soledad del deejay, el ir y venir, la sensación de no pertenecer a ningún sitio, la tralla que recibe el cuerpo, el hecho de producir en los aeropuertos…
Lo más difícil es encontrar el equilibrio entre las actuaciones, el tiempo de estudio, el tiempo que requieren los sellos… Por eso los viajes hay que aprovecharlos. Siempre llevo mi material, mi disco duro y mi portátil para trabajar en ideas, y muchos trabajos salen precisamente cuando viajas. Si estás un mes entero por América, esa es la mejor manera de aprovechar el tiempo entre vuelos y aeropuertos. Conseguir el equilibrio entre todas esas cosas es lo más difícil.
Fuiste parte del buen devenir de lo acontecido en Valencia, viviste la gran explosión del techno en España, el impasse de los 2010, su resurgir en los 2020 y la amenaza de una nueva burbuja. La historia, cíclica, se repite. ¿Cómo lo ves?
Mucha gente dice que a partir de la pandemia se ha torcido todo, pero yo creo que ya íbamos hacia este lugar. Seguramente la pandemia aceleró el proceso, porque se empezó a consumir más en casa, más redes sociales, y eso ha hecho que se valore muchísimo más lo que representas en ellas. Hasta el punto de que, en muchos casos, lo musical ha pasado a un segundo plano y es más importante qué imagen proyectas.
En mi caso, con veintiséis años, cuando monto el sello, conseguir que tu disco se vendiera en Estados Unidos implicaba un trabajo arduo. Hoy hay gente que está pisando los mejores clubs del mundo sin haber hecho ni una sola canción. Y eso influye en que determinada gente entre en determinados circuitos mientras otras personas, con muchísimo talento y muchos años de trabajo, quizá nunca puedan hacerlo. Es una faena, pero es la realidad.
¿Quién es responsable de eso? Ese es otro debate. ¿Quién decide consumir ese tipo de contenido? ¿Quién le da cabida? Lo cierto es que, incluso en una escena tan de gueto y underground como la nuestra, hay muchos casos en los que da igual si has sacado música o no: lo que importa es lo que representas en redes sociales. Eso puede determinar tu carrera y hacer que vaya muy rápido, aunque muchas veces también sea mucho más fugaz. Llegar ya no cuesta lo que costaba antes.
Aun así, todavía hay esperanza, porque se siguen haciendo cosas interesantes, hay garitos que son gloria y la electrónica se está introduciendo en dimensiones nuevas. ¿Cómo lo ves?
Por supuesto. Y eso tiene que ver, otra vez, con el carácter cíclico de esta escena. Las cosas pasarán a otro plano —a nivel de sonido, de BPM, a todos los niveles—, pero seguirá habiendo gente haciendo cosas. Y hay gente muy interesante. Una de las cosas más chulas de apostar por un sonido y tratar de dar salida a gente nueva es que generas un legado para el futuro. Independientemente de que haya hypes o no, habrá gente trabajando en una dirección, y cuando el ciclo vuelva a girar, ahí estará esa legión.
No tendría sentido poner una música en la que no creo del todo, sea hype o no
Y actualmente hay una legión bien buena…
En cuanto a circuito, en España no nos podemos quejar. Hay sitios que son una maravilla, hay sellos discográficos —como Semántica— con un nivel increíble. La cuestión está en la dirección que tome la línea musical. Pero esperanza hay, claro, y gente trabajando en la buena dirección también: promotores, clubs, músicos…
Tú, que conectas con lo mejor de ayer, lo mejor de hoy y lo que viene mañana, ¿por qué es importante que los predecesores acompañen a las siguientes generaciones? ¿Hasta qué punto es necesario? ¿Acompañar o dialogar?
Es inteligente dar oportunidad y ayudar a que la gente joven interesada en este tipo de sonido tenga la posibilidad de grabar en sellos que den visibilidad a su trabajo. La confianza es vital, y cuando ves que algo cumple claramente a nivel sonoro, hay que darle cabida. Para que esto siga creciendo, es necesario que la generación a la que pertenezco —que ahora es referencia, pero dejará de serlo, porque el tiempo pasa y no somos para siempre— ceda el relevo a quienes vienen detrás. Tienen que echar a volar, gestionar y asumir la responsabilidad que hoy tenemos nosotros.
El de la electrónica ha sido siempre un mundo bastante balcanizado, pero ahora parece que algo está cambiando. ¿Qué piensas?
La rigidez y el sectarismo no llevan a ningún sitio. Por supuesto, hay mundos musicales tan distintos que es difícil que convivan y generen algo nuevo. Pero, dentro de una misma escena o de un mismo sonido, hacer gueto dentro del gueto no es positivo. Frena el avance y el progreso.
¿Qué es la repetición para Óscar Mulero?
Por un lado está la parte rítmica, los beats, que es algo muy primario, muy percusivo y, por tanto, muy mántrico, que puede llevarte a un estado determinado y que seguramente conecte con algo tribal. Y, por otro, está la combinación de elementos que conforman nuestra música: una música hecha con muy pocos ingredientes, muy pensada para trabajar por capas y combinar varias capas y varias canciones.
Lo bonito de esta música es que deja mucho espacio a la imaginación. Estás en un club con poca luz, escuchándola a determinado volumen, y el lugar al que te lleva depende de cada cual. Cada uno tiene la libertad de imaginar su propio destino. Ese modo repetitivo, mántrico, bien conducido y en unas condiciones concretas de luz y sonido, puede llevarte a un estado en el que tú mismo generas tu propia historia durante esas dos o tres horas de sesión.
¿Y la oscuridad? ¿Cómo es tu relación con ella?
Creo que es algo muy estigmatizado, seguramente porque vengo del post-punk y de toda esa música. Escuchar música me lleva a determinados estados. Puedo escuchar cosas con más luz, más happy, y también música con tintes melancólicos, y encuentro belleza en ambas. Cada una me traslada a un momento y a una situación. Todo tiene su belleza.
A mí, la música que te lleva a la melancolía o tiene tonos oscuros no me echa para atrás. Puedo convivir con eso. No necesito escuchar música alegre todo el día, pero tampoco, como cree mucha gente, me paso el día escuchando música oscura.
¿Qué es la música electrónica para ti? ¿Cómo la definirías?
Para mí es música, sin más, como puede ser el pop, el rock o cualquier otro estilo. Al final hay una intención detrás de quien está sentado tocando las teclas de un sintetizador, programando ritmos o siguiendo una secuencia concreta. Es música con una intención, que no es otra que transmitir algo. No veo una gran diferencia en ese sentido.
Sí creo que permite combinar estilos muy rápidamente, y por eso puede ser una música más elástica que otras, quizá más estrictas. Pero, básicamente, no veo una gran diferencia entre la intención de alguien que compone electrónica y la de quien hace otro tipo de música.
Puedes ser un genio o un paquete haciendo música electrónica, igual que haciendo música pop. Al final es un canal para transmitir algo, como puede ser la fotografía o la pintura. Un modo de expresión.
¿Qué ha de tener un buen tema para Óscar Mulero? ¿Y un buen set?
A la hora de hacer música y de ponerte en una cabina frente a una pista de baile, tienes que creer en lo que haces. El fin tiene que ser transmitir: transmitir lo que pasa por tus tripas en ese momento y compartirlo con las herramientas que tienes.
¿Sigue la electrónica mirando hacia el futuro o, como comentó Blánquez en Loops, ya lo ha alcanzado?
En lo que se refiere a la música electrónica de baile, quizá cada vez es más difícil sorprender. Pero a nivel de escucha creo que el campo es infinito. Siempre va a haber evolución, también porque la hay a nivel técnico, con mejores herramientas para producir. Es verdad que la música de baile ha alcanzado ciertos límites, que está más encorsetada y que es difícil que surjan estilos totalmente nuevos, porque hay mucho ya recorrido.
Sin embargo, en la música de escucha hay todavía muchísimas líneas por explorar. De hecho, ahora hay un gran revival de los breaks y del drum and bass, y son sonidos que llevan con nosotros mucho tiempo. En ese sentido, sí: es más difícil que la electrónica sorprenda, pero la combinación de elementos del pasado con los beats de ahora y con todo lo nuevo que sigue apareciendo hace pensar que todavía tiene mucho por decir.
Viajado y leído, que diría Roi, ¿cómo ves el panorama? ¿En qué situación está la escena, tanto a nivel nacional como internacional? ¿Dónde mirar?
Creo que el momento actual es fantástico. En mi caso, jamás había vivido un momento así a nivel de circuito, tanto en Europa como fuera: América, Centroamérica, Sudamérica… El momento que estamos viviendo es muy bueno. La música electrónica está en el lugar más alto en el que jamás ha estado. Y eso se nota: mires donde mires, en la publicidad, en la televisión, está en todas partes. Tiene un peso real y, tanto a nivel profesional como a nivel de consumo, está muy presente.
¿Y Madrid? Porque teníamos que hablar de ella.
A nivel de circuito, hay clubs por los que pasa lo mejor de lo mejor en lo que al techno se refiere. En Madrid, igual que en Barcelona, la gente puede disfrutar de programaciones de primera línea, al nivel de lo que puedes ver en Holanda, Alemania o Inglaterra. Eso es así porque aquí se viene haciendo un buen trabajo desde hace años. Lo que se está recogiendo ahora es el fruto de todo ese tiempo: profesionalización, cuidado, incluso ir a contracorriente, porque en determinados momentos no lo han puesto fácil en absoluto.
Aun así, se ha hecho un trabajo muy serio —promotores, clubs y demás— y por eso Madrid está donde está. Me siento muy contento y muy orgulloso de cómo va mi ciudad. Bueno, mi ciudad… porque al final soy ciudadano del mundo, como se suele decir, pero es la ciudad en la que he nacido y en la que he crecido musicalmente.
Debido a la sociedad del espectáculo, la imagen parece prevalecer sobre el sonido y la forma estar por encima del contenido. ¿Por qué son importantes las raíces? ¿Cómo se avanza sin olvidar el pasado?
Ahora las cosas son mucho más asequibles, pero eso también se debe al trabajo de muchos años, no solo a nivel artístico, sino también por parte de promotores, gente que ha empujado, esfuerzo colectivo… Ahora estamos recogiendo los frutos de todo eso. Y por eso creo que es tan importante tener una base sólida, una base que solo es posible con trabajo y constancia, que es lo que hace que las cosas duren.
Es cierto que hoy las nuevas generaciones —y la vida en general— funcionan marcadas por la inmediatez, como si todo tuviera que pasar ya. Pero no sé hasta qué punto eso ayuda a que las cosas sean longevas. Para que algo perdure tiene que haber mucho trabajo y mucha constancia detrás.
También es importante conocer las raíces para saber de dónde viene todo. Y hoy, con la facilidad que hay para acceder a la información, no hay excusa. Antes descubrir era mucho más difícil: tocaba leer, buscar, tirar del hilo. Ahora está a un clic.
¿Cómo es un día en la vida de Óscar Mulero?
No creo que sea muy diferente al de cualquier otra persona. Suelo madrugar bastante, hago mis rutinas de deporte —muy importantes, máxime con mi edad, que ya tengo cincuenta y cinco palos— y, a partir de ahí, tengo mi planning del día con lo que toca hacer. Si hoy estamos charlando dos horas, sé que después me esperan otras tres o cuatro en el estudio.
Al final, se trata de cumplir objetivos: plazos, compromisos, trabajos. Pero sí, básicamente por las mañanas me dedico un tiempo a mí y a preparar el día. Ser más organizado es algo que he aprendido con el tiempo y que me aporta muchísimo. Es necesario. He aprendido que esas rutinas, que me llenan por dentro y me mantienen en forma, son determinantes para afrontar todo lo demás. Cuando hay problemas o las cosas no salen como esperabas, estar lo más centrado posible es muy importante.
¿Y la vida social y el descanso, cómo los llevas?
Es algo que también he aprendido a valorar con el tiempo. Ahora, entre comillas, me puedo permitir tomarme un descanso o reservarme un fin de semana para mí. Es una necesidad física, pero sobre todo mental. Llegar a ciertos lugares exige trabajo, constancia y sacrificio. Y ahora que estoy, de nuevo entre comillas, en una posición más estable, puedo permitirme tres o cuatro días para mí: viajar, visitar exposiciones, hacer fotografía… lo que sea.
Me he dado cuenta de que eso se ha convertido en una necesidad. Me ayuda a coger aire y a volver a la rutina con otra perspectiva. Al principio tienes que apretar muchísimo, pero ahora me parece muy importante salir un poco de la música para poder volver a ella mejor.
¿Cómo se inspira Óscar Mulero? ¿Qué hace más allá de la música? ¿Sigues haciendo fotografía?
La música es algo que escucho desde primera hora y que va siempre conmigo. De hecho, soy incapaz de salir a la calle sin auriculares. Me pasa muchas veces: me ve un colega, me silba y no hay manera de que me pare porque voy con la música y no me entero.
Y fuera de la música, la fotografía me aporta mucho. El cine también. Al final, son cosas de las que me alimento creativamente. Todo lo que sucede alrededor de mi vida es una fuente de la que bebo.
¿Cómo te organizas para gestionar el trabajo, la producción, los sellos, la agenda…?
Como te decía, tengo un equipo con el que organizo el trabajo de los sellos. Luego, lo que es el trabajo de estudio, los compromisos, las colaboraciones con otros sellos, toda la producción musical… eso lo gestiono siguiendo mi agenda: entregas, masterings, escuchas, plazos. Con todo el agrado del mundo, porque, aunque estés siempre pillado con la música, al final es tu pasión.
Como en cualquier otro trabajo, te organizas, te montas tu agenda y lo vas llevando como buenamente puedes, tratando de cumplir con todos los pasos. A veces se consigue y a veces no, pero con el tiempo he aprendido que, en esta vida, casi todo puede esperar.
Ahora que has recibido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, ¿qué piensas al respecto? ¿Por qué es importante este reconocimiento?
Como dije en su día, no recibo el premio a título personal. Me han elegido a mí y estoy muy orgulloso y muy contento, por supuesto. Pero este reconocimiento es, sobre todo, para la electrónica. Al final, detrás hay una labor de muchos años, desde los 90, una labor no solo mía, sino de muchos compañeros que han trabajado todo este tiempo, algunos con más visibilidad y otros con menos; de promotores, de clubs, de muchísima gente.
Yo lo recibo como una enhorabuena colectiva y como un paso importante para que la música electrónica tenga su hueco en el mapa cultural de este país. De hecho, compañeros de otros países me han escrito para decirme que esto es muy bueno, que en sus lugares todavía sería impensable que la electrónica se reconociera así.
Por eso lo recibo no a nivel personal, sino como un premio para todos: para la gente que lleva, como yo, treinta y cinco años peleándose con esto; para quienes han vivido momentos difíciles, años en los que los medios de comunicación criminalizaban este movimiento y se acercaban solo a la parte que más alimentaba el sensacionalismo, cuando en realidad había muchísimo más detrás.
Precisamente por eso este premio está tan bien. Estoy muy agradecido de que la Administración haya sido capaz de ampliar miras y reconocer la fuerza y la importancia cultural de nuestra labor. No solo la mía —para mí eso es anecdótico—, sino la de toda una escena. Que esta música tenga, por fin, su banderita en el mapa cultural me parece muy valioso.
Mantenerte en un camino fijo genera una base mucho más sólida que ir mutando según sople el viento
¿Qué queda del Óscar Mulero que empezó en este mundo? ¿Con qué se queda?
La intención, la pasión y la inquietud siguen siendo las mismas. Y con lo que me quedo es, sobre todo, con toda la experiencia. Se quedan muchas cosas por el camino y también se sacrifican otras muchas, pero después de las dudas del principio, de los momentos difíciles, de tantos años trabajando en algo, cuando alcanzas más o menos el lugar profesional con el que soñabas cuando tenías veinte años y empezabas a pinchar, ves que ha merecido la pena.
Por otro lado, tampoco lo vivo como algo excepcional. Creo que le puede pasar a cualquiera que se dedique a algo que le fascine: si te apasiona, si cumples propósitos y alcanzas objetivos con el paso de los años, llega un momento en el que ves que todo eso tiene sentido. Que todo el trabajo, todas las dificultades y todas las inseguridades no han sido en vano. No es fácil, no lo ha sido, y a veces todo se tambalea un poco, pero cuando las cosas van saliendo, todo encaja. Lo importante es irse a gusto a la cama por la noche.
¿Qué te queda por hacer?
Sobre todo, seguir aportando dentro de la escena electrónica y, más concretamente, en lo que al techno se refiere. Seguir trabajando, seguir dejando legado para que las generaciones de ahora tengan un punto de referencia y para que esto perdure. Mi mayor interés es ese: seguir disfrutando de lo que hago, de la música, que es mi pasión. Irme tranquilo a la cama cada noche sabiendo que hago algo que me gusta, en lo que creo, y que voy dejando una referencia para quienes vengan detrás.
¿Y qué se viene?
Ahora mismo estoy enfocado mayoritariamente en el techno. En cuanto a sesiones, estoy teniendo la oportunidad de hacer cosas distintas. Por ejemplo, con el alias de Trolley Route, que está más enfocado al sonido Detroit, más musical, voy a hacer un par de cosas este año. También vienen nuevos lanzamientos: primero un doce pulgadas con cuatro cortes y después un trabajo largo que saldrá con Dekmantel. Todo eso lo iré combinando con el resto del material del sello, más enfocado a la parte más física del techno.
Y poder hacer sesiones como la que hice de electro en Lanna Festival es algo que me aporta muchísimo y me divierte. Me gusta salirme del registro y abrir miras, porque el electro y los breaks siempre me han tirado.
En cuanto a los sellos, lo de siempre: seguir escuchando demos y material, porque la gente envía cosas muy interesantes. Es superimportante estar en contacto con las generaciones nuevas. Hay que estar ahí, aunque a veces sea muy difícil atender a todo el mundo. Responder a todos es complicado, pero hay que ir escuchando lo que llega y contactando con quienes hacen cosas guapas. Los próximos años pintan increíble, y me sorprende muchísimo la facilidad con la que la gente joven hace ciertas cosas.
ØM. Demasiado ØM.
RIZOMAS es un proyecto de Pedro José Mariblanca Corrales, historiador, filósofo, periodista y unas cuantas cosas más… Con un claro guiño a la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari –en la que la heterogeneidad, la diferencia, las multiplicidades, el encuentro, la ruptura y las líneas de fuga son las principales armas para escapar del mundo que vivimos y construir posibles en él–, este ha sido concebido para conversar y aprender con las personalidades más importantes de la cultura, el saber, la ciencia y la técnica.






