Un sabio miraba al cielo con ojos de loco. El hombre que había sido el discípulo «más brillante» de Freud y que iba a agitar, después de muerto, la conciencia sexual de una generación revolucionaria auscultaba las nubes de Maine (EEUU) la mañana del 6 de julio de 1953 soñando con que la lluvia le mojara la cara. Dos agricultores de arándanos habían contratado a Wilhelm Reich para que acabara con la sequía que amenazaba su cosecha.
El psicólogo austriaco aceptó: no esperaba un milagro, sino un acontecimiento científico. No solo había descubierto que la misma fuerza que provocaba los orgasmos era la energía básica del universo, sino que sabía cómo atraparla y dosificarla para, entre otras cosas, dominar el clima.
Wilhelm Reich nació en 1897 en Galitzia, entonces bajo dominio austrohúngaro. A pesar de sus raíces judías, el señor León Reich le impuso una educación que renegaba de la religión y la lengua hebreas; contrató un tutor para que el pequeño recibiera en casa una estricta educación primaria. Este maestro inculcó en aquella casa una curiosidad sin límites: al pequeño por el conocimiento y a su madre, Cecilia Roniger, por el sexo extramatrimonial.
El futuro cazador de nubes asistió a estos escarceos amorosos, vapuleado por los celos y la vergüenza. La historia acabó con la confesión de Cecilia, se sospecha que provocada por el niño. El padre, al enterarse, maltrató a su mujer hasta que no le quedó más salida que el suicidio.
Esa mezcla de fiebre doméstica y de ira trastocó la personalidad del pequeño Wilhelm. Su paranoia sexual se desencadenó desde la más tierna infancia. Reich relató que mantuvo su primera experiencia sexual con una criada a los cuatro años.
También se aficionó a observar los coitos de los caballos mientras los espoleaba con un látigo y se masturbaba. Visitó burdeles desde los 15 años y resbaló por el despeñadero del incesto: a los 22 años, se descubrió masturbándose mientras recorría mentalmente la imagen de su difunta madre.
Quizás intentando aplicar un baño de racionalismo a su agitación sexual, se interesó por el psicoanálisis y acabó convirtiéndose en el discípulo mimado de Sigmund Freud. Pero, después de un tiempo, sus investigaciones se desviaron del pontificado del patriarca y empezó a virar políticamente hacia el marxismo. Ante eso, Freud renegó de él. El punto culminante de su prestigio científico fue la publicación de libros como de La función del orgasmo (1927) o Psicología de masas del fascismo (1933).
La biografía de Wilhelm Reich parece el rastro de una huida desquiciada, esa huella se intuye incluso en sus fotografías despeinadas e imprevistas. Fue expulsado del Partido Comunista de Alemania, de la Asociación Psicoanalítica Internacional y perseguido por los nazis.
En 1934, seexilió en Noruega yse embarcó en las investigaciones que acabarían obligándolo a mirar al cielo. Freud se había dedicado a la teorización y a la terapia basada en el habla, no obstante, había rehusado enfocarse hacia la experimentación médica. Wilhelm Reich quiso superar al fundador del psicoanálisis y se lanzó a comprobar la existencia física de la libido.
En esa búsqueda descubrió el orgón (mezcla de las palabras ‘orgasmo’ y ‘organismo’): una energía omnipresente, azul y sin masa que se encontraba en todos los seres vivos.
La idea de orgón, que nació como una versión biológica del concepto de libido, fue expandiéndose hasta convertirse en la materia esencial de la gravedad, las galaxias y toda la creación: constituía la fuerza detonante de los orgasmos y su acumulación o represión desataba las neurosis.
Reich dedujo que si conseguía controlar esta sustancia, curaría a sus pacientes. No era tarea imposible porque, según postuló, esta maravilla etérea era medible.
Inventó el Acumulador de Energía Orgónica: una caja de madera parecida a una cabina telefónica con un revestimiento interno de metal galvanizado confeccionada a partir de una jaula de Faraday.
El funcionamiento es simple: la primera capa absorbe la energía y la segunda la atrae. Los terapeutas reichianos aún defienden que el aparato ayuda a recoger la energía vital presente en el planeta con fines médicos o educativos.
Wilhelm Reich vio que la temperatura dentro de la caja cósmica se elevaba sin que mediara ninguna fuente de calor. La prueba le resultó suficiente. Ahí estaba el orgón, la sustancia secreta del cosmos, el pulso de Dios.
La comunidad científica ya había alzado la voz con contundencia y desacreditado sus hipótesis; no obstante, eso no impidió que el austriaco siguiera practicando equilibrismo por la línea que separa la ciencia del artificio chamánico.
En un último intento de permanecer en el mundo académico, escribió a Albert Einstein. Le contó que había descubierto una fuerza que lo cambiaría todo. El genio de la relatividad ignoró sus tentativas, pero Reich perseveró, le aseguró que había hallado una energía que se comportaba de manera diferente a cualquier otra conocida, desafiando las leyes de la física.
Ante la insistencia, finalmente, Einstein recibió a Reich en Princeton (Nueva Jersey, EEUU) el 13 de enero de 1941. Hablaron durante más de cuatro horas. Einstein accedió a realizar él mismo un experimento y admitió que si aquello se demostraba, supondría una revolución en la física.
Al final de la cita, dijo a Einstein algo así como «y mucha gente me considera loco». El alemán respondió: «Me lo puedo creer». Reich, siempre a lomos de un fuerte narcisismo, entendió aquello como una muestra de comprensión y hermanamiento. Además, escribió en su diario que se había sentido como en casa y que, a pesar de detectar los errores de Einstein, no sintió ningún impulso de regodearse de él.
El cazador de orgasmos le facilitó el acumulador de orgón. El genio de la física bajó el artefacto al sótano y efectuó el experimento. Comprobó la temperatura en distintas posiciones: encima de la cabina, en su interior y alrededor de ella. Efectivamente, el calor había incrementado en el interior del aparato de manera inexplicable. Wilhelm Reich había triunfado.
Sin embargo, el éxito duró poco. Einstein y su ayudante advirtieron que la temperatura de la sala era menor en el suelo que en el techo y, desprovistos de la prisa mesiánica del orgonauta, reformularon el experimento y demostraron que la variación de calor registrada respondía a un simple caso de convección.
Reich se había sentado en el Olimpo científico de la mano de la mente más brillante del siglo, pero solo había permanecido allí unos minutos.
Einstein escribió una carta para comunicar los resultados que debió apuñalarle el ánimo: «Espero que esto consiga aguzar su escepticismo de forma que no lo vuelva a engañar una ilusión». Con la perspectiva de la Historia, parece imposible no percibir una extraña mezcla de compasión y hartazgo en el tono de la frase.
Reich respondió con una misiva desaforada de más de 20 páginas en la que intentaba rechazar los datos aportados por Einstein. En lugar de sentirse derrotado, en su diario, el autor de Psicología de masas del fascismo se vanaglorió de que sus descubrimientos habían dejado obsoletos los trabajos del nobel.
Este encuentro puede entenderse como la última oportunidad de Reich de permanecer en el mundo de la lógica, a partir de aquí sus pasos se harían más ingrávidos. Publicación tras publicación, la energía orgónica fue colonizando todos los saberes científicos: la psicología, la física, la química, la medicina, la climatología.
Cada investigación aportaba nuevas virtudes a esa cosa mágica y azul. También encontró una fuerza antagónica: el orgón negativo (Deathly-Orgon). Concluyó que esta gemela horribilis, al tener presencia en el cielo, jugaba un papel importante en la desertización del planeta… Si las nubes poseían energía orgónica y él había diseñado un acumulador, ¿cómo no iba a poder controlarlas?
Solo debía volver del revés el instrumento. De este modo, diseñó un cloudbuster (rompe-nubes) que consistía en dos filas de tubos de aluminio de unos 4,5 metros de longitud montadas sobre una plataforma. El instrumento, que parecía una máquina de guerra, le permitiría neutralizar el orgón negativo y desatar la lluvia.
Por ese motivo, lo contrataron dos agricultores de arándanos de Maine que temían perder la cosecha por la sequía. Ocurrió el 6 de julio de 1953. Él apuntó su cloudbuster al cielo por la mañana y esperó. Ya entrada la noche, la lluvia comenzó a caer. El despeinado señor de las tormentas consiguió salvar la cosecha. Al menos así lo publicó el Bangor’sDaily News citando como prueba un testimonio anónimo que, según se sospecha, no fue otro que Peter Reich, el hijo del chamán.
Ya no volvió a mirar al suelo. Entonces se desencadenaron las apariciones galácticas. Llegaron los extraterrestres con sus orgasmos negros, sembrando el planeta con esperma destructivo. El orgonauta no tuvo reparos en afirmar públicamente que veía ovnis atravesando el cielo y que eran objetos cilíndricos como puros en los que se apreciaban unas ventanas. A su paso, bañaban la Tierra de orgón mortal, y solo él tenía el poder de combatirlos.
Reich se obsesionó y se entregó a vigilar las estrellas junto a su hijo Peter. Otros niños pescaban carpas con sus padres, él cazaba naves espaciales. Hasta hoy, sus seguidores, siempre parapetados en la conspiranoia, sostienen que el psicólogo contaba con el consentimiento de Dwight Eisenhower para estas actividades y que intercambiaba información con él sobre los contactos que mantenía con inteligencias superiores.
De hecho, muchos achacan a estos tejemanejes ultrasecretos la posterior persecución de Wilhelm. Otros hablan de intereses oscuros de la industria farmacéutica… El caso fue que la Food & Drug Administration (FDA), también espoleada por la psicosis de la Caza de Brujas, prohibió la venta de acumuladores de orgón.
Él incumplió las órdenes hasta que confiscaron todas sus cabinas, lo detuvieron y organizaron la quema de sus libros. Corría el año 1957. La histeria y los abusos de las autoridades se solaparon con la locura de Reich, de esta manera, posicionarse de un lado o de otro es solo cuestión de apetencia.
Le diagnosticaron esquizofrenia y lo encarcelaron en la penitenciaría de Lewisburg, Pensilvania. Murió de una crisis cardiaca antes de poder presentar su apelación pero después de haber visto arder el trabajo de su vida, su Evangelio. Más tarde, su hija, Lore, psiquiatra, sospechó que Wilhelm había sufrido abusos sexuales en la niñez.
Una vida marcada por la perversión, un niño perseguido por la culpa del suicidio de su madre, un suicidio cuyo origen también se encontraba en el sexo. Él eligió una forma peculiar de huir de sus traumas: en lugar de renegar del sexo, quiso santificarlo, sentir que su sufrimiento escondía algo trascendente.
Y por eso, aquella mañana en Maine, soñaba con una lluvia que nunca sabremos si realmente se produjo.
[…] Wilhelm Reich, el genio que quiso robar orgasmos a los ovnis […]
¡Qué mierda de artículo!
Hola. Es la primera información que leo sobre la infancia de W.Reich. ¿Podría citar las fuentes de donde ha extraído esos datos? Me refiero a la información sobre su vida familiar de niño. Realmente me interesa… Gracias.
Buena la historia, y contada con gracia, aunque en honor a ese gracejo uno se pregunta si ha sido algo tendenciosa, algo inclinada a pronunciar más de lo real ciertos rasgos, quizá demasiado literaturizada (en algún momento me sentí leyendo un cuento que, debido a la exageración o a la falta de autocontrol del autor, como literatura no era muy bueno, aunque como nota periodística no está mal). En algún momento estuve tentado a leer «La revolución sexual», pero una sospecha vaga hizo que diera privilegio a libros más indiscutiblemente valiosos.
En todo caso, desde el título sospeché del calificativo de «genio» que se le da al personaje. De genio a obnubilado con delirios de grandeza hay mucho trecho. Quizá la materia dé para escribir sobre los delirios, en general, de todos los gurús que fundaron sus propias sectas a la sombra del evangelio del profeta y sumo sacerdote del psicoanálisis. Detrás de todos ellos se observan las volutas de un unánime orgón: puro humo para excusar intenciones mesiánicas que más que salvación de los pacientes buscaban figuración de los supuestos mesías.
Artículo absolutamente tendencioso, ridículo y reprobable. No se puede tratar un tema haciendo gala de la difamación. Una basura!
Me gustaría que pusieses las fuentes que has utilizado para escribir estas lineas.
Este artículo es horrible… y encima no cita referencias bibliograficas, ni asume que está emitiendo un juicio personal sobre Reich.
Hay un libro que reune parte de los diarios de Reich de su juventud…se llama «Pasión de Juventud»
…me entristece leer un artículo así…que deshonra tanto el conocimiento.
Hay un libro de David Boadella -en inglés y español- que se ocupa detalladamente de recorrer el desarrollo del pensamiento de Reich a lo largo de su vida. Es maravilloso, porque, justamente, limpia y desmaleza todo tipo de malosentendidos y difamaciones… producto del miedo u otras «plagas».
También hay un breve artículo de Laing gratis en pdf… «Why Reich is never mentioned?». Lo estoy terminando de traducir al español…si alguien lo quiere me lo puede pedir por Fb Yusema Yusema.
El legado de Reich sostiene el trabajo profesional de millones de terapeutas y es fuente de continuo desarrollo… sólo agradecimiento frente a tamaño pensador.
El libro de Boadella se llama «In the wake of Reich» (Nos caminhos de Reich)