«Estamos atrapados en la tripa de esta máquina horrible. Y la máquina se desangra hasta morir».
Efrim Menuck y Godspeed You! Black Emperor. The dead flag blues. 1998
Whatsapp. El check del Whatsapp. El doble check del Whatsapp. El doble check azul del Whatsapp. Última conexión hace 19 minutos. Hace 56 minutos. Hace dos horas. Ayer. Hace más de una semana. Twitter se cae. Facebook se cae. Tengo poca batería. No tengo cobertura. El ordenador va muy lento y hace ruidos raros. El exprimidor no gira. El frigorífico no enfría. El microondas no calienta. El coche no arranca. Hay que resintonizar los canales de la TDT. El mando a distancia no funciona. La televisión no se enciende.
La televisión no se ve.
Y cuando se ve, nos enseña que somos esclavos de la tecnología. Nosotros, en nuestros confortables pisos calefactados del primer mundo, lo somos de una manera sutil, invisible, casi imperceptible. Ellos, al otro lado de la pantalla, al otro lado del planeta, lidian con una opresión palpable. Robots para identificación de inmigrantes. Pantallas de rayos X autónomas. Drones de vigilancia. Drones-oruga con ametralladoras de calibre .50. Drones capaces de marcar con un señalizador láser a más de 50 kilómetros de distancia. Drones capaces de transportar misiles aire-tierra. Drones capaces de transportar una cabeza nuclear.
[pullquote class=»right»]A principios del siglo XIX, los Luddites ingleses llevaron a cabo acciones de boicot y sabotaje contra los telares mecánicos industriales.[/pullquote]
Desde que el dramaturgo checo Karel Čapek (o quizá fue su hermano Josef) acuñara la palabra «robot» en 1924, las máquinas han encarnado la imagen de la amenaza contra la humanidad, si bien, en realidad, las primeras revueltas contra la sumisión tecnológica fueron bastante anteriores. Ya a principios del siglo XIX, los Luddites, un grupo de artesanos ingleses, llevó a cabo acciones de boicot y sabotaje contra los telares mecánicos industriales que comenzaban a implantarse en las fábricas de tejido. Tenían miedo a que la tecnología degradase sus puestos de trabajo e incluso a que se los arrebatase, cosa que más o menos terminó ocurriendo.
Con el cambio de siglo, la cultura abrazó al robot como elemento fundamental de la narrativa de ciencia ficción. Y en la mayoría de los casos como enemigo deshumanizado del hombre. Desde la María de Metrópolis hasta los androides de Terminator; desde el Gort de Ultimátum a la Tierra hasta los centinelas y el Agente Smith de Matrix. Incluso los robots de Isaac Asimov se veían como objetos amenazadores, pese a las impecables tres reglas de la robótica que el escritor ruso-americano enunció para definirles.
En la última década, el desarrollo y la implantación masiva de los drones parece haber confirmado los vaticinios de la ciencia ficción. Vivimos en un mundo vigilado y controlado por máquinas sin cara. De hecho, el reboot de Robocop que el brasileño José Padilha dirige este mismo año dice que el enemigo son los robots autónomos. Que sobre ellos debemos descargar nuestra rabia. Nuestra rabia contra la máquina.
[pullquote class=»left»]¿Por qué la tecnología tiene que estar siempre del lado de los ricos y los poderosos?[/pullquote]¿O quizá no? ¿Quizá estamos equivocando el tiro? En realidad, las máquinas son solo máquinas y, mientras no se las dote de inteligencia, necesitan ser controladas o programadas por seres humanos. El problema es que esos seres humanos son siempre los mismos. Entonces ¿por qué la tecnología tiene que estar siempre del lado de los ricos y los poderosos? Esa es la pregunta que se hace el profesor del MIT Media Lab Chris Csikszentmihalyi y la cual lleva intentando contestar desde hace más de diez años.
«Entre los muchos cambios que la política estadounidense adoptó tras el 11-S, hubo uno que pasó inadvertido salvo para unos cuantos geeks» dice Csikszentmihalyi, «El ejército cambió de manera silenciosa su posición respecto al papel de los robots en el campo de batalla, y ahora abraza la idea de construir máquinas de matar autónomas». El científico llama a este proceso Política de la Ingeniería, y viene a decir que las decisiones tomadas en el campo de la robótica, así como los fondos que las financian, tienen un claro posicionamiento político.
[pullquote class=»right»]Los drones son un arma de la desigualdad. La respuesta no consiste en cargar contra ellos, sino en equilibrar esa desigualdad[/pullquote]En realidad, el Robocop de Padilha deja claro que el verdadero enemigo no son los drones-policía, sino la corporación que los controla. Pero aún más interesante es cómo muestra un futuro muy próximo a nuestra realidad: los drones controlan, vigilan e intervienen en territorios de Oriente Medio, pero no patrullan en Estados Unidos. Eso es precisamente lo que afirma Csikszentmihalyi: que los drones sirven a los poderosos para ir contra los desfavorecidos. Que son un arma de la desigualdad. Sin embargo, su respuesta no consiste en cargar contra las máquinas, sino en equilibrar esa desigualdad. Y para ello plantea usar otras máquinas.
El científico afirma que el abaratamiento de la tecnología permite desarrollar y fabricar drones para contravigilar los robots del poder. Y así los presenta.
Si la milicia llamada American Border Patrol construye un robot para vigilar a los inmigrantes indocumentados que intentan cruzar por el desierto de Arizona, Csikszentmihalyi idea los Freedom Flies. Son pequeños aparatos construidos a base de garrafas de agua y ruedas de bicicleta que, colgados de un parapente y pertrechados con cámaras –incluso infrarrojas- monitorizan las actuaciones de los drones de la milicia. Si el gobierno federal estadounidense mantiene a más de doscientos presos retenidos ilegalmente en la cárcel cubana de Guantánamo, amenazando con respuesta armada a cualquier intruso, el científico propone el Roboat, una canoa autopropulsada que navega por las costas de la prisión tomando fotos y grabaciones en vídeo.
El objetivo de estos drones es capturar cualquier tropelía que cometan los autodenominados «defensores de América». Son básicamente herramientas de denuncia periodística. Pero Csikszentmihalyi da un paso más. Si la policía plantea enviar drones para contener revueltas ciudadanas, los ciudadanos deberían poder hacer lo mismo. Así nace el Probot, una doble oruga poco más grande que una caja de zapatos, armada únicamente con un megáfono. Es un robot para manifestaciones. Y tiene toda la lógica: si los poderosos no se juegan el físico en los enfrentamientos, los desfavorecidos tampoco lo harán.
Porque, al fin y al cabo, las máquinas solo son herramientas. Herramientas manejadas por una minoría. A lo mejor ha llegado la hora de que la mayoría se defienda con las mismas herramientas.
Si quieres saber más sobre Chris Csikszentmihalyi y su proyecto, hay mucha más información en este artículo de Luke Yoquinto para The Big Round Table.
Drones para la resistencia
