La nueva élite universitaria está en las montañas afganas

La matrícula de ingreso en la Universidad de Stanford (California, EEUU), uno de los cinco centros universitarios más reputados del mundo según todos los rankings internacionales, le cuesta, a lo que la propia institución denomina un alumno ‘standar’ —soltero, dependiente de sus padres y residente en el campus—, 40.050 dólares anuales, unos 30.200 euros.

La propia universidad estima que añadiendo los gastos por alojamiento, libros, material, personal universitario, servicios de orientación y de salud, el desembolso de los progenitores del ‘standard’ ronda los 43.000 euros por curso. Cerca de la totalidad de los alumnos de este centro consiguen un puesto de trabajo bien remunerado gracias a su alta preparación académica.

Un joven —llamémoslo ‘standard’— de un país como Mali, Níger, Haití o Afganistán, entre una larga lista, dispone de menos de dos euros diarios para financiar su existencia. Cerca de 2.500 millones de personas sobreviven con esa cantidad según el último estudio realizado por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas. Dice este organismo que el acceso a la educación superior de este tipo población es imposible en la mayoría de los casos.

La cuestión es la siguiente: ¿Qué ocurriría si a las clases que imparten las universidades más prestigiosas del mundo pudiese asistir cualquier persona del planeta, sin tener que desplazarse y a un coste cero?

Sebasatian Thrun, ex profesor de informática en la Universidad de Stanford y socio colaborador de Google de fama internacional por crear el coche no tripulado, se ha propuesto comprobarlo. La nueva invención de este alemán, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería estadounidense y de la Academia de Ciencias Alemana, se llama Udacity y se perfila como la primera universidad online y gratuita del mundo.

Pretende conseguir que los conocimientos más punteros, impartidos por los profesores más ilustres, lleguen a todos los rincones del planeta pasando por alto el tradicional elitismo económico-intelectual que existe en la educación superior. Anuladas las barreras geográficas y sociales entre ‘standards’ de unos lugares y otros…, ¿se tambalearán las grandes referencias académicas del siglo XX? Tiembla, Harvard. Thurn está dispuesto a provocar un terremoto.

“No se trata de hacer desaparecer las viejas instituciones”, entona en son de paz el profesor cuando se le pregunta por sus intenciones. “Se trata de llegar al otro 99% de la población, el porcentaje que actualmente no puede aspirar a educación de alta calidad. Actualmente solo llega un elitista,es decir, el 1%”, señala. Para Thrun, “los campus universitarios tradicionales tienen su espacio, y funcionan, pero yo hablo de revolucionar el sistema educativo. Llegar a mucha más gente por mucho menos precio. Esa es la gran diferencia”.

¿Quiere decir usted que con este sistema los países subdesarrollados podrían aspirar a un nuevo futuro socio-cultural? ¿Desaparecerían las diferencias educativas en el mundo?

«Ese es mi objetivo».

Thrun lo vio claro después de la experiencia que llevó a cabo junto al profesor Peter Norvig (actual director de investigación de Google) durante los últimos meses de 2011. Aún impartía docencia en Stanford. Inspirado y ‘motivado’ por la academia interactiva y gratuita de Salman Khan (creada en 2006), la cual ofrece cursos formativos a través de Youtube, se le ocurrió que el curso que debía ofrecer para 177 estudiantes de la Universidad de Stanford —todos ellos pagadores— también podría tener éxito si lo encapsulase en vídeos y permitiese la asistencia abierta a través de la web. Es decir, un curso de Introducción a la Inteligencia Artificial cursado en Stanford, impartido por dos reconocidos expertos, gratis, y sin tener que acudir al aula.

A un hombre capaz de quitar el conductor a un coche y conseguir que circule con normalidad no le debió parecer excepcional suprimir la carcasa arquitectónica y las tasas económicas a la prestigiosa institución californiana sin mermar la calidad formativa para los estudiantes. La diferencia de su curso con la academia Khan es que, en su caso, existía un periodo concreto para el curso, una fecha de examen y la manera de interactuar con los profesores. El resultado, sin precedentes.

“Fue emocionante”, cuenta Thrun entusiasmado, “160.000 estudiantes de todas las edades, de 190 países, se matricularon y siguieron las clases. 35.000 de ellos realizaron el examen, muchos obteniendo la puntuación máxima. Me hizo mucha ilusión tener un alumno que seguía el curso desde Afganistán”.

La universidad dio su visto bueno al proyecto y permitió su difusión ya que, al no pertenecer Thrun a la plantilla universitaria desde el mes de abril de 2011 (abandonó su puesto para poder dedicarse a tiempo completo a su trabajo en Google, aunque continuó impartiendo algunas clases), el curso no era propiedad de la institución, sino de los docentes que lo ofrecían. En contrapartida, y a pesar de los esfuerzos del informático, la universidad no expidió certificado oficial para los alumnos que habían seguido la asignatura online alegando prevención contra posibles fraudes de identidad. “No existieron problemas con Stanford en ese aspecto”, mantiene las formas Thrun, “ellos no se opusieron a la idea y yo pagué de mi propio bolsillo los gastos que suponía la difusión digital”.

Ensayo más que positivo. Siguiente escalón: Crear Udacity. Thrun consideró que si gente de todo el planeta estaba interesada en adquirir un curso de calidad a través de internet, a pesar de no obtener la titulación oficial de Stanford, ¿por qué no iban a estarlo en asistir a una universidad virtual de máxima calidad sin costes ni límite de inscripciones? Demostraba así que la búsqueda de esos 160.000 alumnos virtuales no era el título de prestigio, sino la adquisición de conocimientos de categoría. “Una universidad puntera a precio low cost”, define. Tan ‘low’ que no requiere ningún pago.

Desde enero, Udacity funciona impartiendo dos cursos que presenta el propio Thrun con similar éxito al que impulsó desde su ex universidad: Cómo construir un coche no tripulado (Robotic Car) y Cómo construir un motor de búsqueda en internet. Otras eminencias universitarias como David Evans, profesor de ciencia informática en la Universidad de Virginia, o Sergey Brin, cofundador de Google, ya le acompañan en su proyecto. “Aprovechando la eficiencia de internet, hemos conectado algunos de los mejores profesores a cientos de miles de estudiantes en casi todos los países de la Tierra. Cambia el mundo acercando la educación a los lugares donde hoy en día no se puede acceder”.

Al menos, otra decena de cursos están anunciados en su página y abiertos a inscripción. “El sistema es el mismo que el de Introducción a la Inteligencia Artificial: el alumno se matricula, sigue el curso por internet durante un periodo determinado y se examina. Puede revisionar las clases tantas veces como le haga falta”, explica el fundador. “Ahora estamos creciendo en número de ingenieros y profesores en nuestro equipo”, asegura. “En cuanto a obtener una titulación oficial, tras haber cursado estudios en Udacity, eso todavía es un objetivo a alcanzar, pero vamos a conseguirlo”, afirma Thrun.

Por el momento, Udacity ha nacido con mayor vocación de crear un nuevo paradigma educativo, accesible para el 100% de la humanidad, que buscar un beneficio económico. Aunque Thrun no parece estar preocupado por el futuro empresarial, considera que una institución capaz de inscribir a miles de alumnos encontrará muchas empresas interesadas en pagar para acceder a esa gran bolsa de nuevos profesionales entre otras fuentes. Ni siquiera ha querido el alemán abrigar su proyecto bajo el paraguas de Stanford o Google. En el primer caso, no lo considera necesario; en el segundo, no lo estima procedente.

Parece que Thrun no piensa acabar su existencia sin dejar constancia de su nombre en la historia. “Los trabajos de los que me siento más orgullosos son: mi hijo, el coche autotripulado y mi intención de transformar la educación superior de calidad”, afirma.

No quiere declarar la batalla formal a las instituciones académicas históricas del siglo XX y reconoce su labor, su capacidad de investigación y su “gran trabajo para un pequeño segmento de la población”. Pero insiste en declarar que su objetivo es “democratizar la educación para que llegue al mundo entero”. La amenaza la lanza velada: “Udacity es la universidad del siglo XXI”.

Este artículo fue publicado en el número de marzo de Yorokobu.

Foto: Opensourceway bajo licencia CC.

Último número ya disponible

#141 Invierno / frío

Sobre nosotros

Yorokobu es una publicación hecha por personas de esas con sus brazos y piernas —por suerte para todos—, que se alimentan casi a diario.
Patrick Thomas

Suscríbete a nuestra Newsletter >>