En 1972 dejó la universidad y formó una banda de música. Nada raro en la Inglaterra de entonces. “Las facultades, en realidad, eran instituciones para crear de forma secreta grupos de rock”, dijo Brian Eno. Estaba en La Casa Encendida (Madrid) y allí explicó que la música que cambió la música en aquella época no salió de los conservatorios. Nació, sobre todo, de las escuelas de arte. Los estudios de grabación permitían componer sonidos desconocidos hasta entonces y, según el británico, “grabar música se había convertido en una forma de arte, aunque la gente de las escuelas de música no se habían dado cuenta”.
Nada raro en la biblia de la innovación. Los caminos nuevos arrancan de puertas distintas. Inventar otra música suponía componer de otro modo. “Pasó lo mismo, mucho antes, con el teatro y el cine. En el cine podías adelantar la imagen, retardar el tiempo…”, explicó Eno. “A partir de los años 40 y 50 ocurrió igual con la grabación de música. En los estudios podíamos pintar con los sonidos. Teníamos la misma libertad que un pintor y podíamos hacer lo mismo que en el arte plástico”.
Brian Peter George Eno llevó la música a la pintura en la conferencia que ofreció dentro del festival de videoarte Madatac. El artista viajó a Madrid para presentar su instalación 77 Million Paintings y decidió dejar los sonidos a un lado para hablar de imágenes. O, más bien, partió del sonido para explicar el trabajo visual al que ha dedicado las últimas décadas de su vida.
“Muchos músicos, como Lenon, Bowie o yo, veníamos de las escuelas de arte y nos metimos encantados en los estudios de grabación. La gente que procedía de centros de música decía que lo que hacíamos era una mierda, pero suponía un paso importante. Personas como yo, incapaces de interpretar música en directo, podíamos componer”, especificó. “En esa época abandoné lo visual y me centré en la música. Después empecé a dar conferencias y descubrí que me gustaba mucho crear imágenes. En mis charlas comencé a preparar un discurso y una narración visual para acompañar lo que decía. Descubrí que no tenían nada que ver. Eran dos discursos paralelos”.
Un día, allá por los 70, Brian Eno estaba en su estudio de grabación. Foreigner, en la sala de al lado, grababa I Want To Know What Love Is. Alguien de ese grupo entró a su habitación y les preguntó si querían una cámara de vídeo. La vendía por 200 dólares y el británico la compró. La música, desde entonces, dejó de ser todo. Eno se fue interesando cada vez más por el arte visual.
“La puse en mi ventana y, como no tenía trípode, la tuve que tumbar”, cuenta el productor musical. “Vivía en el piso 13 y empecé a grabar el cielo de Manhattan [Nueva York]. Al poco dejé de verla como una TV y entendí sus imágenes como pinturas. La cámara me daba la posibilidad de trabajar con colores de forma radical e hice una serie de películas solo con el cambio de luz”.
Nada asombroso. Las narrativas y el arte, a veces, surgen de nuevos dispositivos, sus aportaciones, sus limitaciones y sus nuevas formas de mirar. Lo asombroso es que apenas pasaron unas semanas desde ese día y su primera exposición. “Tres semanas después de que llegara la cámara a casa un tipo me dijo que debía enseñarlas en una muestra. Y así, en una semana, pasé de ser un video-idiota a una estrella del vídeo”, comentó.
Poco tiempo después un amigo pintor le ofreció participar en una exposición. “Tuve la idea más estúpida de mi vida”, adelantó. “Tenía poco tiempo y no sabía qué hacer. Decidí situar una TV frente a una escultura para que la luz fuese cambiando su apariencia. Era una idea de mierda pero se convirtió en una buena idea porque, hasta ese momento, nadie había pensado utilizar el vídeo como fuente de luz. Hasta entonces se veía como un formato para contar historias. Y eso hizo que retomara mi interés por las esculturas de luz”. Eno siguió investigando la iluminación y trabajando halló “muchas de las cosas más bonitas” que ha visto en su vida y luces que jamás antes vio.
En la pieza que expone ahora en Madrid (C/ Alcalá, 31) “no hay ritmo, ni historia, ni melodía”. “La gente se queda mirando y dice: ‘¿Qué pasa ahora?’. Se apoyan en la pared y, a veces, se quedan horas. Así he descubierto que no soy el único al que le gustan las cosas lentas”, indicó. “Los profesionales de TV hacen los relatos cada vez más rápidos. Pero, por mi experiencia, puedo decir que a menudo a las personas les gustan las cosas más lentas”.
Eno descubrió el placer de la quietud hace décadas. El mismo día que empezó a ralentizar las imágenes con su primera cámara. “Las grabaciones me hicieron interesarme por las cosas que van muy despacio”, comentó. “Al hacer algo de forma lenta escuchas tu propio proceso interno, tu proceso de pensamiento”.
El tiempo profundizó en su deseo de “convertir vídeos en pinturas”. “Es lo que he intentado hacer durante los últimos 30 años”, reveló. “Me he preguntado muchas veces qué piensa un individuo cuando se sienta frente a estas obras. Creo que mis piezas transmiten paz, tranquilidad, amabilidad, elegancia…”.
Y eso, en cierto modo, las convierte en antídoto frente a la violencia de los lugares que se desbordan en su propia inmensidad. “En las ciudades grandes, la mayor parte del tiempo tienes que estar alerta. No puedes pasear soñando porque te pueden robar los pantalones. No existe esa tranquilidad que aporta la naturaleza”, indicó. “La tecnología nos hace pensar que estamos en este planeta para estar alerta y controlar todas las situaciones. Lo llevamos haciendo más de 5.000 años. Antes de eso estábamos a merced de todo. Del tiempo, de los lugares donde había comida, de los animales salvajes… Ese tipo de humano requería otra serie de cualidades: tenía que ser capaz de formar parte de una situación que no controlaba y estar a gusto con ella”.
Hoy, para Eno, la humanidad intenta controlar todo. Apenas se escuchan las grandes enseñanzas de las artes marciales. En su esencia está la sabiduría de cuándo controlar y cuándo claudicar. “Rendirse, en mi opinión, es un verbo activo. No es solo parar y dejar de pensar. Es saber estar en cada momento y adaptarse a él. Significa ser capaz de manejarse en la incertidumbre y sentirse a gusto”.
Mirar una de sus instalaciones es, para Eno, una forma de rendición. “Yo no pido nada. Estas formas de arte piden que te rindas. Que te dejes llevar”. Algo raro, muy raro, en la velocidad desquiciada de hoy.